Hay historias que necesitan contarse completas para poder comprenderse mejor. La relación entre Haití y República Dominicana es una de ellas. Durante demasiado tiempo, la historia compartida de los dos países ha sido narrada principalmente desde conflictos, invasiones, masacres, ocupaciones, diferencias políticas y tensiones migratorias.

Entre Haití y República Dominicana hay muchas historias de éxito. En 2026 traer presidentes latinoamericanos para que valoren el moderno muro fronterizo, es insuficiente si no conocen el proyecto CODEVI, donde empresarios dominicanos colocaron un sistema empresarial que emplea más de 18 mil trabajadores haitianos en 30 plantas de fabricación que generan bienes para una gama de clientes globales.

También que valoren, los millones de toneladas de productos dominicanos que atraviesan los puntos fronterizos en Dajabón-Ouanaminthe, Comendador-Belladére, Jimaní-Malpasse y Pedernales- Anse á Pitre, para consumirse por 12 millones de habitantes o exportarse por los nueve (9) puertos haitianos.

Igualmente, miles de torres urbanas colocadas en Santiago y Santo Domingo, tienen en Haití una mano de obra que se especializa progresivamente. Mas 290,000 trabajadores de Haití trabajan en el sector de la construcción de un total de 430,000 trabajadores (Observatorio de INFOTEP).

Debemos tener una mirada más amplia que permita reconocer que existen aportes, intercambios culturales, transformaciones sociales y vínculos humanos que han contribuido a construir la identidad de la isla de La Española. Se cuentan por decenas las razones para reconocer lo bueno que Haití ha hecho o aportado a la República Dominicana o viceversa. Esto no significa desconocer la independencia dominicana, justificar la ocupación de 1822-1844, ni minimizar los conflictos. Significa asumir la historia con madurez, separar los hechos de los prejuicios y reconocer que dos pueblos que comparten una misma isla, también han construido procesos sociales y culturales durante siglos.

En 1822, el presidente haitiano Jean Pierre Boyer extendió la autoridad de Haití sobre la parte oriental de la isla, iniciándose un período que concluyó con la proclamación de la Independencia Dominicana el 27 de febrero de 1844. La Academia Dominicana de la Historia, vía la obra de Frank Moya Pons sobre la dominación haitiana, documenta ampliamente las causas, características y consecuencias de aquel período. Pero incluso en ese contexto conflictivo, ocurrió un hecho de enorme trascendencia histórica: la abolición de la esclavitud en la parte oriental de la isla.

La investigación histórica muestra que la unificación política de 1822 produjo la eliminación legal de la esclavitud en todo el territorio insular bajo autoridad haitiana. También permitió que sectores de la población afrodescendiente utilizaran las nuevas condiciones jurídicas para reclamar tierras y propiedades. Este hecho debe ser reconocido sin ambigüedades.

La revolución haitiana colocó en el Caribe una poderosa idea: la libertad de los esclavizados y la ruptura del orden colonial basado en la esclavitud. Esa influencia forma parte de la historia de toda la isla. No se trata de decir que la dominación haitiana fue positiva en su conjunto. Sería incorrecto. Hubo conflictos, medidas impopulares, tensiones económicas, enfrentamientos con sectores sociales y políticas que generaron resistencia. Precisamente por eso, una historia responsable debe ser capaz de reconocer los aspectos negativos y aquellos cambios que tuvieron consecuencias sociales favorables.

Haití se ha destacado en la defensa de la libertad en el Caribe. La mayor contribución histórica de Haití hacia el mundo no fue solamente territorial. Fue civilizatoria. La Revolución Haitiana demostró que una población esclavizada podía derrotar al sistema colonial y crear un Estado independiente.

Ese acontecimiento modificó profundamente el pensamiento político del Caribe y de América. Haití se convirtió en símbolo de emancipación para los pueblos afrodescendientes y para quienes luchaban contra la esclavitud. Su existencia como primera república negra independiente tuvo repercusiones que trascendieron sus fronteras.

Cuando Pedro Santana anexó la República Dominicana a España en 1861, los dominicanos que se opusieron a la unión encontraron en la frontera haitiana un espacio estratégico para organizar la resistencia. Haití terminó convirtiéndose en territorio de apoyo para los restauradores. La evidencia histórica es significativa. Documentos diplomáticos estadounidenses señalan que los dominicanos que rechazaban la anexión recibieron ayuda abierta del Gobierno y del pueblo haitiano, incluyendo facilidades para organizar grupos insurgentes en territorio haitiano y obtener armas y pertrechos.

La colaboración también tuvo una dimensión material concreta. Investigaciones históricas y testimonios publicados sobre la Restauración documentan la entrada de armas, municiones y otros pertrechos adquiridos en el exterior a través de puertos haitianos, que fueron puestos a disposición de los dominicanos que luchaban contra la anexión española.

La frontera no pudo fraccionar las culturas 

La separación política de 1844 creó dos Estados, pero nunca consiguió borrar la interacción cultural entre sus poblaciones. La música es quizás una de las demostraciones más extraordinarias. República Dominicana tiene en el merengue uno de sus principales símbolos nacionales. La UNESCO lo reconoce desde 2016 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.  Pero el propio MIREX reconoce que el término y las expresiones relacionadas con el merengue existen también en Haití y que ambos países comparten semejanzas culturales derivadas de su historia común.

Esto demuestra algo fundamental: la cultura no respeta las fronteras políticas con la misma rigidez que los Estados. El gagá constituye otro ejemplo extraordinario. En los bateyes dominicanos, esta expresión de música, danza, canto, percusión, creencias y rituales es resultado directo del encuentro histórico entre comunidades haitianas y dominicanas.

En los Congresos de Música e Identidad promovido por el Centro León, en los diversos tomos de investigación etnomusicológica se identifica claramente la relación con Haití, África, las tradiciones afrocaribeñas y la vida de los trabajadores de la caña de azúcar.

Haití también aporta expresiones lingüísticas, gastronomía, religiosidad popular, formas de organización comunitaria, conocimientos agrícolas, prácticas artesanales, tradiciones orales y una poderosa cultura de resistencia. La cultura haitiana tiene además una enorme riqueza literaria y artística que evidencian todo lo bueno que Haití y República Dominicana han hecho juntos.

Reynaldo Peguero

Epidemiólogo y urbanista

Maestro en Administración y epidemiología, especialista en Planificación Estratégica del Centro Iberoamericano de Desarrollo Estratégico Urbano (CIDEU), Barcelona, y director del Consejo de Desarrollo de Santiago (CDES).

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