Esta hierba ejemplifica uno de los casos de nombres populares de plantas más densamente cargados en la República Dominicana. A pesar de su presencia generalizada en toda la isla y de que sus nombres populares hacen referencia explícita a Haití, la especie no es nativa del Caribe. 

Bothriochloa pertusa (sin. Andropogon pertusus) es originaria del sur y sudeste asiático y ha sido introducida fuera de su rango natural a través de la actividad humana. Su presencia en el Caribe se atribuye a transferencias históricas de plantas asociadas a prácticas agrícolas coloniales y poscoloniales, incluyendo el desarrollo de pastizales y la transformación del uso del suelo. Como ocurre con muchas gramíneas forrajeras, la vía precisa y el momento de su introducción no están documentados, lo que refleja una historia más amplia de movimientos vegetales no registrados vinculados a economías de plantación y a la gestión ganadera.

Mientras que otras especies vegetales están formalmente clasificadas como invasoras por el Ministerio de Medio Ambiente de la República Dominicana, en este caso la invasividad funciona no solo como una designación técnica, sino también como un nombre popular. Términos como Yerba Haitiana e Invasora colapsan la clasificación científica y el lenguaje cotidiano, transformando una categoría de manejo ambiental en un identificador racializado y nacionalizado.

En conjunto, estos dos nombres populares asignados a una misma planta condensan un sistema más amplio de antihaitianismo en la República Dominicana, proyectando jerarquías sociales, discriminación estética y ansiedades nacionalistas sobre una sola planta. La denominación no describe el origen botánico ni el comportamiento ecológico de la especie; por el contrario, estigmatiza la identidad haitiana. Cuando este mismo vocabulario se transfiere al mundo vegetal, naturaliza lógicas xenófobas al inscribirlas en los encuentros cotidianos con la naturaleza.

La planta se convierte así en una superficie simbólica sobre la cual se proyectan miedos a la invasión, la contaminación y el exceso, reflejando las narrativas que sustentan políticas migratorias discriminatorias y deportaciones colectivas dirigidas contra personas haitianas y dominicanas de ascendencia haitiana. 

De este modo, la nomenclatura botánica funciona como una extensión epistémica de la violencia estructural: la planta no solo es nombrada, sino enlistada como otra plataforma más a través de la cual el racismo, la exclusión y los regímenes coloniales de conocimiento se normalizan y reproducen.

Como explicó la periodista y académica antirracista dominicana Riamny Méndez en una entrevista realizada por la autora, el racismo antihaitiano en la República Dominicana se sostiene a través del lenguaje, las narrativas mediáticas y el discurso estatal que enmarcan la migración como invasión. 

Méndez señala que los haitianos son representados de forma rutinaria como invasores, y que a las mujeres haitianas se les acusa de “parir como curías”, una expresión utilizada localmente en el sur del país que animaliza la reproducción al compararla con una crianza excesiva y descontrolada, y de sobrecargar los hospitales públicos. Dentro de este discurso, los haitianos son construidos como el reverso de lo que los dominicanos imaginan ser: mientras a los dominicanos se les describe comúnmente como buenos, generosos y agradecidos, los haitianos son presentados como ingratos, poco confiables y maliciosos, una oposición que Méndez recuerda haber escuchado repetidamente desde la infancia en frases como “los haitianos no saben ser agradecidos”.

Explica que durante el siglo XX el mito de la “invasión haitiana” se volvió ampliamente difundido, promoviendo la creencia de que los haitianos son educados para pensar que el territorio dominicano les pertenece. La dictadura de Trujillo fomentó activamente el antihaitianismo para consolidar una identidad dominicana definida como mestiza, cristiana y no negra, en oposición a la negritud haitiana y al vudú. Posteriormente, Joaquín Balaguer instrumentalizó este discurso con fines electorales, promoviendo la idea de una conspiración internacional —supuestamente liderada por Estados Unidos, Canadá y Francia— para “fusionar” la isla en una sola nación. Esta narrativa generó pánico generalizado, llevando a muchas personas a interpretar la migración misma como evidencia de una “fusión” inminente.

Méndez subraya que la soberanía sigue siendo un tema sensible para las sociedades caribeñas, en particular para la República Dominicana, Puerto Rico y Haití, y que las políticas migratorias severas suelen presentarse como defensas de la soberanía nacional, reforzadas por prejuicios profundamente arraigados. Destaca el clima de miedo que experimentan las personas haitianas, quienes evitan hospitales, escuelas y espacios públicos por temor a la detención y la deportación. Como periodista, Méndez enfatiza el poder del lenguaje y expresa una profunda preocupación por los discursos oficiales que justifican prácticas como la deportación de mujeres embarazadas, argumentando que tales narrativas deshumanizan a los haitianos y legitiman abusos adicionales en un contexto ya saturado de prejuicio.

