Por la corresponsal de RFI en Jerusalén
Apodado en su día el “Rey Bibi”, Benjamin Netanyahu ha perdido su corona; los israelíes ahora lo llaman simplemente Bibi, y su imagen se ha visto empañada. El electorado israelí se ha desplazado hacia la derecha tras la masacre del 7 de octubre de 2023 perpetrada por Hamás.
Hoy en día, aunque la mayoría de los israelíes ha respaldado la guerra lanzada contra el enclave palestino, que ha dejado el territorio en ruinas, la gestión del conflicto sigue siendo objeto de controversia. El primer ministro saliente conserva un sólido apoyo entre la población, pero también se le reprocha tanto su falta de un plan estratégico claro como sus ataques contra el Estado de derecho.
La guerra como herramienta para “cambiar Oriente Medio”
Al igual que en anteriores elecciones israelíes, Benjamin Netanyahu, de 77 años, ha centrado en gran medida su campaña en las cuestiones de seguridad. Este año, destaca su balance: tras el sangriento ataque del 7 de octubre de 2023, lanzó una guerra en múltiples frentes que ya dura tres años. En Gaza, donde el conflicto se ha cobrado más de 74.000 víctimas mortales, en el Líbano, en Siria o incluso en Irán, el jefe del Gobierno saliente hace alarde de sus éxitos militares. A menudo presentado como un “halcón”, Benjamin Netanyahu ha cambiado recientemente la estrategia de seguridad de Israel. Ha apostado por guerras más prolongadas y ha establecido amplias zonas ocupadas y de “seguridad” en los países fronterizos. “Hemos cambiado Oriente Medio”, repite sin cesar desde hace varios meses.
Pero estos éxitos sobre el terreno no se han traducido en éxitos estratégicos. La opinión pública le reprocha no haber cumplido sus promesas de “victoria total” sobre Hamás y el Hezbolá libanés, y haber sido apartado por los estadounidenses de las negociaciones con Irán. Benjamin Netanyahu también ha intensificado la colonización en Cisjordania ocupada, donde se han multiplicado los actos de violencia de los colonos contra los palestinos. El año pasado, el jefe del Gobierno lo afirmó de manera tajante: “No habrá ningún Estado palestino en la orilla occidental del Jordán”.
Su partido, el Likud, lleva en el poder desde 2009 casi sin interrupción, y Benjamin Netanyahu sigue gozando de popularidad en Israel a pesar del fracaso de las autoridades a la hora de impedir la masacre de Hamás. Ha logrado mantener su coalición durante cuatro años, todo un récord en el país. Contra todo pronóstico, el Gobierno se ha mantenido en pie en un periodo de fuertes turbulencias tras el 7 de octubre.
Sin embargo, la imagen de “señor Seguridad” se resquebrajó en ese momento. Muchos israelíes lo consideran en parte responsable: las familias en duelo no soportan que pueda decir “no me despertaron la mañana del ataque”. Muchos reclaman una comisión de investigación independiente sobre las deficiencias que permitieron al movimiento islamista armado atacar el territorio israelí desde la Franja de Gaza y matar a 1.200 israelíes; los partidos de la oposición incluso lo han convertido en su prioridad. Benjamin Netanyahu se niega: ya tiene bastante con la justicia.
Numerosos problemas judiciales
Los problemas judiciales de Benjamin Netanyahu comenzaron en 2020. Está implicado en tres casos y se le acusa de corrupción, fraude y abuso de confianza. Seis años después, el juicio sigue en curso. El acusado lo niega todo y denuncia una caza de brujas y un juicio político. El primer ministro saliente solicitó un indulto al presidente Isaac Herzog, un proceso respaldado por Donald Trump que no prosperó.
Netanyahu también se encuentra bajo presión por el Qatargate. Algunos de sus colaboradores han mantenido vínculos financieros con Catar, mientras que Doha alberga la oficina política del movimiento islamista Hamás. Catar ha aportado grandes sumas de dinero a Gaza para la electricidad, los sueldos de los funcionarios y el Gobierno dirigido por Hamás.
Más allá de las fronteras israelíes, la Corte Penal Internacional ha dictado una orden de detención contra Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El balance humano de la guerra librada en Gaza y la devastación del enclave palestino también le han valido acusaciones de genocidio y limpieza étnica por parte de algunas ONG e incluso de líderes internacionales.
¿Es Benjamin Netanyahu una figura imprescindible?
Toda una generación de jóvenes israelíes prácticamente solo lo ha conocido a él al mando. Fue jefe de Gobierno de 1996 a 1999 y luego de 2009 a 2021, y en 2022 inició su tercer mandato. Nacido en Tel Aviv en 1949, procede de una familia de ideólogos de derechas. Su padre fue asistente de Zeev Jabotinsky, el líder histórico de la derecha nacionalista y teórico del concepto de “Gran Israel”.
