Lo ocurrido recientemente en naciones hermanas con movimientos telúricos y avalancha nos recuerdan una verdad ineludible: la tierra es un sistema dinámico en permanente movimiento.

El Cinturón de Fuego, por ejemplo, es una vasta zona de intensa actividad tectónica donde interactúan múltiples placas continentales y oceánicas. Al deslizarse, chocar o introducirse unas debajo de otras, acumulan una enorme cantidad de energía que, tarde o temprano, se libera en forma de sismos devastadores.

Nuestra nación, situada sobre la placa del Caribe, comparte una compleja interacción geodinámica con estos grandes sistemas tectónicos regionales. Esto significa que formamos parte activa de un entorno geológico altamente sísmico. No podemos darnos el lujo de vivir de espaldas a esta realidad.

Y es tan así que está de más recordar que cruzamos más de una decena de fallas activas en nuestro territorio, y que un parque edificado considerable, levantado antes de la implementación de normativas técnicas modernas como los reglamentos de construcción necesita ser revisado, evaluado y reforzado de manera prioritaria.

El planeta nos viene hablando desde hace años con alertas recurrentes. Hacer memoria de los grandes sismos históricos que han golpeado a la República Dominicana no busca sembrar el pánico, sino fomentar una cultura permanente de prevención y autoprotección en cada hogar, escuela y comunidad.

La verdadera preparación va mucho más allá de la buena voluntad: exige conocer el estado real de nuestras estructuras, tanto de los edificios de ayer como de los proyectos de hoy. Esto exige rigor absoluto a las autoridades competentes en la supervisión de los permisos de construcción, garantizando que cada obra se ejecute bajo estrictos estándares de seguridad sismorresistente.

No se trata de emitir un simple permiso de obra; es un proceso técnico profundo que involucra:

  • El análisis riguroso de los estudios de suelo e ingeniería.
  • La fiscalización estricta durante el proceso de edificación.
  • La intervención o demolición de aquellas estructuras mal construidas o cuyo ciclo de vida útil ha expirado y representan un peligro latente.

Cuando ocurra un evento lamentable las excusas sobrarán. No nos lamentemos por lo que se pudo evitar a tiempo. Todos seremos culpables si mantenemos una actitud de indiferencia ante los riesgos de nuestro propio patio y los avisos que nos da la naturaleza. La prevención es una responsabilidad compartida entre autoridades y ciudadanía.

Recientes informes técnicos y foros internacionales de protección civil insisten en que la gestión del riesgo de desastres en el Caribe no admite demoras. Con el crecimiento urbano acelerado en ciudades como Santo Domingo y Santiago, la vulnerabilidad estructural urbana sigue siendo uno de los mayores desafíos. 

Especialistas y organismos de socorro recuerdan que la inversión en evaluaciones de vulnerabilidad estructural, capacitación comunitaria y simulacros constantes es infinitamente menor que el costo humano y económico de una tragedia evitable. La resiliencia urbana se construye hoy, antes de que ocurra el sismo.

Bernardo Rodríguez Vidal

Psicólogo clínico

Bernardo Rodríguez Vidal / Periodista, psicólogo clínico y organizacional, con maestría en Alta Gerencia. Consultor en gestión de riesgo de desastres y temas ambientales; dedicado a la labor social y política de manera incansable desde su juventud.

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