Cuando nos disponemos a enterarnos de las noticias diarias a través de los medios de comunicación, ya sean impresos o digitales, nos encontramos diariamente con informaciones como las siguientes:

Matan a tiros a hombre en pleno cumpleaños; comunidad cuestiona por qué presunto agresor estaba libre (Diario Libre).

Mueren “Michael Peluche” y “Enger”, buscados por su presunta vinculación con un doble homicidio (Listín Diario).

Veintiún muertos en 10 días: se eleva la cifra de fallecidos en hechos con participación policial (Diario Libre).

Policía mata otros dos; suman 27 los caídos en septiembre (Diario Libre).

Aumentan los feminicidios en 2026: la cifra asciende a 62 mujeres asesinadas en lo que va de año (Diario Libre).

Encuentran muerta a joven de 17 años en una vía de Alma Rosa, Santo Domingo Este (Diario Libre).

Precisamente, una de las características de la sociedad dominicana actual es el auge de la violencia en sus diversas formas, y lo más preocupante es que se ha convertido en algo habitual que ya no sorprende a nadie. Enterarnos de la pérdida de vidas humanas es algo tan común como el anuncio de la venta de un producto cualquiera.

Entonces, la falta de sensibilidad ante la violencia no solo significa que esta se vuelve cotidiana, sino que también puede producir una cierta normalización de la indiferencia social frente a ella. Esto es sumamente grave porque nos hace insensibles ante hechos abominables en los cuales otros seres humanos pierden la vida.

Como es ampliamente conocido, la violencia social, en todas sus expresiones, es resultado, entre otros aspectos, de las profundas desigualdades que caracterizan a la sociedad dominicana, que condenan a una parte importante de la población a vivir en medio de situaciones de vulnerabilidad y de carencias en todos los órdenes.

Tenemos un continuado crecimiento económico que no se expresa en la solución de las cuestiones relacionadas con el bienestar de las mayorías: salarios justos, trabajos dignos, educación y salud de calidad, pensiones solidarias, viviendas asequibles para la gente, seguridad ciudadana, entre otros aspectos.

Es, precisamente, en este punto cuando esta situación trae consecuencias fundamentales en el plano político.

En primer lugar, esa grieta entre el crecimiento económico y el bienestar ciudadano es una de las causas del crecimiento de fenómenos como la apatía hacia la política y los partidos. El ciudadano común que conoce las cifras que presentan las entidades estatales acerca del crecimiento y del avance de la economía, pero que no percibe que su situación socioeconómica mejora, se siente engañado y traicionado por quienes están llamados a representarlo. Este desfase entre crecimiento y bienestar contribuye al crecimiento de la abstención electoral, en la medida en que los partidos y sus candidatos dejan de representar para mucha gente una alternativa capaz de responder a sus expectativas. El cansancio y la indiferencia frente a la política tradicional crean, asimismo, condiciones favorables para el surgimiento y la aceptación de los llamados outsiders.

En segundo lugar, cuando las instituciones no son capaces de garantizar derechos y oportunidades de manera universal, entonces las relaciones personales adquieren una importancia creciente como mecanismo para acceder a determinados bienes y servicios. Es en ese contexto que la política pasa a convertirse en un espacio privilegiado para establecer relaciones de dependencia que permitan obtener de manera individual lo que cualquier Estado debe proveer en forma universal para sus ciudadanos.

Es por eso que, ante la imposibilidad de que el Estado garantice aspectos elementales relacionados con la prosperidad de la gente, la vinculación con los partidos se hace a través de relaciones clientelares que transforman la política de una actividad para servir en otra para servirse. Una de las consecuencias de esta situación ha sido la transformación progresiva de las prácticas partidarias, mediante las cuales los partidos dejan de funcionar, en buena medida, como espacios de elaboración de proyectos colectivos y pasan a desarrollar estructuras cada vez más orientadas a la mediación clientelar, la movilización electoral y la distribución de beneficios particulares. Como contrapartida, la mentalidad del ciudadano busca en la política no las propuestas ni las ideas para encarar los graves problemas y deficiencias sociales, sino los contactos y las relaciones que le permitan acceder a las canonjías. Estos procesos están en la base del surgimiento del fenómeno de la personalización de la política y de la falta de ideas y propuestas desde los partidos.

Dentro de este marco, uno de los ejemplos más claros de la relación partido/clientes es el de los llamados “movimientos de apoyo”, los cuales podrían entenderse como herramientas políticas para llegar a más seguidores y posibles votantes, pero que se estructuran como mecanismos para canalizar las prebendas y obtener adhesiones, siempre a partir de candidaturas individuales, no de propuestas ni de proyectos.

Como podemos ver, hay una profunda interrelación entre la sociedad y el tejido político: la sociedad moldea las formas de relación política en función de sus características, pero dichas relaciones reproducen las condiciones sociales que les dieron origen.

Las prácticas políticas contribuyen a reproducir determinados comportamientos sociales. Cuando los partidos sustituyen la construcción de proyectos colectivos por relaciones particulares entre los proveedores y los clientes, no solamente responden a una determinada realidad social: también contribuyen a consolidarla.

Actualmente, desde el punto de vista de los partidos dominantes, los esfuerzos para encarar los graves problemas sociales que afectan a la población más vulnerable no producen una transformación sustancial de las condiciones que los producen y reproducen. Por ende, tampoco se encara la transformación de la política, de los partidos y de los liderazgos en instrumentos para que la gente tenga una mayor posibilidad de influir en las decisiones que les competen.

En conclusión, tenemos una sociedad cada vez más injusta y desigual, una de cuyas expresiones más visibles es la violencia social, pero no la única. Por otro lado, están las estructuras políticas (instituciones estatales, partidos políticos, etc.) que perpetúan esta situación mediante el tráfico de influencias entre ellas y los ciudadanos.

Otra de las características de nuestra frágil democracia.

Luis Salazar

Luis Salazar es analista e investigador social. Sus trabajos abordan los procesos de transformación de la sociedad dominicana, el sistema de partidos, los liderazgos políticos y los movimientos sociales. Actualmente es dirigente de Alianza País.

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