En una entrevista concedida en agosto de 2025 al canal i24News, el primer ministro afirmó adherirse “por completo” a esta idea. También aseguró sentirse investido de una misión histórica y espiritual. Sus partidarios no dicen otra cosa: para ellos, Benjamin Netanyahu tendría “una misión divina”.
Unas declaraciones singulares en un país que tendrá que tomar una decisión muy clara en las próximas elecciones: ¿hay que situarse más a la derecha y volverse más religioso, o no? Benjamin Netanyahu defiende ante todo su visión de Israel como “Estado judío”; es, desde siempre, un acérrimo opositor al proceso de paz con los palestinos. La muerte de su hermano Yoni lo marcó profundamente: murió durante la operación de liberación de los rehenes israelíes en Entebbe, Uganda, en 1976.
Según las encuestas, la mayoría de los israelíes desea la salida de Benjamin Netanyahu. Aunque es objeto de numerosas críticas, sigue gozando de una gran popularidad entre los seguidores más fervientes del Likud, su partido. Netanyahu no renunciará fácilmente al poder; cuenta en su haber con una docena de campañas electorales. Como candidato curtido, no necesita una victoria aplastante para seguir gobernando: en el pasado ha logrado a menudo darle la vuelta a la situación en el último momento. Hoy en día, su principal adversario es Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor del ejército.
Netanyahu, que ha pasado casi 19 años como primer ministro, asumió la dirección del Likud en 1993. Este partido siempre ha defendido una línea nacionalista y liberal en cuestiones económicas. Se convirtió en jefe de Gobierno por primera vez a los 46 años. Con el paso de los años, ha afianzado su control sobre el Likud, un proceso que quedó patente en las últimas primarias del partido, celebradas el verano pasado. Si bien este control suscita dudas, también ha favorecido la creciente popularidad de la extrema derecha nacionalista-religiosa. Benjamin Netanyahu dirige hoy el Gobierno más de derecha de la historia de Israel.
Se alzan algunas voces discrepantes que consideran que el primer ministro ha destruido el partido al hacer demasiadas concesiones a los partidos religiosos para mantener su coalición. Por ejemplo, se ha aliado con los ultraortodoxos que quieren quedar exentos del servicio militar. El tema divide profundamente a la sociedad israelí tras tres años de conflicto.
Sin embargo, el propio Benjamin Netanyahu fue miembro de un comando de élite en su juventud, a finales de la década de 1960. Sus dos hijos, en cambio, no han sido reservistas y el mayor ha sido objeto de críticas por su lujoso estilo de vida en Miami durante la guerra.
Netanyahu, aislado en la escena internacional
El actual jefe de Gobierno, que se crio en parte en Estados Unidos, se licenció en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Su perfecto dominio del inglés le permite sentirse cómodo tanto en los platós de televisión estadounidenses como en las Naciones Unidas. En su momento fue un portavoz muy eficaz del Estado hebreo. Hoy en día, la sala de la Asamblea General de la ONU se va vaciando cuando sube a la tribuna. Aparte del apoyo de algunos dirigentes de extrema derecha, se encuentra muy aislado. Arremete contra las instituciones internacionales, a las que acusa de denigrar a Israel, sobre todo desde el reconocimiento del Estado palestino por parte de varios países en 2025. La política de Netanyahu es hoy objeto de duras críticas por parte de numerosos dirigentes extranjeros, por lo que el jefe del Gobierno saliente juega la carta estadounidense.
Siempre ha mantenido una relación especial con Estados Unidos en general y con Donald Trump en particular. Ha intervenido en cuatro ocasiones ante el Congreso estadounidense y Washington se niega a criticar públicamente a Israel. Sin embargo, en los últimos meses se han producido tensiones entre el presidente estadounidense y el primer ministro israelí. Donald Trump llegó incluso a llamar a Netanyahu “maldito chiflado”. Es el mismo líder quien hoy le promete una victoria aplastante en las elecciones y le brinda su “apoyo pleno y total”.
El próximo 27 de octubre está en juego el futuro de las instituciones israelíes, según afirman algunos israelíes, y para muchos, la propia identidad de Israel como democracia. Benjamin Netanyahu puso en marcha antes de 2023 un proyecto de reforma judicial que llevó a una parte del país a salir a la calle para defender el Estado de derecho y la independencia del poder judicial. Los manifestantes denunciaban entonces a un Gobierno que pisoteaba sus principios.
Por su parte, los partidarios de Bibi arremetían contra el “Estado profundo”, multiplicando las diatribas contra la élite y alimentando la “máquina de veneno”, es decir, las campañas de desprestigio contra los opositores. Netanyahu repite que la prensa, las ONG, los altos funcionarios y todos los contrapoderes forman parte de un sistema confabulado contra él; ni siquiera la Corte Suprema se libra. Sus seguidores aplauden y denuncian el poder de los jueces en Israel. Esta retórica no es nueva para un primer ministro que asegura que prefiere “un mal editorial a un bonito elogio fúnebre”.
Compartir esta nota
