Sísifo, al menos, tenía una ventaja: conocía su condena.

Los dioses lo habían sentenciado a empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña para verla caer nuevamente, descender tras ella y comenzar otra vez. No habría ascenso definitivo, descanso ni recompensa; la crueldad del castigo estaba en la repetición, en saber que cada esfuerzo concluía donde debía empezar el siguiente.

Muchos siglos después, Albert Camus encontró en aquel condenado una representación de la condición humana; le interesaba especialmente el instante en que Sísifo desciende de la montaña, cuando la piedra ya ha rodado cuesta abajo y todavía no ha vuelto a colocar las manos sobre ella. Es el momento de la conciencia: sabe lo que le espera y sabe también que volverá a ocurrir. Camus encuentra allí una extraña posibilidad de libertad. La condena permanece, pero Sísifo la conoce; los dioses pueden imponerle la piedra, aunque no necesariamente apropiarse de su conciencia. De ahí aquella provocadora conclusión de El mito de Sísifo, hay que imaginarlo feliz.

Nuestra época quizá haya complicado el problema; el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha descrito el tránsito desde una sociedad disciplinaria, organizada alrededor de prohibiciones, obligaciones y autoridades reconocibles, hacia una sociedad del rendimiento, donde el sujeto escucha menos el antiguo “debes” y mucho más el seductor “puedes.” Puedes superarte, producir más, emprender, mejorar tu cuerpo, ampliar tus contactos, multiplicar tus ingresos, administrar mejor el tiempo e incluso convertir el descanso en una actividad provechosa.

Todo parece ocurrir en nombre de la libertad, aunque esa libertad puede terminar convertida en una forma muy eficaz de sometimiento. Si puedo hacerlo todo, también comienza a parecer que todo fracaso me pertenece; ya no hace falta alguien detrás de mí ordenándome trabajar más, porque puedo exigírmelo solo, fijarme metas, medir resultados, aumentar los objetivos y sentirme culpable cuando descanso. En la sociedad del rendimiento descrita por Han, explotador y explotado pueden terminar habitando dentro de la misma persona.

Sísifo necesitaba dioses que lo condenaran; nosotros hemos aprendido a exigirnos y someternos al mismo tiempo. La piedra, además, dejó de ser una sola: suena el teléfono mientras contestamos un correo; llega otro mensaje mientras revisamos la cuenta bancaria; una aplicación recuerda los pasos que todavía no hemos caminado, otra informa cuánto dormimos y el reloj determina si hicimos suficiente ejercicio. Cuando terminamos una tarea aparecen otras, mientras cada meta alcanzada parece producir inmediatamente la siguiente.

Hasta el tiempo que alguna vez llamamos libre comenzó a pedir resultados. Leer se ha convertido en una competencia para completar una cantidad de libros al año; correr al aire libre, en mejorar marcas; viajar, en producir fotografías de calidad publicable; cocinar, en contenido culinario e incluso almorzar, en una sesión fotográfica cuyo disfrute pareciera incompleto mientras no aparezca también en las redes. Una experiencia corre el riesgo de parecernos incompleta mientras no haya sido compartida, cualquier destreza trae consigo la posibilidad de monetizarse y cualquier silencio encuentra una pantalla dispuesta a ocuparlo.

No hace falta demonizar la tecnología para advertir lo ocurrido; muchas de esas herramientas resuelven problemas reales, acercan personas y ahorran esfuerzos. La paradoja está en otra parte: nunca habíamos dispuesto de tantos instrumentos concebidos para economizar tiempo y, sin embargo, pocas veces hemos tenido la sensación tan persistente de que el tiempo no alcanza, que transcurre en un parpadeo.

Quizá una de las transformaciones menos advertidas de nuestra vida cotidiana sea la desaparición de la espera, aquellos pequeños territorios en los cuales, sencillamente, no ocurría nada. Una fila, un trayecto, la sala de un consultorio podían dejarnos mirando alrededor, pensando en cualquier cosa o simplemente aburridos. Ahora basta llevar una mano al bolsillo para evitar cualquiera de esas posibilidades. Han ha insistido también en la pérdida de la contemplación, en esa capacidad de permanecer frente al mundo sin sentir que necesariamente debemos intervenir sobre él. No hacer nada se ha vuelto sospechoso; incluso el descanso necesita con frecuencia una justificación porque mejora el rendimiento, despeja la mente o nos permitirá regresar mañana con mayor energía. Hasta descansar puede terminar convertido en una técnica para seguir produciendo.

Es entonces cuando vale la pena regresar a la montaña. El Sísifo de Camus sabe que su piedra caerá y esa lucidez le permite apropiarse de un instante durante el descenso; el contemporáneo enfrenta una dificultad distinta: puede desconocer que lleva una piedra porque ha aprendido a llamarla proyecto, crecimiento, productividad, oportunidad, disciplina o éxito. Incluso se siente culpable cuando deja de empujarla. El Sísifo condenado por los dioses conoce la frontera entre él y su castigo; nosotros hemos ido borrándla hasta permitir que la exigencia entre en la casa, duerma junto a la cama, despierte con nosotros, mida nuestras horas y nos acompañe durante prácticamente todo el día en la palma de la mano.

No se trata de renunciar a las responsabilidades, desconfiar de toda ambición o convertir la pereza en virtud. Crear, trabajar, proponerse metas y perseguirlas forman parte de una vida capaz de producir satisfacción y sentido; el problema comienza cuando dejamos de distinguir entre aquello que deseamos y aquello que hemos aprendido a desear; entre las metas que realmente escogimos y las que heredamos de una época obsesionada con el rendimiento. Quizá por eso la parte más contemporánea del viejo mito no sea el esfuerzo de subir la montaña, sino el descenso, ese breve recorrido durante el cual Sísifo no empuja nada.

Camus vio allí el instante de la conciencia. A nosotros podría servirnos para recuperar algo más elemental: caminar alguna vez montaña abajo sin necesidad de aprovechar el trayecto, aceptar un espacio que no tengamos que medir, producir, compartir ni convertir en preparación para la próxima subida. Después de todo, Sísifo tenía una sola piedra; nosotros hemos aprendido a cargar varias al mismo tiempo y a llamarlo productividad.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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