Estados Unidos, Francia y Haití
Las revoluciones de Estados Unidos de América (1776), Francia (1789) y Haití (1804) figuran entre los acontecimientos fundacionales de la modernidad.
Aunque suelen estudiarse por separado, constituyen un gran diálogo histórico sobre un mismo asunto: quién tiene derecho a ser libre.
Las tres revoluciones atlánticas de nuestra época, leídas en contrapunto, revelan una expansión progresiva del horizonte moral de la humanidad.
La Revolución estadounidense inauguró una nueva concepción de la legitimidad política. Su gran innovación consistió en afirmar que el poder deriva del consentimiento de los gobernados y no de la autoridad hereditaria.
En ese sentido, fundó la independencia política moderna, a pesar de coexistir con una contrariedad profunda: mientras proclamaba la igualdad de los hombres, mantenía la esclavitud y excluía a amplios sectores de la población.
La Revolución francesa, sin embargo, amplió la promesa emancipadora.
Si los estadounidenses habían preguntado quién debía gobernar, los franceses preguntaron quién tenía derecho a ser ciudadano. La igualdad jurídica se convirtió en un principio general. No obstante, la Francia revolucionaria también conservó prácticas coloniales incompatibles con sus ideales.
Fue Haití quien llevó la lógica revolucionaria hasta sus últimas consecuencias.
Los esclavos de Saint-Domingue exigieron que los principios proclamados en París también les fueran aplicados a ellos. Su pregunta fue simple y devastadora: si todos los hombres nacen libres e iguales, ¿por qué nosotros no?
La Revolución haitiana no añadió un nuevo principio a la modernidad; exigió más, mucha más coherencia moral.
Filosofía de la historia
Desde la filosofía de la historia, esas tres revoluciones pueden entenderse como etapas sucesivas de una expansión de la conciencia humana.
Estados Unidos descubrió la libertad política; Francia, la igualdad ciudadana; Haití, la universalidad efectiva de la dignidad humana.
Esa interpretación dialoga con Hegel, para quien la historia universal representa el progreso en la conciencia de la libertad.
Desde esa perspectiva, la secuencia revolucionaria muestra una ampliación constante del círculo de quienes son reconocidos como sujetos libres.
Pero la experiencia histórica también obliga a corregir cualquier optimismo ingenuo. El progreso nunca es lineal. Cada conquista revela nuevas exclusiones.
Más aún, Hegel comprendió que la libertad no aparece plenamente realizada de una vez y para siempre. Cada época histórica descubre una dimensión nueva de ella y, al hacerlo, pone de manifiesto los límites de la etapa anterior.
Así, pues, las revoluciones modernas pueden leerse entonces como momentos de ese proceso.
La independencia norteamericana reveló la posibilidad de la autonomía política; la Revolución francesa generalizó la ciudadanía; la Revolución haitiana obligó a reconocer que la universalidad carece de sentido cuando excluye a quienes se encuentran en los márgenes del orden social.
En ese contexto, Tocqueville vio en Estados Unidos el laboratorio de la democracia moderna. Marx observó en Francia la irrupción de fuerzas capaces de transformar radicalmente la historia. Y Hannah Arendt destacó la capacidad revolucionaria de fundar espacios nuevos de libertad política.
Pero no todo es color de rosas. Haití introdujo una pregunta que atraviesa a esos tres pensadores y a muchos más de sus coetáneos y de nuestros contemporáneos: ¿qué valor poseen los principios universales cuando excluyen precisamente a quienes más los necesitan?
La pregunta adquiere una profundidad particular cuando se observa a través del prisma conceptual de Marx.
Si la revolución estadounidense puso en entredicho la autoridad política heredada y la Revolución francesa cuestionó los privilegios jurídicos del Antiguo Régimen, el capitalismo moderno creó nuevas formas de desigualdad que ya no descansaban exclusivamente sobre el nacimiento étnico, sino sobre la posición económica.
