La intervención militar de EEUU contra Venezuela no solo ha potenciado enormemente la crisis general en que ha vivido ese país durante más de una década, sino que ha situado como uno de los puntos centrales de discusión política de la actualidad. Igualmente, evidencia que en este mundo sin reglas mínimas ningún país está libre del capricho y la propensión al abuso en que históricamente ha discurrido la historia de los imperios y de las grandes potencias. La forma y contenido de la agresión militar empuja a ese país hacia un laberinto mucho más profundo del que se encontraba antes de ese hecho. Ello así, porque agrava una crisis política de un país cuyo gobierno y oposición mayoritaria tienen una cuestionada legitimidad.

La agresión imperialista a Venezuela es absolutamente inaceptable, como lo son las muchas que a diario se cometen en otras regiones. Pero, en este caso, esta no puede condenarse sin que se digan algunas verdades incómodas sobre la situación del país agredido. En efecto, recordemos que al momento de la agresión, el gobierno no era reconocido como legítimo por Brasil, México, Colombia y Chile, países de la región que gozan de una amplia legitimidad en sectores no solo progresistas, al igual España. Todos ellos han condenado la intervención de EEUU, pero se mantuvieron firmes en la demanda al gobierno venezolano de que publicara las actas de las últimas elecciones presidenciales de la cual se declararon vencedores, sin que en ningún momento estos pudieron hacerlo.

Algunos de los presidentes de los países arriba citados, como Petro, fueron categóricos en la crítica al gobierno venezolano, tanto por el tema de la no publicación de los resultados electorales últimos, sino por la existencia de respeto a valores inalienable de la democracia. Y no solo ellos, dentro y fuera de Venezuela hay varios movimientos, personalidades, académicos y partidos de izquierda que mantienen su divergencia con la cúpula dirigentes del gobierno. Por ejemplo: “El PCV insiste en la necesidad impostergable de construir una salida política de carácter popular, constitucional, democrática y soberana a la crisis. Ni la ocupación ni el tutelaje imperialista, como tampoco la continuidad del régimen autoritario, constituyen soluciones favorables para el pueblo trabajador”.

Durante la dirección del fallecido Gerónimo Carrera, el Partido Comunista Venezolano, con posiciones críticas apoyó el proceso que dirigía Chávez, pero rompió con el gobierno de Maduro. Carrera era una figura destacada de la clase política venezolana, muy respetado por su larga trayectoria de honestidad, su sólida formación y su cosmopolitismo. Su partido y varias organizaciones de izquierda demandan “la libertad plena de los presos políticos y atender la exigencia de familiares, organizaciones sociales y políticas que han luchado por su liberación, e ir mitigando el dolor causado a miles de familias venezolanas que se encuentran enfrentando esa dura e injusta situación”. El gobierno, ahora de la intervención, ha comenzado a liberar presos políticos, tanto nacionales como extranjeros.

En ese sentido, esos presos y esas organizaciones de la oposición irrumpen en el nuevo cuadro político que habrá de diseñarse en ese país. Por consiguiente, no son “pro yankis” ni “agente de la CIA”. Son sectores con los que hay que contar en la búsqueda de una salida. Un intento de salida en que las fuerzas del régimen se sometan al invasor para prolongarse y mantenerse el poder sería simplemente mantener la crisis, continuar el desangramiento país cansado y en sostenido deterioro. Ese es un nudo que hay que desatar para salir del laberinto. Tampoco puede hacerse una transición dirigida por una oposición como la que encabeza la Corina Machado, descalificada ética y políticamente por sus incalificables posiciones y actitudes. Pero sus seguidores son partes de la ecuación, no excluirlos.

El gran dilema es que un gobierno basado en un hibrido: madurismo/invasores, que es lo que existe hasta hoy, no es viable. Sería conferirle una legitimidad a la cúpula del madurismo y peor aún al invasor. Tampoco es posible pensar un gobierno hegemonizado por la oposición mayoritaria que, si bien validó su condición de tal en las pasadas elecciones, por la complejidad del momento, no está en capacidad de llevar a puerto una transición. En eso tiene razón el invasor.  Es un laberinto insondable fruto de políticas y actitudes extremas de las principales fuerzas envueltas en esta crisis. Eso lo advirtieron los gobiernos progresistas de la región cuando en su momento exigieron una salida pactada y democrática. Manteniendo la coherencia exigen ahora una salida en el mismo sentido que antes lo hicieron.

Maduro y su compañera deben regresar a su país, pero insistir o demandar que sea para volver a una presidencia no legitima, más que un despropósito es un infantilismo, una demanda/ilusión que, sin ningún viso de realidad, se convertiría en otra derrota de ese sector de las fuerzas progresistas sin sentido de la realidad.

Salir de la crisis significa negociar, siendo conscientes de que a los sectores que se debe apoyar son aquellos que realmente les importa la democracia, no los negocios ni las materias primas, pero negociar. No hay otra vía. Lo demás es nostalgia, ilusión.

César Pérez

Sociólogo, urbanista y municipalista

Sociólogo, municipalista y profesor de sociología urbana. Autor de libros, ensayos y artículos en diversos medios nacionales y extranjeros sobre movimientos sociales, urbanismo, desarrollo y poder local. Miembro de varias instituciones nacionales y extranjeras, ex director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y ex dirigente del desaparecido Partido Comunista Dominicano, PCD.

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