Recientemente, el historiador estadounidense Alfred William McCoy (n. 1945) ha analizado cómo las acciones irracionales y beligerantes del imperialismo estadounidense deben comprenderse, no solo como exabruptos por parte de un presidente demente, sino también como enmarcadas dentro del ciclo natural de un imperio en decadencia. Todos los imperios —afirma este historiador— desde el español y el británico hasta el soviético, han sufrido, en sus momentos de mayor desesperación, golpes de Estado y han recurrido a las guerras más brutales como intento frenético de autopreservación.
Según McCoy, lo que estamos presenciando es el fin de la era de la hegemonía mundial estadounidense y el comienzo definitivo del nuevo predominio chino. Además, McCoy sostiene que cada imperio se ha apoyado sobre alguna fuente de energía importante para solventar su dominio. En el caso del imperio español, es bien sabido que recurrió a la esclavización inhumana de la "mano de obra" esclava de millones de seres humanos provenientes del continente africano. El imperio británico echó mano del poderío industrial de la máquina de vapor y la explotación de la clase obrera y las colonias, y así sucesivamente.
En el caso del emergente imperio chino, el historiador argumenta que este nuevo titán mundial está encontrando su punto de soporte sobre la llamada "revolución energética verde" que estamos presenciando ante nuestros ojos. Cada vez más, las naciones del mundo se percatan de que el capitalismo fósil es profundamente insostenible y dañino para nuestro planeta, y andan en busca de alternativas. La República Popular China se ha colocado a sí misma a la vanguardia de esta revolución, primero, para intentar solucionar sus propios problemas de excesiva polución, producto de un acelerado proceso de industrialización que impulsó hace algunas décadas, que sacó a millones de personas de la pobreza extrema.
Pero, además, hay otro factor que está contribuyendo ahora al auge de China como la gran superpotencia mundial: la guerra arancelaria desatada contra el mundo por el presidente estadounidense Donald Trump (n. 1946), que actualmente está empujando a la mayoría de los países objeto de sus ataques hacia el incremento de las relaciones comerciales con el gigante asiático.
Muchas personas se debaten qué clase de mundo nos espera en este siglo XXI bajo el dominio de la superpotencia asiática. También proliferan discusiones acerca de si China es auténticamente socialista o meramente capitalista disfrazada como tal. Oficialmente, el Partido Comunista de China, partido único fundador y gobernante de la República Popular China desde su triunfo en la guerra civil (1927-1937, 1945-1949) contra las fuerzas nacionalistas del Kuomintang, se adhiere a la ideología del marxismo-leninismo, fundamentada sobre la visión materialista histórica y dialéctica creada por Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895).
Sin embargo, es importante señalar que el modelo de gobierno chino está influenciado grandemente por los sistemas autoritarios de partido único que predominaban en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y sus países satélites del Este europeo. Pero, a lo largo de su evolución histórica, tras enormes fracasos económicos que llevaron a la hambruna a millones de personas, los dirigentes del partido —encabezados por Deng Xiaoping (1904-1997) tras la muerte del líder supremo Mao Zedong (1893-1976)— giraron el modelo económico de la gran nación asiática hacia un capitalismo neoliberal fuertemente administrado por el Estado.
Este modelo político y económico —autoritarismo centralizado de partido único y capitalismo dirigido por el Estado— es el que se ha mantenido desde ese entonces, pero ahora bautizado oficialmente como "socialismo con características chinas", bajo la égida del "Pensamiento de Xi Jinping". Bajo el liderazgo de Xi (n. 1953), China se ha consolidado como potencia imperialista, por medios económicos más que militares, sin obviar las constantes amenazas contra su enemigo histórico, la República de China (también conocida como Taiwán). Poco a poco, por medio de toda clase de ingeniosas artimañas y subterfugios, los dirigentes chinos se han ido apropiando de segmentos significativos de la economía global, en gran medida sin tener que disparar un solo tiro.
Tampoco hay que olvidar el genocidio perpetrado por el régimen de Xi contra la población minoritaria de uigures en el noroeste de la República Popular China, por lo cual no ha habido consecuencias significativas. Con un control férreo de los medios de comunicación a lo interno del país, una represión continua de todo gesto de protesta y la persecución abierta contra todo tipo de disidentes, Xi ha consolidado un auténtico sistema totalitario bajo su liderazgo. Este ejemplo chino debe servir para recordarnos que el poder, sin importar el signo ideológico del cual pretenda revestirse, es siempre una amenaza para la dignidad humana si no se encuentra restringido por controles democráticos y por la voluntad popular organizada.
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