La República Dominicana acaba de cruzar un umbral histórico. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) confirmó que el país alcanzó la meta de Hambre Cero, al reducir la subalimentación por debajo del 2.5%.
La noticia tiene alcance más allá de la seguridad alimentaria. Obliga a desmontar uno de los pilares más antiguos del discurso político dominicano. Durante décadas, el hambre fue utilizada como símbolo por excelencia de exclusión social y como la principal narrativa para justificar proyectos de poder, movilizar emociones y prometer redenciones definitivas que nunca llegaron.
La política dominicana habla todavía con categorías del siglo XX para intentar gobernar una sociedad que ya pertenece al siglo XXI.
El hambre fue, sin duda, el combustible de grandes transformaciones históricas. La Primavera de los Pueblos de 1848, la Revolución Mexicana, la Revolución Rusa, la Revolución China, la Guerra Civil Española y la Revolución Cubana encontraron en la miseria y la inseguridad alimentaria una poderosa fuente de legitimidad política. En América Latina, los discursos sobre la pobreza extrema, la desnutrición y “los hijos de Machepa”, inmortalizados por el profesor Juan Bosch, respondían a una realidad dramática y verificable.
Pero la historia cambia. Cuando cambia la realidad, también debe variar el lenguaje de la política. Persistir en convertir en el hambre como bandera electoral, cuando las estadísticas nacionales e internacionales, describen una realidad distinta, constituye una forma de anacronismo.
No se construye el futuro con la gestión de nostalgias, ni reciclando consignas. El hambre nunca tuvo color político. No fue de izquierda, ni de derecha. Fue una tragedia humana. Precisamente por eso resulta éticamente cuestionable seguir utilizándola como recurso retórico para seducir electores, fabricar indignación o justificar discursos que ya no responden a los desafíos actuales.
Quienes trabajamos durante décadas en salud pública, planificación territorial, demografía, economía o ciencias sociales, fuimos testigos silenciosos de esa transformación. Desaparecieron de los hospitales aquellas salas repletas de niños afectados por marasmo y kwashiorkor, patologías que simbolizaban pobreza extrema y desnutrición proteico-calórica de generaciones enteras.
El propio término kwashiorkor, procedente del idioma «Ga de Ghana», significa “la enfermedad del niño desplazado”, una imagen devastadora de sociedades incapaces de garantizar la alimentación básica. Esa realidad, afortunadamente, dejó de definir el perfil epidemiológico de la República Dominicana. En su lugar emergió otro país.
Un país que experimentó una transición demográfica y epidemiológica profunda, reconocida en el Plan Estratégico Nacional de Salud 2030 (PLANDES), aportado durante la gestión del ministro Daniel Rivera y continuado por Víctor Atallah. Hoy la estructura poblacional presenta menor natalidad, menor mortalidad infantil y una esperanza de vida mayor. Las enfermedades dominantes también cambiaron.
La carga principal ya no proviene de la desnutrición, sino de la diabetes, la hipertensión, las enfermedades cardiovasculares, los accidentes cerebrovasculares, el cáncer, la obesidad, la salud mental, los accidentes de tránsito y la violencia urbana. La pobreza tampoco desapareció, pero cambió de naturaleza.
La pobreza monetaria general descendió de 23.9 % en 2021 a 17.3 % en 2025. Sin embargo, persisten profundas desigualdades territoriales, brechas educativas, déficits de infraestructura, inseguridad vial, deterioro ambiental y enormes diferencias en la calidad de los servicios públicos.
Es ahí donde debería concentrarse la disrupción política. Mientras los partidos continúan compitiendo por administrar los discursos del pasado, la sociedad reclama respuestas para desafíos completamente distintos: envejecimiento poblacional, ciudades congestionadas, cambio climático, crisis hídrica, transformación digital, inteligencia artificial, productividad, innovación, descentralización territorial, movilidad sostenible, salud mental y gobernanza metropolitana.
La verdadera pobreza del presente ya no consiste únicamente en la falta de alimentos. Consiste también en la ausencia de oportunidades, en la baja calidad institucional, en la precariedad del espacio urbano, en los largos tiempos perdidos en el tránsito, en inseguridad ciudadana, desigualdad territorial y la incapacidad del Estado para planificar el desarrollo con visión estratégica.
Paradójicamente, buena parte de la dirigencia política ofrece todavía respuestas diseñadas para un país que dejó de existir hace varias décadas.
La política necesita actualizar su software. La República Dominicana requiere menos discursos de escasez y más agendas de competitividad; menos populismo asistencial y más planificación estratégica; menos consignas heredadas y más evidencia científica; menos centralismo y mayor descentralización de la inversión pública; menos confrontación ideológica y más soluciones medibles.
Erradicar el hambre constituye una victoria nacional que merece ser celebrada. Pero también representa un punto de inflexión intelectual.
Cada generación enfrenta sus propios desafíos. La nuestra ya no está llamada a derrotar el hambre como principal enemigo nacional. Está retada a construir un país más productivo, saludable, innovador, sostenible y territorialmente organizado.
La mayor transformación pendiente más que económica, es cultural y política. La verdadera disrupción consiste en abandonar definitivamente los discursos del siglo pasado para comenzar a gobernar los problemas del siglo XXI.
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