La igualdad formal avanzó más rápidamente que la igualdad material.
Desde entonces, una parte importante de la historia contemporánea puede interpretarse como el intento permanente de reducir esas distancias.
Arendt, por su parte, aporta una dimensión complementaria.
Para ella, el significado más profundo de las revoluciones no consiste únicamente en derribar estructuras de dominación, sino en la capacidad humana de comenzar algo nuevo. La libertad aparece cuando los individuos irrumpen en el espacio público y crean instituciones capaces de sostener la acción colectiva.
A partir de esa comprensión, las revoluciones no son únicamente acontecimientos históricos; son manifestaciones de una facultad humana permanente: la originalidad, es decir, la capacidad de iniciar procesos hasta ahora irreales, inauditos, temerarios e imprevisibles.
Una sola historia
Por ello puede afirmarse que las tres revoluciones modernas de referencia constituyen diversos actos de una misma obra histórica.
Estados Unidos inventó la independencia política. Francia inventó la ciudadanía moderna. Haití inventó la coherencia moral de la modernidad al exigir que los principios universales fueran justo eso, efectivamente universales.
La historia posterior confirmó la dificultad de esa tarea. Estados Unidos se convirtió en potencia mundial. Francia pasó a ser un referente intelectual y político. Haití sufrió aislamiento diplomático y castigo económico.
Dichas diferencias revelan la distancia entre los ideales proclamados y las estructuras reales del poder.
La gran enseñanza del referido contrapunto histórico es que el progreso humano no consiste en descubrir nuevas verdades. La libertad, la igualdad y la dignidad humana ya estaban presentes en el lenguaje de la Ilustración.
Lo decisivo ha sido y sigue siendo la lucha constante por ampliar el número de personas incluidas dentro del espectro de esos derechos verdaderos.
El siglo XXI y la universalidad inconclusa
La pregunta formulada por Haití sigue viva en nuestro tiempo.
Las migraciones masivas, las desigualdades globales, la vigilancia digital y la inteligencia artificial obligan a reconsiderar quiénes son incluidos y quiénes permanecen fuera de la comunidad moral actual.
Como desde los albores de la humanidad al norte del continente africano, la migración constituye quizá el fenómeno más visible de esta nueva etapa.
Millones de personas continúan desplazándose a través del planeta impulsadas por la misma aspiración que movilizó a generaciones anteriores: la búsqueda de libertad, la seguridad, el reconocimiento personal y las nuevas y mejores oportunidades.
El hecho de que amplios sectores de la humanidad sigan considerando determinadas naciones como horizontes deseables de vida revela que la promesa moderna permanece activa, aunque profundamente incompleta.
Al mismo tiempo, el capitalismo digital ha transformado las formas tradicionales del poder.
Las grandes plataformas tecnológicas administran volúmenes de información que superan la capacidad de muchos Estados.
Los datos se han convertido en un recurso estratégico tan decisivo como lo fueron en otros tiempos la tierra, la industria o las materias primas.
La cuestión ya no consiste únicamente en quién posee riqueza, sino también en quién controla la información y la capacidad de organizar la atención colectiva.
La inteligencia artificial, por su lado, amplifica más estas interrogantes. Por primera vez, la humanidad se aproxima a sistemas capaces de intervenir de manera creciente en procesos de decisión, producción de conocimiento y organización social.
Por consiguiente, la pregunta que Haití formuló a finales del siglo XVIII y en los albores del XIX reaparece bajo una forma contemporánea: ¿quién participará plenamente de los beneficios de estas transformaciones y quiénes quedarán fuera, excluido de ellas, y por qué razón o sinrazón?
La universalidad se enfrenta así a una nueva prueba histórica.
Si el siglo XVIII discutió quién podía ser ciudadano, el siglo XIX quién podía ser trabajador libre y el siglo XX quién podía acceder efectivamente a los derechos humanos, el siglo XXI discute quién tendrá acceso real a las capacidades tecnológicas, cognitivas, económicas e institucionales que comienzan a definir las décadas venideras.
