II. El yo en el poder y la tentación autoritaria (continuación)

"La política basada en la fabricación de ficciones termina erosionando la capacidad misma de juzgar". —Hannah Arendt.

Con frecuencia tendemos a creer que la tentación autoritaria coincide con un rostro tosco y ceñudo. El imaginario popular suele esperar que los espíritus autoritarios se expresen en un semblante cargado de rabia y de energías destructivas apenas contenidas por la conciencia. Pero no siempre es así. Las fuertes tentaciones autoritarias no llegan necesariamente cercenando derechos, cerrando instituciones o desatando persecuciones de manera abierta. Con frecuencia arriban entre complacencias y sonrisas hipócritas.

En el caso de Trump, lo que vemos es un proceso acumulativo de gestos, estiramientos de facultades, hostilidad hacia los contrapesos y normalización progresiva del poder excepcional.

No necesita abolir formalmente la democracia para caricaturizarla o desgastarla en sus funciones principales. Su genio consiste en habituar a la sociedad, con ayuda de sus cortesanos, a una modalidad de mando en la que la primera autoridad es proyectada por encima de toda mediación. Por eso habla casi siempre en primera persona y rara vez incorpora el "nosotros", esa dimensión colectiva del mando. En esa construcción, el desacuerdo y la crítica empiezan a percibirse como sospecha, deslealtad o traición a los intereses superiores de la nación.

Esta forma trumpiana de gobernar vacía de orientación, y hasta de contenido, la funcionalidad presidencial.

En una democracia, un presidente no gobierna solo con decretos; lo hace también con señales y, cuando esas señales salen de Estados Unidos, pueden provocar alteraciones severas en los mercados, nerviosismo entre los aliados, desconcierto en los tribunales y desorientación en las expectativas ciudadanas.

La innecesaria guerra contra Irán lo demuestra con claridad. Fue desatada bajo una táctica de imprevisibilidad calculada destinada a inquietar al adversario, arrancarle concesiones o imponer, sin flexibilidad alguna, la agenda del día. Esa imprevisibilidad, según el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, ha costado a los contribuyentes norteamericanos 25 mil millones de dólares, cifra que diversas fuentes especializadas consideran subestimada. En el contexto de esta subvaloración, es evidente que las acciones guerreristas desplegadas por la administración Trump no toman en cuenta los sobrecostos inducidos por el alza del petróleo, la magnitud de la devastación provocada, el encarecimiento de los alimentos ni el aumento de los fertilizantes, entre otros nocivos efectos.

En el caso de la llamada Operation Epic Fury, presentada como prueba de una política de "paz mediante la fuerza", los hechos cuentan la historia de treguas precarias, señales cruzadas, nuevas amenazas, bloqueo naval, un Irán indómito y dudas persistentes sobre la viabilidad de una salida estable. El pretendido éxito de Washington aparece además desfigurado por los reportes sobre tensiones y llamados urgentes a restablecer la navegación en el estrecho de Ormuz, porque el daño económico global ya resulta imposible de ocultar.

Indudablemente, esta táctica puede intimidar al enemigo e incluso empujarlo a aceptar condiciones contrarias a sus intereses. Pero su peligro reside en que, al mismo tiempo, desorienta a los aliados, alarma a los mercados y fatiga a la propia sociedad. Se trata de una situación de alta peligrosidad. Las señales presidenciales dejan de ser comprensibles, la política pierde dirección y el mundo comienza a padecer descalabros económicos, nerviosismo en las bolsas, aumento de los costos logísticos y un creciente cansancio cívico.

La contradicción permanente termina acostumbrando a la sociedad a medir la verdad no por su consistencia, sino por su utilidad inmediata. Lo importante ya no es que lo que Trump diga en Truth Social sea cierto, sino si sirve para algo. La vida pública se reduce entonces a una sucesión de golpes de efecto, con el agravante de que el debate se empobrece y se estrecha. Los contenidos no importan; las amenazas y la imposición basadas en un gran poder militar sí.

Hasta la libertad de expresión, otrora bandera defendida por Estados Unidos, queda supeditada al grado de complacencia con los designios de Washington. Un ejemplo reciente se advierte en torno a los permisos de residencia permanente, las conocidas green card. Si los solicitantes han expresado públicamente determinadas opiniones políticas, tales conductas pueden convertirse en motivo de denegación. La palabra libre deja de ser principio y pasa a ser tolerada solo mientras no incomode o contradiga al poder.

Trump está contribuyendo a forjar un mundo en el que la responsabilidad se banaliza y en el que gobernar parece consistir, ante todo, en dominar la escena, aunque para ello haya que desmentirse con alarmante frecuencia. Guardando las distancias, algo parecido viene ocurriendo también en sociedades como la nuestra, donde la palabra pública se deshilacha entre sobresaltos, rupturas y engaños, dejando tras de sí la erosión silenciosa de la confianza institucional.

Voces autorizadas nos recuerdan que los problemas difíciles de política exterior requieren tiempo, paciencia, inteligencia y diplomacia minuciosa; la fuerza por sí sola, sin un plan de largo plazo, rara vez produce soluciones duraderas. Para que un liderazgo autoritario prospere no basta la voluntad del líder; también hace falta una cultura dispuesta a confundir fuerza con grandeza, rudeza con autenticidad y venganza con justicia. La grandeza de un gobernante no se mide por su capacidad de atropellar límites, sino por su fortaleza moral para reconocer que existen.

Julio Santana

Economista

Economista de formación, servidor público durante más de dos décadas, inquieto y polémico analista —no siempre complaciente— de los problemas nacionales e internacionales.

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