Llegó la Semana Santa y sin importar ideologías transformó el año y lo cambió todo en un antes y un después como herencia de una sociedad tradicional colonizada. Eso sí, tuvo la facultad de dejar espacios de libertad para las intimidades espirituales y los recuerdos. Yo, puse a un lado la insensatez de una guerra absurda sin pretensiones suicidas, no quise mirar las pancartas de corrupción y de impunidades de las redes sociales porque podían aumentar y me decidí por ignorarlas.
Previo, tomé todas precauciones para no tener nada en agenda, pero los imprevistos no tienen amistades y menos los antecedentes. Cuando los amigos deciden, se borra de tu diccionario la palabra no y comienzan las complicaciones, cuando los cronistas de arte (Acroarte), máxima institución artística cultural del arte popular del país, con presencia y prestigio internacional, te distinguen con un Soberano Especial, premio único por vez primera en la historia del país revalorando los aportes folclóricos culturales-científicos de un intelectual a la patria, no es delicado decir que no.
Quieras o no, esto te impacta, sobre todo cuando la Academia Dominicana de Ciencias de la República Dominicana, a Dagoberto, conjuntamente con los historiadores Bernardo Vega y Frank Moya Pons, les otorgan las exaltaciones de Laudatorio Académico, máxima distinción de esta institución a sus miembros más distinguidos, incluyendo fotos permanentes en sus salas históricas.
Luego, en una actividad académica alguien recordó la distinción de Profesor Meritísimo de Dagoberto, máximo galardón a un docente universitario de la UASD, se complicó la cosa, cuando el Museo del Archivo General de la Nación dedicó su Feria del Libro, sobre el folclore dominicano, a este maestro.
Con esa avalancha de tantas cosas una detrás de otra. ¿Qué hacer en Semana Santa? Abrumado, sin saber cómo dar gracias esperé el Domingo de Ramos para decidir en un espacio de intimidad, solidario, donde tienen valor todas las sonrisas espontáneas en un ambiente que se forma cada domingo en mi nueva parroquia de Santa Cecilia, en el residencial José Contreras.
Yendo más allá de la liturgia oficial, insertada en los diversos grupos religiosos de la época, donde está mi hija y mi esposa, decidí quedarme mudo y contemplar las gesticulaciones de feligreses felices que solo llenos de fe, en una quietud de corazones generosos entregaban las energías sagradas de palmas reales benditas, en una procesión esplendorosa un Domingo de Ramos.
Decidí hacer una fortaleza de silencio para la semana, mirar, sonreír y compenetrarme con el silencio sagrado que construí ese Domingo de Ramos para profundizar en un pasado todavía con muchos escombros e interrogantes. ¡Una semana de silencio, contemplación y búsqueda de verdades espirituales!
Escogí esta parroquia de Santa Cecilia por su organización y porque por acompañar a mi hija y esposa encontré una parroquia sorprendente que entraba en contradicciones con mis obsoletas parroquias de juventud. Con la palabra del sacerdote secuestrador que en mi tiempo era el único que las conocía y hablaba, aquí, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres participan en diversos momentos de la misa y la palabra se convirtió en participación colectiva. ¡Todos hablan!
Ese no fue el mayor impacto. En esta misa dominical me quedé atónito ante la ruptura del mito tradicional en todo lo que olía al altar, a la mujer y a la hostia. Mujeres hermosas, tiernas, casi transparentes, llenas de luz, sin importar su color físico, toman el copón sagrado lleno de hostias consagradas y las repartían en una feligresía en éxtasis que susurraban en galaxias con trajes sencillos, cotidianos. ¡Sentí que siempre debió ser así! ¡Me sentí feliz!
Sentí que salía de un museo tradicional, viejo, descolorido y deshumanizado que solo existía en mi memoria y que nunca nos entendió. Sentí que salía de una cueva antigua con una decoración de sabios cansados, donde la sonrisa y la quietud habían olvidado los nombres de todos los presentes.
Sentí que había salido de una de mis iglesias viejas que había perdido la palabra en contradicción con una juventud que se definía por la justicia social sin ser comprendida, aunque era una época de contradicción, cuando su cúpula más consciente y atrevida predicaba cambios. Desde Medellín hasta Puebla solo se oía la palabra ¡cambio! y ¡justicia! Nosotros con esas luces creamos a los «Cristianos Comprometidos», a los «Cristianos por el Socialismo» y a los «Cristianos por la Teología de la Liberación», que traían lo mismo seminarios tras seminarios, mientras que a nivel popular las cachúas en Cabral, Barahona, con látigos justicieros culminaban con lo viejo y le daban paso a lo «nuevo».
Eran tiempos de sueños, de generosidad y de entrega. La verdad era sagrada. Las utopías eran catarsis. No había engaño sino satisfacciones espirituales. Vivíamos de la honestidad. No había teatro ni guiones. La fe permitía ser lo que uno decidiera. Éramos jóvenes humanizados no importa si estábamos equivocados, pero éramos coherentes a la verdad, a la justicia y no a las apariencias. Eso era secundario.
Se ha caminado un poco, la palabra va ganando poco a poco poder, en un mundo tecnológico y de dinero. Pasó la Semana Santa. Ningún día será igual a ninguno de los que se fueron, podrían ser mejores o peores. ¡Jamás volverán a ser iguales! La tarea de la parroquia no es contar ni comparar lo que pasó. Eso es historia. Si queremos crecer, tenemos en los días que llegan, avanzar. Para eso están los parroquianos y su pastor. ¿Verdad, padre Miguel?
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