La mujer, tanto en el plano personal como en el colectivo, tiene el deber y el derecho de ser pionera en cualquier actividad nueva que se presente en su tiempo. Es muy sano que encare, sin culpas, las diversas polémicas de su época y que lo haga desde su particular situación y el proyecto que libremente ha elegido.
Me refiero a lo siguiente, como siempre, poniendo ejemplos. Nadie puede sancionar, jurídica ni éticamente, que usted emprenda una manera inteligente y creativa de trabajar con la Inteligencia Artificial, ajustándose a los elementos fácticos que condicionan su vida: la edad, el tiempo disponible para el trabajo remunerado o no, la salud, etc. Lo fáctico, como se sabe, no lo eliges; se impone como una especie de condena, sí, pero también como una dificultad que siempre puede superarse de alguna manera. La superación de esos obstáculos que no has elegido acompaña el proyecto constituido en tu propósito existencial.
Mi propósito central, por encima de las condiciones que hoy me determinan, no es ser escritora ni adornarme con un peculiar y elegante estilo literario. Mi elección es otra. Tampoco entro en competencias vanas ni concurso. Respeto que otros y otras lo hagan, pero yo nunca he sometido mi trabajo a concursos, los cuales, a priori, considero sospechosos.
En vez de concursar para ganar reconocimientos o demostrar que poseo una poderosa y polémica inteligencia natural —que la poseo—he elegido libremente divulgar y profundizar contenidos, sobre todo aquellos que he podido estudiar, incluso fuera de la academia.
No soy antropóloga, pero empoderé pioneramente a mi Facultad de Humanidades, contra el empirismo positivista reinante entonces, en el tema del cualitativismo. En ese mismo renglón hablé, además, sobre el mesianismo palmasolista. No tengo maestría en género y, sin embargo, realizo todavía hoy un trabajo pionero en mi país sobre filosofía y género.
Todas. Algunas. Cualquier mujer debe ser pionera, aunque sea en la actividad que más insignificante parezca.
Y eso es, precisamente, lo que vinculo hoy con la Inteligencia Artificial. Exorcizada, con muchísima razón, en el plano político, quizá por ello mismo termina afectándose, en el plano individual, un uso peculiar, creativo, ético y "prudente" —como diría un caro amigo— de un recurso extraordinario para la investigación y la divulgación de los temas que realmente se dominan.
Y hablo, por el momento, de usar la IA sin dirección de un profesional ético, cuando se domina un tema. Muy distinto es el problema —complicado y preocupante— de lo que Aníbal de Castro llama, con razón, la exhibición de la "ignorancia artificial".
Creo que el dominio de un tema libera de culpas infundadas y permite tomar distancia de muchos de los prejuicios actuales contra la IA y, en general, contra la tecnología, cuyo acceso sigue siendo, por cierto, muy limitado entre las mujeres. A ella he llegado con dificultades extremas, perteneciente, como soy, a otra generación.
Así que, señoras y señores, mientras "el hacha va y viene", mientras las posiciones a favor y en contra de la IA se enervan —unas legal y éticamente correctas, otras inútiles e innecesarias—, en mi situación particular, en una etapa de mi vida en la que ya no tengo tiempo que perder, me entrego felizmente al diálogo crítico con la IA para poner en acto todo mi potencial creativo y el conocimiento acumulado durante años de estudio y de experiencia cultural. Lo hago con un propósito muy concreto: sostener un coloquio, especialmente con estudiantes de ambos sexos, sobre temas que puedan ayudar a comprender nuestra cultura y nuestro tiempo.
Para eso no tengo que pedirle permiso a nadie. La elección libre y responsable de mi actual proyecto intelectual y de vida me basta. Y si, además, ese trabajo beneficia a mi comunidad, entonces creo que el tiempo que me queda está siendo bien empleado.
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