La recién finalizada IV Cumbre en Defensa de la Democracia realizada en Barcelona, además de superar a las anteriores en términos cuantitativos y cualitativos, tiene un inequívoco sentido de pertinencia política. Se celebra en el contexto de una evidente desaceleración de la impetuosa marcha de la internacional de derecha que parecía estructuralmente indetenible y no solo eso, sino que en algunos países sectores de esa internacional comienzan a sufrir reveses electorales concretos y en perspectiva en otros, como en los EE. UU., donde la tendencia es hacia una recomposición del escenario político-institucional que podría significar algo más que un freno a la ola ultraderechista que encabeza su actual presidente. Sería un golpe demoledor a esa corriente mundial.
Esta circunstancia no es mera casualidad, los hechos sociales, históricos, políticos, las luchas por derechos humanos en sus diferentes generaciones y momentos dejan vivos y profundos sedimentos que, imperceptibles o manifiestos, resurgen en determinadas coyunturas como respuesta colectiva al estado de situación que en ese momento se vive. En ese sentido, no es casual que sean las fuerzas de izquierda y progresistas en sus diversas expresiones que, en defensa de la democracia, den la cara y el grito de combate a la arrogancia de la bestia de la intolerancia que encarna la internacional ultraderechista. Fueron esas fuerzas, que en el siglo XVIII unían a los gremios, sindicatos e intelectuales públicos que se constituyeron en movimiento socialista de vocación internacionalista.
Su objetivo fundamental era conquistar derechos sociales, políticos y económicos, en breve, conquistas democráticas, históricamente negadas por la aristocracia, y las impulsaron nuevas instituciones para consolidar esos derechos que hoy quiere conculcar la ultraderecha, mediante la destrucción de los pilares básicos en que se asienta la democracia. Quizás por eso sea el presidente Lula, exobrero metalúrgico, sindicalista y fundador de un partido de izquierda, la figura que con más determinación, iniciativas y legitimidad se haya destacado en la organización para el combate a las fuerzas de izquierda y progresistas del mundo en defensa de la democracia. Igualmente, que sea Pedro Sánchez, del PSOE, el anfitrión de la Cumbre.
La historia política de las figuras más destacadas en ese evento ha discurrido en sostenida defensa de derechos inalienables: la Sheinbaum del México insurgente se destacó en las esferas de las protestas estudiantiles, la academia y la política; Boric, anterior anfitrión, creció en el ambiente de la combativa izquierda chilena, al igual que Petro, que viene de la lucha armada en defensa de la democracia en Colombia. Todos son coherentes en sus posiciones y lo demostraron con su negativa a reconocer el malhadado resultado de las últimas elecciones presidenciales en Venezuela, y luego ser enfáticos en la condena a la intervención norteamericana para raptar al entonces presidente de ese país. Muchos de las importantes figuras políticas de otros continentes tienen un parecido perfil.
Y es que el simbolismo de esta IV Reunión por la Democracia tiene un importante significado en la lucha concreta contra los intentos avasalladores de la ultraderecha. Convoca a todo aquel que se piensa de izquierda a pensar o repensar el significado de la lucha por la democracia hoy, al tiempo de plantearle a las direcciones de los partidos políticos y a los gobiernos que se piensan no de derecha, la necesidad de tener una posición clara sobre el significado del concepto de soberanía nacional y de las alianzas que impone este tiempo en que las funciones de los organismos multilaterales y el respeto a la soberanía de los pueblos se ha reducido a su mínima expresión.
En ese tenor, cuando la embajadora de EE. UU. censura al gobierno dominicano por haber enviado un alto funcionario, que no es de Cancillería, como observador en la Cumbre, incurre en una intromisión en los asuntos internos del país, porque eso de decir con quién y qué tipo de relaciones puede este establecer obliga al Estado dominicano a responder con hechos, no solo con justificaciones puntuales, en qué consiste el ejercicio concreto de su prerrogativa en materia de política exterior. Pero no solo el gobierno debe responder ante esa intromisión, también los partidos todos. Principalmente esos partidos, singulares personas y esos personajes que se la pasan "defendiendo" lo que entienden por patria. Aquellos que con vista oblicua leen el significado de la palabra soberanía. Esos que ante ese y otros hechos guardan silencio.
En estos momentos, en que el viento finalmente comienza a soplar a favor de las posiciones progresistas enfrentadas a la ultraderecha, resulta imprescindible tener una idea de desarrollo y de sociedad desde una concepción de una democracia que: "implica libertad, pero la libertad es palabra vacía si no la acompaña la justicia social, la soberanía y la dignidad de los pueblos. Cuando hablamos de democracia, no es la de las élites, sino la del pueblo. No es la de la concentración de la riqueza, sino la de la distribución. No de la imposición, sino de la participación. No de la guerra, sino de la paz", como en su discurso dijo Claudia Sheinbaum en la referida Cumbre.
Esta concepción, en esencia, resume la pertinencia y el valor de una cumbre en la que la izquierda y los sectores progresistas apelaron a lo mejor de su historia y de la Historia: la libertad y la fraternidad.
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