Si están dadas las condiciones, cualquier persona puede usar la violencia. En la mayoría de las sociedades y a través de los siglos, el papel de la mujer como perpetradora de homicidios y otras manifestaciones de violencia directa ha sido constantemente bajo.

El 90 % de los homicidios y actos de violencia históricamente han sido cometidos por hombres. La mujer es y ha sido capaz de usar violencia tanto como el hombre. Sin embargo, la masculinización de la sociedad le ha dado al hombre también el monopolio de la violencia. El diseño social basado en esta perspectiva relegó a la mujer al hogar, a un papel de cuidadora y de recepción pasiva del uso del poder, en un esfuerzo por presentarla como dócil, atribuirle cualidades como dulzura maternal, fragilidad amorosa y otros atributos similares. Con ello, se ha hecho de la mujer un ser cuyo honor incluso debe ser defendido por el hombre. Se ha mitificado a la mujer. Ahora bien, es importante hablar de la mujer como receptora de la violencia.

Los elementos de las violencias estructural y cultural relacionados con la mujer se han identificado y manejado solamente en los últimos cien años de la historia moderna, y ello se ha hecho de manera desigual entre las distintas sociedades.

Los símbolos y privilegios del patriarcado, representados en la figura del pater familias, relegaron a la mujer a un papel dependiente y de segunda categoría. Una terrible injusticia histórica que todavía se manifiesta en las sociedades contemporáneas.

La violencia contra la mujer abarca un amplio espectro de actos, desde el hostigamiento verbal y otras formas de abuso emocional hasta abusos físicos y sexuales cotidianos. El acto final de ese continuo es el feminicidio, el asesinato de la mujer. Que trataremos en la siguiente entrega.

Veamos uno de los ambientes en los que esta violencia se refleja con mayor vehemencia: la familia.

El hogar es para el ser humano un lugar para sentirse seguro, protegido de los avatares de la vorágine del mundo. Sin embargo, para muchas personas, principalmente mujeres y niños, este ambiente se convierte en un infierno donde se les reduce la existencia a un sufrir constante, no solo por la imposición del poder de algunos de sus miembros, sino también como resultado de la supresión de su individualidad.

Idealmente, en el ambiente seguro del hogar el individuo puede bajar la guardia y expresar su ser.

El hogar se convierte en el primer espacio que promueve la conformación social de las personas y en el primer fiscalizador de cualquier variación, siempre con el objetivo de que sus miembros actúen conforme a las normas sociales.

La violencia en una gran cantidad de hogares, ya sea como expresión cruda del poder o de la función de conformación de sus miembros, existe en el día a día de la dinámica familiar. En muchos casos, desafortunadamente, dadas las dependencias, fundamentalmente económica y afectiva, de la mayoría de los miembros de la familia, esta situación se convierte en algo muy difícil de superar.

Además de estas dependencias, hay también un conjunto de elementos que impiden a la víctima de violencia intrafamiliar romper ese ciclo e, inclusive, buscar ayuda. El elemento patriarcal de nuestra organización social, que se manifiesta fuertemente en una estructura familiar en la que el hombre es el jefe de la casa y de todos los que allí conviven, también hace muy difícil la ruptura. Existe una jerarquía agresor-víctima que, incluso, puede incluir a otros adultos relacionados con la familia, como la madre o los hermanos mayores.

La violencia contra la mujer afecta también su calidad de vida y su autorrealización, incluyendo: impedimento de socializar, estudiar o trabajar; sometimiento sexual; asumir sola la responsabilidad de los quehaceres domésticos; aislamiento de la familia; aguantar infidelidad, insultos, burlas, ofensas, sometimiento a prácticas sexuales dolorosas o involuntarias; falta crónica de recursos económicos, entre otras formas.

Ante esta situación, surgen inquietudes: ¿por qué hay hombres que golpean a sus esposas e hijos, a los cuales dicen amar? ¿Por qué las mujeres no dejan esas relaciones de maltrato? ¿Qué hace que una pareja se mantenga en convivencia si no tiene felicidad? ¿Qué les pasa a los hijos de hogares en estas circunstancias? ¿Cómo se manifiestan los elementos de dependencia? ¿Cuáles son los elementos emocionales causantes y resultantes de relaciones de abuso? ¿Cómo se expande esta situación a otros ambientes?

Aunque algunos pueden decir que este tipo de disfuncionalidad familiar se da por deficiencias de los individuos involucrados, otros hablan de las causas sociales que le dan origen.

Creemos que los elementos socioculturales deben invocarse para comprender esta situación y para establecer bases que permitan su manejo. Ello implica movilizar recursos para atender sus causas, al individuo, a la familia y a la sociedad. En particular, supone brindar apoyo a las víctimas de la violencia y reconocer la necesidad de un ordenamiento jurídico, junto con una plataforma institucional, educativa y social, capaz de acompañar a las familias en estas situaciones y afrontar de manera integral un problema complejo y de gran trascendencia individual y social.

Erasmo Lara Peña

Embajador

Diplomático, educador, autor de varios libros en educación, psicología y desarrollo personal. Director del Centro Dominicano para la Paz.

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