A mí me gusta más escribir y enseñar que publicar, y leer más que escribir. Pero quizás esa frase no diga todavía lo que quiero decir. Porque en mí escribir no es únicamente poner palabras en una página. Una forma de escribir ha sido vivir; otra forma de escribir ha sido leer. Lo que vivo y lo que leo se me va escribiendo por dentro, en esa zona donde una empieza a pensar, no solo lo que ha sido, sino lo que quiere llegar a ser.

Desde muy joven entendí algo de Sartre que nunca he sentido como una frase abstracta. Entendí que, a diferencia de las cosas y de los animales, la existencia humana es ese ser extraño que no está terminado, que no trae consigo una definición definitiva, que tiene que hacerse. Comprendí, quizá antes de saber explicarlo filosóficamente, que una está obligada a participar en la construcción de su propio ser. Nada me ha parecido más claro ni más digno que hacer de una misma lo que una quiere ser. Pero también aprendí pronto que casi todo conspira contra esa tarea. La familia, la escuela, la religión, el miedo, las expectativas sociales, la mirada ajena, las buenas intenciones de quienes nos aman y también las malas intenciones de quienes quieren dominarnos: todo puede convertirse en una fuerza que intenta decirnos quiénes debemos ser.

Me eduqué en un colegio donde las monjas decidieron que yo debía ser una líder religiosa. Y yo, niña todavía, me lo creí. Me lo creí porque esas cosas, cuando se siembran temprano, no entran solo en la cabeza; se asientan también en el corazón. Durante un tiempo pensé que ese destino me salvaría. Pero hoy puedo preguntarme: ¿salvarme de qué? Quizás no se trataba de salvarme, sino de formarme según una imagen que otras habían elegido para mí. Moldeaban mi voluntad, organizaban mi deseo, me enseñaban a querer una salvación que tal vez no nacía de mí. Me hacían a su manera, y yo, en nombre del bien, iba aprendiendo a desconfiar de mi propia voz.

De ahí nació una angustia verdadera. No una angustia decorativa, no una palabra filosófica aprendida después, sino una fractura entre lo que sentía y lo que vivía. A partir de cierta edad, nunca pude conciliar del todo mi vida interior con los rituales que me rodeaban. Había en mí una resistencia que no sabía nombrar. Nunca me he puesto luto. Asisto poco a los funerales. Me atraen las personas a quienes otros llaman “psiquiátricas”, tal vez porque desde temprano intuí que muchas veces la llamada anormalidad no es más que una forma de desadaptación frente a un mundo demasiado estrecho. También aprendí a desconfiar de ciertos mandatos pequeños y cotidianos: la ropa nueva, por ejemplo, debe usarse cuando una quiera, no cuando una fecha social autorice el estreno, como decía mi amada madre. Hasta en esas cosas mínimas se juega la libertad.

La muerte me habitó desde niña. Yo veía a las personas vivas, ocupando lugares, perteneciendo a escenas felices o familiares, y al mismo tiempo sentía que algo podía llevárselas de pronto, arrancarlas de un lugar, de un recuerdo, de una conversación, de una casa. La idea de que mis gentes o mis gatos pudieran estar algún día en modo cadavérico, y que yo no volvería a verlas, me aterraba. Quizás no volveré a ver a mis padres, no volveré a ver a Enerio, a Sáez, a Maritza, a Fortunato, a Ruth…Morir, para mí, no ha sido una idea lejana; ha sido la señal permanente de la vida, el horizonte que siempre está a la vista. En eso me siento más cerca de Heidegger que de Sartre: la muerte no es para mí solo un hecho exterior que llegará demasiado pronto o demasiado tarde; es una presencia anticipada, un borde constante que ilumina y oscurece al mismo tiempo cada gesto de la existencia.

Pero también soy sartreana en otra zona: en la conciencia de la contingencia. Algo malo puede pasar. Lo sé desde siempre. El azar sobrevuela el mundo. La vida es insegura no solo porque somos mortales, sino porque nada está plenamente garantizado. Lo que Sartre llama contingencia no es para mí una categoría fría. Es esa sensación de que el mundo no está obligado a protegernos, de que las cosas no tienen por qué organizarse según nuestros deseos, de que la seguridad es a veces una ilusión inventada para poder levantarnos cada mañana. Y, sin embargo, vivimos. Y, sin embargo, hacemos planes. Y, sin embargo, amamos, escribimos, estudiamos, salimos a la calle, defendemos proyectos, cuidamos amistades, insistimos.

Quizás por eso me reconozco tanto en los contrastes y ambigüedades que merodean las reflexiones de Simone de Beauvoir y Sartre. Mi vida se ha ido escurriendo entre las gentes sin que lo noten, llena de oposiciones vitales. Le temo a la muerte, pero vivo con intensidad. No soy fácilmente impresionable en el amor, pero he buscado un amor de absoluto. No creo ingenuamente en la bondad, pero me condenso solidaria en determinadas personas y sigo creyendo en la amistad posible. Soy miedosa, sumamente miedosa, y la gente ha llegado a reaccionar contra ese miedo de formas que me han entristecido. Pero ese mismo miedo no me ha impedido responder. Al contrario: he respondido a la vida, a las situaciones límite, al machismo, a la opresión, al oportunismo, al maltrato psicológico, a las fuerzas que querían reducirme, domesticarme o usarme.

Por eso puedo decir, sin grandilocuencia y sin falsa modestia, que mi vida ha sido una verdadera epopeya. No porque haya vivido grandes hazañas visibles, sino porque he sostenido una lucha íntima y constante por no dejarme hacer completamente por los otros. He tenido miedo, pero no he dejado que el miedo escriba toda mi historia. He sentido la muerte como horizonte, pero no he renunciado a la intensidad. He conocido la presión de los mandatos religiosos, familiares y sociales, pero he seguido buscando mi propia forma de ser, y hoy me interrogo en serio sobre una Inteligencia Superior.

Y si escribir es también vivir y leer, entonces mi vida se ha ido escribiendo en esa tensión: entre lo que otros quisieron hacer de mí y lo que yo, con angustia, libertad y terquedad, he querido hacer de mí misma.

Hoy, además, escribo desde una tristeza que no sé disimular: después de otras muertes sentidas, la muerte de un amigo entrañable ha dejado en mí un silencio difícil de habitar. Tal vez por eso mi vida, que siempre quiso hacerse a sí misma, necesita ahora hablarse y escribirse; o quizá esconderse un poco en las palabras, no para huir del dolor, sino para poder sostenerlo sin dejar de vivir.Principio del formulario