Fue a través de la Biblioteca Digital de la Universidad de Florida como abrí por primera vez el volumen de título austero: Código de higiene, asistencia pública y social.
Este Código, nacido en 1954 bajo la dirección del doctor Bellerive, acabó ostentando un récord de longevidad casi trágico, al mantenerse como marco legal de referencia durante más de setenta años. El tiempo se detuvo entre sus páginas. Es cierto que los despachos del Ministerio de Salud Pública y Población dieron tímidos pasos, abriendo expedientes de revisión en 1996 y, de nuevo, en 2009. Sin embargo, aquellos proyectos no pasaron de ser meras intenciones en suspenso, textos fantasma que jamás cruzaron las puertas del Parlamento. El Código permaneció allí, inmóvil, como un viejo reloj olvidado en un cajón que siguiera dando la hora de un mundo que ya no existe.
Leer hoy esta obra maestra del rigor administrativo permite recordar —en particular a las generaciones más jóvenes— que el caos actual no es una fatalidad histórica, sino el resultado de un colapso posterior. Las estructuras y las competencias existían.
Publicado en aquel año de 1954 bajo la dirección del doctor Athémas Bellerive, al pasar estas páginas frágiles uno tropieza con líneas trazadas hace décadas que actúan como parapetos contra el caos. El texto se detiene en «el estudio, la preparación y la ejecución de proyectos relativos a la Higiene Pública y al control de enfermedades contagiosas». En nuestro presente incierto, estas palabras ya no son tinta vieja; recuerdan que, frente a las epidemias invisibles que cruzan la capital, la vigilancia no puede ser intermitente. Más adelante, el Código evoca con una precisión casi obsesiva el «control técnico y sanitario de los sistemas de aducción y distribución de agua potable». Me gusta recordar a mis amigos jóvenes que yo ya había cumplido los treinta cuando dejé de beber agua del grifo en Turgeau. Es una evidencia eterna: en los patios interiores y en las avenidas de Puerto Príncipe, el agua sigue siendo el hilo tenue entre la vida y el vacío, una frontera que el Estado de 1954 intentaba fortificar desesperadamente.
Al volver una hoja, mi mirada se detiene en las instrucciones relativas a la «higiene escolar» y a la «cartilla de salud en las Escuelas». Se exigían exámenes médicos obligatorios para los niños y prescripciones minuciosas para «prevenir y combatir las epidemias» en las aulas. Releer estas líneas hoy, cuando tantas siluetas infantiles cruzan la ciudad sin más protección que su inocencia, encoge un poco el corazón. Es el recuerdo de un tiempo en que el porvenir del país se medía en la claridad de la mirada de sus escolares.
Existe la misma gravedad melancólica en las páginas que regulan la «dirección y el control de los hospitales públicos», y en particular de esos «hospitales de distrito» que debían vertebrar el territorio. El Código dibujaba allí una geografía del auxilio, una red de refugios sanitarios destinados a no dejar a nadie en el abandono, hasta en los confines de las provincias. Estas estructuras administrativas, que hoy nos parecen tan lejanas, casi irreales bajo el polvo del tiempo, eran sin embargo los pilares de una dignidad compartida.
Siete décadas han pasado, llevando consigo la osamenta administrativa de la época, mientras la demografía y las mentalidades se transformaban profundamente, cambiando el rostro mismo de nuestro país.
Desde mediados de los años cincuenta, la carrera del doctor Athémas Bellerive se emancipó de los marcos nacionales para integrarse en el aparato de la Organización Mundial de la Salud. Designado como delegado de la OMS para la región de las Américas, su presencia en las conferencias regionales, especialmente en Guatemala en septiembre de 1954, ilustra la emergencia de una tecnocracia sanitaria internacional donde Haití defendía entonces su posición.
Fue una existencia transcurrida entre aviones, una vida de delegado itinerante cuyos pasos se deslizaban desde los salones de las cancillerías de Guatemala hasta las complejas realidades de los dispensarios de la India y del Congo. El doctor Bellerive pertenecía a esa categoría de hombres y altos funcionarios que entendían la geopolítica a través del prisma de la medicina social, viajando con una valija diplomática como único equipaje. De un continente a otro, a lo largo de las décadas de 1950 y 1960, dejó a su paso decretos de higiene e informes oficiales: estructuras jurídicas y huellas administrativas que formalizaron los primeros hitos de un derecho internacional de la salud.
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