El sábado pasado tuve el privilegio de conocer a Marily Gallardo. Llevaba semanas pendiente de una cita a ciegas con esta artista a quien solo conocía por terceros. Pese a las lluvias y a los riesgos del camino que separa las modernas avenidas de la capital de ese rincón del mundo arropado de verde, tierra y lodo, según las condiciones del tiempo, decidí acompañar a mi amiga Altagracia Valdez Cordero, empeñada en enlazar nuestras almas.
Regresé con la certeza de haber conocido a una de esas personas cuya obra trasciende con mucho los límites de su propia vida.
Marily Gallardo es bailarina, coreógrafa, investigadora y educadora, reconocida como Gloria Nacional de la Danza Dominicana. Fundadora de Kalalú Danza, ha dedicado décadas a investigar, preservar y transmitir las expresiones culturales afroantillanas, convencida del poder del arte para transformar la vida de las personas.
Buena parte de esa vida ha transcurrido en Los Mercedes, una pequeña comunidad rural afrodominicana del entorno de Hacienda Estrella, en Santo Domingo Norte, a unos treinta kilómetros de la capital.
Cuando llegamos, Marily estaba ensayando con un grupo de niñas que preparan una danza para el lanzamiento de un libro. Apenas nos saludó. La solemnidad del ensayo no admitía interrupciones. Había, en aquel espacio, algo casi sagrado: una exigencia de excelencia que, a primera vista, podría parecer excesiva para unas niñas de una comunidad rural. Pero no lo es.
Porque aprender a dar lo mejor de sí mismas es mucho más que aprender a bailar. Es construir una imagen propia desde la cual reconocerse capaces, valiosas y merecedoras de un futuro diferente al que tantas veces les impone su entorno. En una comunidad donde la pobreza y el embarazo adolescente condicionan las oportunidades de las niñas, esa diferencia puede ser determinante.
Marily Gallardo lleva décadas haciendo precisamente eso.
Luego del ensayo, conocí su casa. Una construcción circular, de un solo salón, donde los muebles cambian de lugar siguiendo las manecillas del reloj o en sentido contrario, según el ánimo de su dueña. Telares africanos, instrumentos musicales y piezas de arte hablan de una mujer que ha hecho de la cultura una forma de vivir y de servir.
Nos sentamos a conversar en el jardín, bajo la sombra de mangos e higueras, refrescadas por una bebida de flor de Jamaica y canela.
Allí conocí más de lo que puedo retener sobre la historia de una artista tan nuestra como nuestra tierra. Una mujer con raíces y con alas, que decidió echar las primeras en una comunidad para ayudar a que otros pudieran desplegar las segundas.
A través de Kalalú, su escuela de danza y formación artística, Marily ha trabajado para conectar a las niñas de Los Mercedes con la riqueza de sus orígenes, fortalecer su identidad cultural y hacerlas conscientes de la dignidad y las capacidades que les pertenecen por derecho propio.
La mañana se nos fue hablando sobre las consecuencias de crecer sin reconocer la fuerza de las raíces de los antepasados y sin descubrir aquello que nos hace valiosos.
¿Quién puede ponerle precio a devolverle a una niña la conciencia de su propia dignidad? ¿Cómo se calcula el valor de ayudarla a descubrir que su futuro no tiene por qué estar determinado por las circunstancias en las que nació?
Es difícil para una artista establecerse en un territorio y permanecer allí durante tantos años. Marily lo hizo porque encontró una misión mucho más grande que ella misma.
Pero el tiempo pasa, incluso para quienes parecen tener fuerzas inagotables.
Hoy, una combinación de enfermedades autoinmunes le impone limitaciones que la obligan a reconsiderar su permanencia en el batey. Su ciclo de vida en Los Mercedes parece acercarse a su fin.
No así su misión.
Marily ha comenzado a sistematizar y compartir lo aprendido. Ya ha dado pasos importantes en esa dirección, entre ellos la publicación de un manual de herramientas didácticas para trabajar la creatividad y la identidad afroantillana. Ahora desea continuar escribiendo y convertir su experiencia en conocimientos que puedan transmitirse, multiplicarse y llegar a muchas otras comunidades del país.
Y ahí es donde creo que nos corresponde entrar a los demás.
Porque si durante tantos años una mujer entregó su talento, su tiempo y buena parte de su vida a abrir oportunidades para niñas que difícilmente las habrían encontrado por sí solas, ¿no deberíamos ser capaces de ayudarla ahora a abrir las puertas de su propia nueva etapa?
Marily necesita los medios para salir del batey y establecerse en condiciones compatibles con su salud. Y necesita también la oportunidad de organizar y transmitir ese conocimiento que constituye, posiblemente, el legado más valioso de su trabajo.
No se trata solamente de ayudar a una persona que lo necesita, sino también de reconocer el valor de lo que ha construido y evitar que una experiencia extraordinaria se quede encerrada entre los límites geográficos de una comunidad.
Estoy convencida de que entre quienes leamos esta historia habrá personas e instituciones capaces de contribuir, desde sus posibilidades, a hacer realidad ambas cosas.
Yo apenas el sábado conocí a Marily. Pero, por suerte, la vida me encontró despierta y pude darle el abrazo que habría querido darles, el día que las conocí, a cada una de las grandes mujeres que han pasado por mi vida.
Confío en que encontraremos la forma de acompañarla en esta transición y de convertirnos en cómplices de una nueva etapa de su obra.
Que Marily pueda cuidar de sí misma mientras lo que sembró continúa floreciendo en Los Mercedes y sus frutos se extienden por todo el territorio nacional.
Hay gallardías que merecen nuestro reconocimiento.
Y hay gallardías que, además, merecen nuestro apoyo.
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