Es muy válido que en estos días “hagamos foco” en lo que necesitamos para que el 2026 sea un buen año. En la generalidad de los casos, aunque “en automático”, abundan los buenos deseos de Año Nuevo. Pero, ¿cómo pasar “del dicho al hecho”? ¿Cómo hacer para que eso se convierta en realidad?
Sin ínfulas de pretender dar “fórmula mágica”, he aquí una pista y tres claves a valorar. Iniciemos reparando en que vivimos en una época marcada por la aceleración permanente. La información circula sin descanso, los estímulos se multiplican y las plataformas digitales disputan cada segundo de nuestra atención. En este entorno, avanzar parece sinónimo de moverse rápido, de adaptarse sin pausa, de estar siempre conectados. Sin embargo, la verdadera pregunta no es cuánto nos movemos, sino hacia dónde y con qué criterios.
Las transformaciones recientes en la comunicación han ampliado nuestras capacidades de conexión, pero también han introducido nuevas fragilidades. El ecosistema digital, como muestran diversos estudios recientes, combina ventajas evidentes —inmediatez, alcance global, diversidad de formatos— con riesgos crecientes: sobreinformación, pérdida de profundidad, debilitamiento del vínculo interpersonal y proliferación de contenidos no verificados. En ese contexto, el pensamiento crítico deja de ser una habilidad deseable para convertirse en una necesidad básica de supervivencia cívica.
Pensar críticamente hoy no significa desconfiar de todo, sino aprender a discriminar, a contextualizar, a detenerse antes de dar crédito y reaccionar. La lógica de la inmediatez, alimentada por algoritmos que premian la emoción rápida y la simplificación extrema, erosiona nuestra capacidad de análisis. Como advierten reputados investigadores en comunicación digital, la saturación informativa reduce la atención y favorece el consumo acrítico de mensajes, debilitando el juicio individual y colectivo.
Pero el pensamiento crítico, por sí solo, no basta. Necesita anclarse en un propósito claro. En una reciente y muy productiva conversación sobre metas personales y colectivas, entre amigos concordábamos en que avanzar requiere definir con precisión qué se quiere lograr, por qué y para qué.
En medio del ruido, el verdadero progreso es sostener el rumbo. Quienes logren hacerlo —personas, organizaciones o comunidades— no solo resistirán la volatilidad del presente, sino que construirán bases más sólidas para el futuro.
Valorábamos que, más que acumular objetivos, se trata de jerarquizarlos, de alinearlos con un proyecto de vida o de acción social coherente. Sin propósito, la adaptación se vuelve errática; con propósito, el cambio adquiere sentido.
Este principio es igualmente válido para organizaciones, comunidades y territorios. En el ámbito del desarrollo local y la comunicación para el cambio social, la claridad de propósito permite resistir la dispersión que impone la agenda digital. Las instituciones que comunican sin un marco estratégico terminan reaccionando a las tendencias del momento, en lugar de construir narrativas propias y sostenidas. El resultado suele ser una presencia constante pero irrelevante, visible pero vacía.
Una clave para el avance sostenible —a menudo muy olvidada— es el apego a los valores. En tiempos de competencia por la atención, la tentación de sacrificar principios en nombre de la visibilidad es fuerte. Simplificar en exceso, exagerar, polarizar o desinformar puede generar resultados inmediatos, pero erosiona la confianza a mediano y largo plazo. La comunicación digital exige una integración equilibrada entre eficacia tecnológica y valores humanos fundamentales.
Es clave tener muy presente que los valores operan como brújula. Permiten evaluar no solo si una acción es efectiva, sino si es legítima, justa y sostenible. En contextos comunitarios y democráticos, esta coherencia ética es clave para fortalecer la participación y la cohesión social. Sin valores compartidos, la comunicación se convierte en mero intercambio instrumental. En cambio, con valores compartidos, la comunicación se convierte en herramienta de transformación.
Pensamiento crítico, propósito y valores no son conceptos abstractos. Se traducen en prácticas concretas: seleccionar fuentes con rigor, priorizar la calidad sobre la cantidad, diseñar mensajes con intención transformadora, sostener la coherencia incluso cuando el entorno premia lo contrario. Implican también recuperar espacios de comunicación más lentos, reflexivos y presenciales, capaces de equilibrar la velocidad digital.
Avanzar en el contexto actual no exige correr más rápido, sino caminar con mayor conciencia. En medio del ruido, el verdadero progreso es sostener el rumbo. Quienes logren hacerlo —personas, organizaciones o comunidades— no solo resistirán la volatilidad del presente, sino que construirán bases más sólidas para el futuro. Con estas claves estaremos en la pista para avanzar de manera sostenida en 2026.
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