Aquellas tres revoluciones pertenecen menos al pasado que al presente. La independencia, la ciudadanía y la universalidad siguen siendo tareas abiertas.
La historia moderna comenzó cuando esas promesas fueron formuladas; su futuro dependerá de nuestra capacidad para hacerlas efectivamente universales.
Quizás esa sea la lección más profunda que nos legaron Estados Unidos, Francia y Haití. No que la libertad, la igualdad y la dignidad humana hayan sido definitivamente conquistadas, sino que ninguna generación puede considerarlas aseguradas para siempre.
Cada época en particular, incluyendo la nuestra, está llamada a redefinir quiénes quedan dentro y quiénes quedan fuera del horizonte de la humanidad compartida.
Bibliografía básica
– Arendt, Hannah. Sobre la revolución. Obra original publicada en 1963. Madrid: Alianza Editorial, 2004.
– Arendt, Hannah. La condición humana. Obra original publicada en 1958. Barcelona: Paidós, 1993.
– Dubois, Laurent. Avengers of the New World: The Story of the Haitian Revolution. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2004.
– Furet, François. Pensar la Revolución Francesa. Obra original publicada en 1978 (Penser la Révolution française). Barcelona: Petrel, 1980.
– Hegel, G. W. F. Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Lecciones impartidas entre 1822 y 1831; edición póstuma original publicada en 1837. Madrid: Alianza Editorial, 1980.
– Hobsbawm, Eric. La era de la revolución, 1789-1848. Obra original publicada en 1962 (The Age of Revolution). Barcelona: Crítica, 1997.
– Hunt, Lynn. La invención de los derechos humanos. Obra original publicada en 2007 (Inventing Human Rights). Barcelona: Tusquets, 2009.
– James, C. L. R. Los jacobinos negros: Toussaint Louverture y la Revolución de Haití. Obra original publicada en 1938 (The Black Jacobins). Madrid: Turner, 2003.
– Marx, Karl. El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Obra original publicada en 1852. Madrid: Alianza Editorial, 2003.
– Marx, Karl, y Friedrich Engels. Manifiesto del Partido Comunista. Obra original publicada en 1848. Madrid: Alianza Editorial, 2010.
– Tocqueville, Alexis de. La democracia en América. Obra original publicada en dos volúmenes (1835 y 1840). Madrid: Alianza Editorial, 2002.
– Trouillot, Michel-Rolph. Silencing the Past: Power and the Production of History. Boston: Beacon Press, 1995.
– Wood, Gordon S. The Radicalism of the American Revolution. New York: Vintage Books, 1993.
Bibliografía complementaria para el epílogo contemporáneo
– Harari, Yuval Noah. Homo Deus: Breve historia del mañana. Obra original publicada en 2015 (Homo Deus). Barcelona: Debate, 2016.
– Piketty, Thomas. Capital e ideología. Obra original publicada en 2019 (Capital et idéologie). Barcelona: Deusto, 2021.
– Sassen, Saskia. Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global. Obra original publicada en 2014 (Expulsions). Buenos Aires: Katz, 2015.
– Srnicek, Nick. Capitalismo de plataformas. Obra original publicada en 2016 (Platform Capitalism). Buenos Aires: Caja Negra, 2018.
– Zuboff, Shoshana. La era del capitalismo de la vigilancia. Obra original publicada en 2019 (The Age of Surveillance Capitalism). Barcelona: Paidós, 2020.
– Buck-Morss, Susan. Hegel y Haití: una interpretación revolucionaria de la historia universal. Obra original publicada en 2009 (Hegel, Haiti, and Universal History). Buenos Aires: Norma, 2013.
– Mbembe, Achille. Crítica de la razón negra. Obra original publicada en 2013 (Critique de la raison nègre). Barcelona: Futuro Anterior/Ned Ediciones, 2016.
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