La violencia, asesinatos, terrorismo de carácter político, religioso, étnico, etc., ha sido una constante en la historia. Sus expresiones cambian en sus formas, contenidos, simbolismos y regiones, pero el recurso a ese método para imponer ideas, causas o fes mantiene su esencia y su aborrecible uso a través del tiempo. En Occidente se ha querido vender la idea de que el monopolio de ese recurso lo tienen los orientales y, más específicamente, el mundo árabe. De ese modo se trata de ocultar la larga y aterradora historia de violencia que ha jalonado la historia de esta parte del mundo. Sobre todo, en estos últimos tiempos de consumación e intentos de magnicidios, exterminios, holocaustos metódicamente planificados, persecuciones y de saña enfermiza usadas en las torturas contra disidentes o no fieles.
Cierto es que durante los siglos XI y XIII, y quizás más, la violencia y los magnicidios eran en extremo frecuentes en Oriente Medio, coincidiendo con los casi 200 años del clima de violencia generado por los cruzados. Durante esos siglos, los asesinatos a altos jefes de gobierno, de tribus o de sectas religiosas se hacían preferentemente en plazas públicas, a plena luz del día y en presencia de mucha gente, como mensajes simbólicos de escarmiento o terror. Naturalmente, quien o quienes cometían el hecho eran liquidados en el acto. Por eso Amin Maalouf, en su obra Las cruzadas contadas por los árabes, dice que muchos los que se inmolaban en esas acciones lo hacían bajo los efectos del hachís; de ahí el origen de la palabra asesino, que viene de hashshashin, que en árabe quiere decir adictos al hachís, una secta religiosa árabe.
Refiere el autor citado que, en 1162, en Egipto, al instalarse en el poder un jefe del país, la guadaña de la muerte pendía sobre su vida, porque de sus quince antecesores solo uno escapó al magnicidio. Todos fueron decapitados, envenenados, ahorcados, etc. En esas matanzas participaban hijos contra padres, padres contra hijos, amantes o cortesanos de toda suerte, como en Europa en esa época y durante toda su historia. Albert Camus, en El hombre rebelde, da cuenta de los muchos actos de terrorismo de estado, de la abundante sangre derramada causada por el sectarismo religioso y nacionalista durante el siglo XIX, en el cual hubo numerosos magnicidios consumados o intentados, así como el asesinato de reyes, jefes de estado, altos funcionarios y jefes militares. Solo en 1892 se contaron en Europa más de un millar de atentados con dinamita.
En EE. UU. se contaron alrededor de quinientas acciones de esa naturaleza, siendo el país de alto desarrollo económico con mayor cantidad de presidentes asesinados durante el ejercicio de su mandato, aparte de los numerosos intentos de magnicidios frustrados y en los que han herido a quienes se ha intentado asesinar en los últimos dos siglos. Desde entonces, hasta un día tan cercano como el de la semana pasada, se intentó un magnicidio contra el actual presidente de ese país. Un acto condenable, como toda forma de terrorismo, sin importar la causa que se invoque. Y es que la historia de esa nación es una ominosa historia de violencia interna y externa, hacia la población originaria para despojarla de sus tierras, frente a los negros desde siempre y contra otros pueblos para saquearles sus riquezas.
En la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi sistematizó y construyó gigantescas infraestructuras sumamente sofisticadas para el exterminio de judíos. Únicas en la historia. Durante la Inquisición, la fabricación de máquinas e instrumentos de torturas llegó a insospechados niveles en términos de cantidad, variedad y macabra sofisticación. En Ciudad de México, vi un museo itinerante de esos espeluznantes instrumentos. Hoy, la generalidad de los gobiernos europeos, con la honrosa excepción del español, mantienen el suministro de armas ultramodernas al gobierno israelí, que las usa en su siniestro plan genocida y de cacería humana mediante el asesinato de millares de niños, envejecientes y civiles; además, en su selectiva matanza de altos dirigentes árabes e iraníes. Magnicidios a través del terrorismo de estado apoyados o tolerados por otros estados.
La violencia ciega, el fanatismo de matriz política, religiosa, nacionalista, el terrorismo en sus diversas formas y los más variados delitos de odio siguen segando vidas en todo el mundo, causando guerras, fragmentando sociedades, destruyendo lazos familiares y de amistad y produciendo cicatrices de difícil sanación. El ser humano no nace violento, se enseña a serlo con diversos medios y formas. En su historia, nuestro país ha conocido violencia, terrorismo de estado, magnicidios, asesinatos e incluso un genocidio. Últimamente se registran actos de barbarie, como el cometido por un grupo sindicado de motoconchistas en Santiago, que persiguieron y asesinaron al conductor de un camión. Además, son frecuentes los asaltos a pasajeros y conductores heridos en accidentes de tránsito.
Esos actos de barbarie, la intimidación en las redes, las desenfrenadas tropelías que en nombre del nacionalismo cometen algunos grupitos y hasta autoridades locales, son manifestaciones de una corrosiva cultura de violencia endémica que interpela al gobierno y a los partidos todos. Sin enfrentar ese lastre, los conceptos democracia y desarrollo económico estarían vacíos de contenido en sus programas.
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