El Evangelio de la misa de este domingo pasado (28 de junio) trae un texto muy complejo y al mismo tiempo, sencillo y claro:
“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. (Mt. 10, 37-39).
En Lucas 14, 26-27 este mismo texto es mucho más radical:
“Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. El que no cargue con su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”.
Cuando joven y me encontraba comprometido junto a otros amigos y amigas, el texto nos abría un camino claro: el compromiso con la Palabra y la lucha por un mundo nuevo está por encima de cualquier otra cosa. Tomamos entonces decisiones, como la de irnos a vivir al barrio Los Guandules, entonces guiados incluso por los “documentos de Medellín”: “La opción preferencial por los pobres”.
No solo es un texto duro y exigente, sino que incluso parecería contrario al mandamiento de “honrar a los padres o al amor familiar” que Jesús mismo promovió. ¿Cómo entenderlo, entonces?
En sus notas a pie de página, la Biblia de Jerusalén en su 5ta. Edición de 2018, dice: “El término griego filein (amar) no es el que, en los evangelios sinópticos, denota el amor a Dios y al prójimo (agapán). En Mt tiene de ordinario un sesgo peyorativo. Esta palabra de Jesús, a la que Lc 14 26 le da una forma más dura, pone de relieve que los lazos familiares, aunque legítimos, pueden ser un obstáculo en el camino de quienes quieren seguir a Jesús.
¿Puedo entender esto como una advertencia que Jesús hace a sus discípulos sobre lo que le espera por seguirlo?
De forma explícita, el texto de Mt se ubica en el marco del “discurso apostólico”, es decir, en el momento que Él llama a sus doce discípulos para que lo acompañen en su misión, y que en el versículo 16 de ése mismo capítulo 10, les advierte: “Sabed que yo os envío como ovejas en medio de lobos.”
Definitivamente Jesús no está promoviendo el desprecio hacia la familia, sino más bien, describiendo el costo del discipulado, entonces. Es decir, que ninguna relación humana puede ocupar el lugar central que corresponde al compromiso con Dios y con el Reino.
Hay que tomar en cuenta que en Mt 15, 4, Jesús reafirma el mandamiento de honrar padre y a la madre, y critica a quienes usan argumentos religiosos para desatender a sus padres: “Honra a tu padre y a tu madre, y: El que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte”.
Incluso, recordemos, que estando colgado en la cruz y “… viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo a su discípulo: Ahí tienes a tu madre”. Una manifestación expresa de su reafirmación por los vínculos familiares, sin que ello signifique dejar de prevalecer la fidelidad al Reino.
Desde una ética cristiana, una lectura que no debemos obviar es que toda persona organiza su vida en torno a un valor supremo o fundamental:
- Para algunos es el dinero;
- Para otros, el prestigio;
- Para unos terceros, el poder;
- Para quienes se reafirman como discípulo de Jesús, ese centro es la persona de Cristo, el nazareno, el crucificado, muerto y resucitado, es decir, el servicio con miras al proyecto del Reino.
“El que no vive para Servir, no sirve para Vivir”. (Madre Teresa de Calcuta).
Desde una perspectiva psicológica, si bien es importante que en los primeros años de vida desarrollemos un profundo apego (teoría desarrollada por John Bowlby, 1969-82), ese vínculo afectivo intenso y duradero que desarrollamos como una necesidad innata de seguridad, protección y cercanía emocional con figuras significativas, como la madre y el padre, el proceso de desarrollo de la autonomía adulta nos conduce, por necesidad, al proceso de desapego.
Es decir, desarrollar la capacidad de relación y vínculo con personas sin depender de ellos para tu bienestar, lo que no implica por supuesto, frialdad o falta de afecto, sino la libertad emocional para encarar los cambios y los retos de tu vida particular, sin el miedo a perder cuanto te rodea.
La vida es un reto que debe ser asumido para vivirla en plenitud y que, en clave desde Jesús, una identidad basada en la fidelidad a la vocación de servicio al otro, a los demás, en una actitud de construir “un nuevo cielo y una nueva tierra”, en que la dignidad, la justicia y la inclusión, sean guía de este.
Finalmente, y volviendo al texto que nos provocó la reflexión:
"Ama profundamente a tu familia, pero no permitas que ningún vínculo, por legítimo y valioso que sea, te impida vivir la verdad y el bien al que Dios te llama."Principio del formulario
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