El interesante libro del doctor Ramón Báez, quien fue el último rector del Instituto Profesional y en 1914 asumió como el primer rector de la universidad de Santo Domingo, también contiene un resumen escrito por el mismo doctor Báez en donde repasa sus logros en ese periodo, y en otra parte del documento también nos muestra la situación del Instituto Profesional en el periodo 1908 al 1914.
La labor realizada, concienzudamente, como ya se ha dicho, en favor del desarrollo intelectual dominicano durante el tiempo que tuve la honra de ocupar la rectoría del Instituto Profesional y luego de la universidad, mantiene mis recuerdos y apreciaciones tan íntimamente ligados que veo en el primero de esos centros el origen y en el segundo la ampliación luminosa de mis sueños de dominicano y de catedrático. De ahí nace que no pueda privarme de exhibir en toda su pujanza los triunfos alcanzados por ambos sexos durante los 16 años de mi rectorado al frente de esos dos establecimientos. Fui nombrado catedrático de la Facultad de Medicina en fecha 25 de julio de 1906 y dos años más tarde, en 1908, en la sesión extraordinaria del Consejo Directivo del Instituto Profesional, de fecha 17 de noviembre, después de tres elecciones separadas, a mayoría de votos, figuró mi nombre en primer término en la terna con 5 votos para el rectorado, en unión de mis compañeros doctores Federico Henríquez y Carvajal y Salvador B. Gautier.
Designado, pues, por el Poder Ejecutivo en fecha 20 de noviembre de 1908 para tan delicadas funciones, no solo tuve en cuenta el alto sitial que se me franqueó, sino también el lustre que le había dado mi antecesor el Dr. Apolinar Tejera, quien pasó a ocupar la presidencia de la Suprema Corte de Justicia.
No extrañe, pues, el lector que después de agotar la lista de los graduados en las distintas facultades y escuelas de la universidad, anexe la nota de las damas y caballeros que recibieron investidura, bajo mi rectorado en el Instituto Profesional de 1908 a 1914, fecha esta última en que reapareció la universidad.
Del Instituto, rico semillero que regaron con amor humildes jardineros, arbusto vigoroso cuyas fuertes ramas se mezclan y entrelazan con los nuevos retoños de la universidad, salieron muchos de los catedráticos que hoy con sus conocimientos nutren la generación que va a las aulas a escucharlos y la cual constituye la más cara y legítima esperanza de la República en el futuro. Del Instituto y de la universidad salieron muchos de los que hoy ocupan ilustre lugar, ya en el foro, ya en el clero nacional, ya en la enseñanza, ya en el desempeño de altas y delicadas funciones del gobierno, ya en representación del pueblo en nuestras Cámaras. De esos centros salieron también capacitadas para el bien y con una alta noción de sus deberes, rompiendo los moldes del exclusivismo en que se movía la mujer dominicana, damas que en todas las profesiones enaltecen hoy la inteligencia y la virtud femeninas.
Lamento solamente que la muerte nos arrebatara a muchos de los colaboradores que en ambos establecimientos docentes se emularon por secundarme.
La mano convulsa del compañero agarra el ramo de laurel simbólico y con él sacude el polvo que pueda cubrir las dolientes inscripciones bajo las cuales reposan aquellos catedráticos, generosos cultivadores que regaron con amor sus conocimientos y que cayeron en la tumba, tal vez lamentándose del desamparo en que dejaron su labor cultural.
Concluye esas palabras el doctor Báez, echando la vista a los 28 años de servicio docente y cifrando su esperanza en el mejor desarrollo de nuestra patria.
Compartir esta nota