Es demasiado una mujer asesinada. Es demasiado, una mujer asediada y/o golpeada porque decidió terminar una relación de pareja.
En 2026, ya son 32 las dominicanas asesinadas por sus parejas y exs. Según el Observatorio de Justicia y Género del Poder Judicial, en el primer trimestre hubo 17.500 denuncias por violencia de género. Son más y "todo el mundo" sabe que hay un subregistro.
Las frías estadísticas no son números, son mujeres muertas, familias rotas, niñas y niños en la orfandad, duelos que quizás nunca cierren.
¿Cuántas muertas en vida tenemos? ¿Cuántas muertas de miedo? Esas que no se atreven a acudir por ayuda y protección del Estado porque no creen en las instituciones llamadas a darles protección, entre otros motivos. En muchos casos, denunciar es una agravante frente a su agresor, que incluso puede ser el mismo Estado, por su indiferencia, incompetencia y esencia.
"La sociedad le ha fallado a la mujer", escuchamos con frecuencia. Evitemos que se normalice el falso discurso de que todos somos responsables, incluso las propias mujeres revictimizadas. Esa es la respuesta más simplista e irresponsable que solo procura negar el fondo del problema, evadir sus causas y/o repartir responsabilidad ante la dolorosa realidad. Desde el litoral oficial escuchamos que ellas no dieron seguimiento al protocolo, o firmaron un documento en el cuartel policial o ante el Ministerio Público. Es un problema cultural, alegan otros, como si lo cultural se construyera en el aire o por "gracia divina". Algunos que así opinan puede que sea por alienación social, desconocimiento del abordaje del tema, y por otros irresponsables.
Sin tocar las causas del problema, están condenados a fracasar todos los protocolos contra la violencia a las mujeres y su máxima manifestación, el feminicidio.
Teóricamente el Estado dominicano está llamado a la protección integral nuestra. ¿Y qué pasa? Que las mujeres, las trabajadoras y las pobres, salvo honrosas excepciones, no importamos a las clases dominantes y su liderazgo político, social y económico. Porque solo somos un número para el padrón electoral y sus implicaciones; para pagar impuestos; para diseñar estadísticas y elaborar indicadores sociales que justifiquen nuevos préstamos; para mendigar ayuda internacional, incluso sobre la base de la misma violencia de género.
Ya sabemos que el feminicidio es un efecto, que hay que atacar las causas de esa tragedia que afecta a cientos de miles, a millones de dominicanas y dominicanos. Urge un debate nacional sobre sus causas: una cultura machista en la que los hombres —machos— se asumen propietarios de la vida y el cuerpo de las mujeres. Parecería un entramado social hecho de tal manera para que no se sepa dónde está la punta del hilo. Pero sí sabemos dónde queda.
No esperemos que sin presión social el Estado y las estructuras que le dan sostén coloquen ese tema en la agenda nacional. Aparecen algunas voces disidentes al régimen, pero son solitarias.
Urge imponer el debate sobre el derecho de las mujeres a la vida plena y segura. Solo lo lograremos por la fuerza de la organización y movilización social, y en la que nos involucremos trabajadoras y trabajadores, profesionales, artistas, activistas políticas y sociales, comunidad educativa y deportiva en todos los niveles, medios de comunicación en todos sus formatos, cristianos y cristianas que crean en la igualdad y equidad hombre-mujer. En fin, hombres y mujeres por igual.
Si el pensamiento machista y la cultura autoritaria hacia las mujeres es una de las causas de la violencia contra las mujeres, ese desprecio a nuestras vidas hay que derrotarlo conquistando nuestro derecho a una vida segura y plena.
Porque las ideas se combaten con ideas, y estas, cuando están correctamente formuladas, adquieren fuerza y se convierten en organización y movilización popular.
Hoy cobra más vigencia que nunca la demanda de un Estado laico, que separe las religiones de la educación. Porque ese es parte importante del debate. Hay que desmontar el pensamiento patriarcal que genera presunción de superioridad y pertenencia de los hombres frente a las mujeres; de que somos una cosa, su propiedad, de que pueden usarnos y desecharnos a su antojo.
Logremos ya el debate sobre el papel que tiene que jugar el sistema educativo, los medios de comunicación convencionales o no, las políticas culturales, de salud, deportivas, de justicia, etc.
¡Que nuestros derechos se respeten porque somos personas, no por pena en la condición de víctimas de los machos agresores!
¡Movilización popular, por los derechos a la vida plena y segura de las mujeres!
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