Su investigación en torno al color, la luz, el caos y la experiencia dinámica del espectador lo llevó a relacionarse con los llamados artistas ópticos y cinéticos: el húngaro Victor Vasarely, el holandés Piet Mondrian, o los venezolanos Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez. París les ofreció a todos un refugio y un trampolín hacia las más altas esferas del arte mundial.
Julio Le Parc, el argentino, desarrolló desde los años 60 en la capital francesa un estilo radical y rebelde. La capital francesa lo expulsó por subversivo, antes de reconocer y rendirse ante su genialidad artística.
La obra monumental de Julio Le Parc se compone de dibujos, pinturas, collages, instalaciones, porcelanas y sus conocidos móviles, obras compuestas de miles de piezas de metal o de plexiglás de color que crean un efecto hipnótico, ordenado y a la vez caótico.
En los años 60, el color y el movimiento monopolizaron sus primeras pinturas. Muy temprano, adoptó los colores vivos, el blanco, negro y gris, en infinitas combinaciones de líneas, puntos, ondas y formas geométricas. Uno de sus principales centros de interés fue el rigor matemático, los sistemas seriales, las instalaciones inmersivas, para crear una agitación y un arte accesible e interactivo.

Es lo que exploró en el seno del GRAV, el Grupo de investigaciones de arte visual, que fundó con unos amigos poco después de llegar a París desde su Mendoza natal.
“Julio Le Parc comenzó su carrera cuando tenía 20 años. Desde sus inicios desarrolló el concepto de tensión en sus obras. Utilizó la geometría abstracta y radical, para crear un arte que tiene como base la cuadrícula. De esta forma, rechazó las convenciones de la pintura o de la escultura, para crear una agitación, un caos visual que genera movimiento en la obra. Combinó la simplicidad de los elementos con la complejidad del efecto que producían”, explicó a RFI Matthieu Poirier, historiador del arte y especialista de la obra de Julio Le Parc.
Desde el año 1958, Le Parc se lanza en esa investigación visual, junto a otros artistas, como François Morellet, o los venezolanos Carlos Cruz-Diez o Jesús Rafael Soto. En esa época había un conjunto de artistas desarrollando el arte óptico. Pero Le Parc va más allá; cuestionó las nociones tradicionales del arte, como la perspectiva, poniendo todos los elementos en el mismo plano. También rechazó utilizar todos los colores, tal y como lo habría hecho un pintor tradicional.
“Esa forma de concebir el arte en los años 50, está muy vinculada a la aparición de la informática. Para le Parc, si la información visual está en un mismo plano, la composición es más eficaz y comprensible para el espectador. Eso era fundamental para él: jugar con los efectos visuales y la percepción, y al mismo tiempo, llevar al espectador hacia una experiencia vertiginosa, casi física. El arte no debía ser solo visual, sino una experiencia sensorial, que llegara al estómago, incluso”, agregó Poirier.
Caos controlado
En los años 60 Le Parc consolidó su filosofía artística, basada en la repetición de formas geométricas, pintadas o tridimensionales. Creó sus primeras obras móviles utilizando luces y espejos, que expuso por primera vez en 1966. Ese mismo año, ganó el Gran Premio de pintura de la Bienal de Venecia.

Establecer una relación con el público, hacerlo participe de la obra. Esa fue una dimensión central en los trabajos del Grav y en las obras de Julio Le Parc. Y lo logró con algo que podría catalogarse como un caos controlado.
“En las obras de Julio Le Parc, nada es estable, nada es inerte. Es imposible fijar la mirada en un punto, lo que crea una sensación de estar flotando. Sus obras son imprevisibles. Por ejemplo, sus esculturas compuestas de cientos de pequeñas placas de acero pulido, la idea es que se muevan con el viento, como un móvil, muy a la manera de Calder. En esas obras, es imposible saber cómo se van a mover las piezas. Son cientos de efectos que se producen al mismo tiempo, que hacen que el espectador se pierda, se ahogue en una especie de palpitación constante de la obra. Le Parc era un obsesionado, no del movimiento, sino de la inestabilidad. Y lo más increíble, es que sus obras son accesibles a un público muy amplio. Es un lenguaje universal”, según Poirier.
Ciudad de ensueño
En 1968, Julio Le Parc se implicó en los acontecimientos de Mayo del 68 en París y fue expulsado de Francia durante algunos meses por haber participado en manifestaciones prohibidas.
El mismo año, el Grav se autodisolvió, pero Julio Le Parc, continuó trabajando intensamente. Fueron casi 80 años de carrera artística, y un reconocimiento internacional, que combinó con su lucha en favor de los derechos humanos y contra las dictaduras de América Latina.

Grandes instituciones francesas le abrieron sus puertas de par en par. En 2013, el Palais de Tokio, dedicado al arte contemporáneo, organizó una exposición con sus obras; el mismo año, la muestra “Dynamo”, en el Grand Palais de París, celebró por todo lo alto los 100 años del arte cinético, con las obras de 142 artistas, entre ellos, el argentino Julio Le Parc. En 2018, el Palais d’Iéna concibió “Suspensión”, otra gran exposición dedicada a la abstracción, a lo que se sumaron cientos de exposiciones personales y colectivas por el mundo, durante su vida.
Pero París fue la capital soñada para Julio Le Parc, en opinión de la especialista italiana Camilla Magnani, quien trabaja en la Galleria Continua, con sedes en Italia, Francia, Cuba y Brasil, y que representa a Julio Le Parc.
“Julio Le Parc no solo fue un artista fundamental que debía entrar en nuestro catálogo. Su personalidad, su humor, su compromiso social y político también fueron muy importantes”, destacó Magnani.
Por su parte, el historiador Matthieu Poirier subraya la increíble accesibilidad de las obras de Le Parc.
“Poco importa que Usted sea argentino, norteamericano, chino o sudafricano. Las obras de Le Parc suscitan la misma reacción. Alguien dijo una vez que su lenguaje es como un esperanto visual: un idioma geométrico y cromático comprensible en todos lados”, dijo.
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