Al mismo tiempo, señala historias de solidaridad y cooperación sistemáticamente borradas, incluyendo la participación haitiana en luchas de liberación dominicanas (como la Guerra de la Restauración y la guerra de 1965 contra la intervención estadounidense), la influencia mutua del arte haitiano y dominicano —en particular la música—, la ayuda brindada por mujeres haitianas y camioneros durante las inundaciones de Jimaní, y las alianzas entre trabajadores haitianos y dominicanos que exigían salarios justos y sostenían las economías de mercado. Méndez identifica el miedo a la “fusión” como un obstáculo ideológico central y sostiene que confrontar este mito es esencial para construir relaciones entre dos pueblos y naciones soberanas. 

Aboga por políticas de regularización que garanticen derechos básicos a los migrantes haitianos, incluyendo seguro de salud y protecciones por cesantía, e insiste en la urgente necesidad de narrativas que digan la verdad y humanicen la migración, una responsabilidad ética que considera especialmente apremiante para el periodismo. Disipar mitos y desinformación, argumenta, ya constituye una forma de avance. Más allá de ello, Méndez llama a construir contranarrativas que imaginen otras formas de relación, incluidos modelos económicos alternativos, y a un amplio movimiento social capaz de cuestionar de manera fundamental las estructuras que sostienen el racismo antihaitiano (comunicación personal, 28 de diciembre de 2025).

En contraste con la prensa local, organizaciones internacionales de derechos humanos (por ejemplo, Amnistía Internacional) describen las políticas migratorias dominicanas como racistas y discriminatorias, señalando que afectan de manera desproporcionada a personas haitianas y dominicanas de ascendencia haitiana mediante perfiles raciales y deportaciones colectivas. 

Conclusión: Descolonizar el lenguaje como práctica de no violencia

Banu Subramaniam (2001) explica que el lenguaje de la invasión biológica nunca es puramente descriptivo. Términos como alienígena, invasor e invasivo provienen del mismo reservorio metafórico que los discursos políticos sobre inmigración, fronteras y amenaza nacional. Cuando las plantas son denominadas Invasora o Yerba Haitiana, estas metáforas desbordan el campo de la ecología y se desplazan hacia el ámbito social, donde los cuerpos haitianos son igualmente construidos a través de narrativas de invasión y peligro. De este modo, las prácticas de nomenclatura botánica participan de la misma violencia simbólica que estructura los imaginarios xenófobos, enseñando la exclusión a través del lenguaje de la naturaleza. A fuerza de repetición, estas metáforas se normalizan y enseñan la violencia sin nombrarla.

En conjunto, estos ejemplos revelan que la nomenclatura botánica y las políticas de género y migración no operan en registros separados, sino que están estructuradas por una misma lógica epistémica. Aquello que aparece como descripción neutral —ya sea en un rótulo botánico o en un decreto estatal— funciona, en cambio, como una tecnología de normalización que vuelve la exclusión razonable, necesaria e incluso natural. En este sentido, el lenguaje botánico no se limita a reflejar el prejuicio social, sino que participa activamente en su reproducción al inscribir narrativas generizadas, racializadas y xenófobas en los encuentros cotidianos con el mundo natural. La violencia en juego no es solo física o legal, sino epistémica: una violencia que enseña quién pertenece, quién amenaza y quién puede ser expulsado mucho antes de que la fuerza sea aplicada. Descolonizar el lenguaje botánico implica, entonces, intervenir en el nivel donde se forma la percepción y donde se fabrica silenciosamente el consentimiento a la exclusión.

Noa Batlle

Noa Batlle es unx artista dominicanx cuya práctica se sitúa en el cruce entre creación, accesibilidad y justicia social. Durante más de doce años, Batlle ha colaborado con organizaciones y escuelas públicas para personas con discapacidad, articulando procesos pedagógicos que también se insertan en estructuras institucionales: desde la concepción y dirección del primer Departamento de Inclusión en la Alcaldía de Santo Domingo hasta la implementación, junto a la JCE, de las elecciones más accesibles celebradas en el país. Su práctica se expande también hacia la cultura y la música en vivo, ha contribuido a instaurar modelos de conciertos accesibles en giras como Music of the Spheres de Coldplay, Un Verano Sin Ti de Bad Bunny y Motomami de Rosalía. Batlle ha formado parte de plataformas internacionales como la Asamblea General de las Naciones Unidas (2023) y la 19ª Cumbre Mundial de Premios Nobel de la Paz (2024). En la actualidad, Batlle desarrolla una investigación como artista en residencia en el Jardín Botánico Nacional Dominicano, donde su taller para escuelas públicas ha sido integrado al programa oficial de servicio comunitario.

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