Hay artistas que parecen captar el pulso invisible de un tiempo. Vicente García, con su voz serena y su búsqueda de una identidad sonora caribeña contemporánea, fue durante años uno de esos artistas. Su música ofrecía una promesa: reconciliar lo ancestral con lo moderno, lo dominicano con lo universal. Pero el tiempo no perdona ni siquiera a las buenas intenciones. Hoy, al volver a escuchar sus discos, siento que algo se ha roto: una pérdida de vitalidad, una distancia emocional entre el hombre y su música. En las siguientes páginas, intento comprender —más que juzgar— las razones por las que su propuesta dejó de conmoverme.
1. El desencanto con la dulzura
Durante su primera etapa, García representó una dulzura necesaria. En un Caribe saturado de ritmos agresivos y líricas banales, su voz ofrecía un refugio poético. Sin embargo, con el tiempo, esa dulzura se ha convertido en un gesto calculado, un artificio de ternura que anestesia. El filósofo Byung-Chul Han (2017) advertía que “la positividad excesiva elimina la fricción necesaria para la experiencia estética”; todo se vuelve transparente, sin resistencia. Eso le ocurre a parte de la obra reciente de García: suena hermosa, pero no duele. Y el arte que no duele, decía Susan Sontag, “pierde la capacidad de despertar la conciencia” (Sontag, 1965).
2. La fusión domesticada
En discos como Melodrama o A la mar, García hizo algo que parecía casi imposible: fusionar el son, el reggae, la bachata y el soul sin traicionar sus raíces. Esa mezcla era el reflejo de una identidad caribeña compleja, en diálogo con el mestizaje sonoro. Pero su evolución reciente se ha vuelto demasiado limpia, como si la fusión hubiese sido esterilizada. Antonio Benítez Rojo (1989) hablaba del Caribe como una “máquina rizomática”, un territorio de repeticiones caóticas, de ritmos impredecibles. García, sin embargo, ha reducido ese caos a una armonía casi turística. Su música ya no vibra como archipiélago, sino como boutique.
3. El exceso de espiritualidad estética
El misticismo siempre ha sido un refugio tentador para el artista latinoamericano contemporáneo. En el caso de García, su lírica se ha llenado de agua, tierra y símbolos naturales. Al principio, esos elementos eran metáforas poderosas; hoy, parecen códigos estéticos para transmitir profundidad. El problema no es la espiritualidad, sino su estetización. Como advierte Édouard Glissant (1990), la identidad caribeña se construye “en la opacidad, no en la transparencia del alma”. Pero Vicente busca cada vez más la pureza, la claridad, el sonido diáfano. Y en esa transparencia pierde justamente lo que hacía valiosa su voz: el misterio, la contradicción, la herida colonial convertida en música.
4. El síndrome del artista perfecto
En el panorama musical actual, Vicente García encarna una figura casi ideal: premiado, internacional, bien producido, políticamente correcto. Su carrera parece diseñada con precisión quirúrgica. Sin embargo, esa perfección lo ha vuelto predecible. Su estética es coherente, pero inofensiva. En palabras de Nicolas Bourriaud (2002), el arte contemporáneo corre el riesgo de volverse “relacional sin conflicto”, es decir, capaz de generar comunidad, pero incapaz de interpelar. García ha construido un lugar seguro, y la seguridad es enemiga de la emoción estética. Falta la grieta, la aspereza, el accidente. Falta, como diría Pedro Henríquez Ureña, “la fealdad necesaria que acompaña a lo vivo” (Ureña, 1928).
5. La desconexión emocional
Hay algo en su música actual que parece observar el Caribe desde afuera, como si lo narrara un extranjero con amor, pero también con distancia. Ya no se siente el olor a lluvia, el roce de la güira, el canto callejero. Lo que antes era una experiencia sensorial ahora es una reconstrucción estética. Stuart Hall (1996) decía que la identidad cultural caribeña “no es un regreso al origen, sino una producción en movimiento”. Sin embargo, García parece haberse detenido en la nostalgia del origen. Su música evoca un Caribe depurado, casi espiritualizado, que poco tiene que ver con el caos vital de nuestras calles. Es una idealización sonora, no una vivencia.
6. El tiempo y el público cambian
Quizás la causa más honesta no esté en él, sino en nosotros. Su música fue banda sonora de una época en que la juventud caribeña buscaba afirmarse desde la suavidad, la introspección, la identidad. Hoy vivimos un tiempo más áspero, más político, más fragmentado. Las voces que nos conmueven son las que asumen el ruido, la contradicción, la protesta. Como señala Rita Indiana (2018), “el Caribe no puede seguir sonando limpio, porque su historia no lo es”. Vicente García sigue siendo un artista talentoso, pero su búsqueda de armonía resulta disonante con un mundo que ha perdido la fe en la calma.
Epílogo: la belleza y el desgaste
Ya no me gusta su música, pero sigo respetando su obra. Lo que antes me conmovía ahora me adormece; lo que era revelación se ha vuelto decoración. Quizás esto no sea un fracaso suyo, sino el curso natural de las sensibilidades. Los artistas, como los oyentes, mudan de piel. Vicente García fue la voz de un Caribe que aprendía a decir “yo” con elegancia. Pero hoy necesitamos voces que digan “nosotros” con rabia. Su legado seguirá en pie, aunque su música —tan perfecta, tan bella, tan dócil— ya no me despierte. Y tal vez ahí radique el verdadero problema: el arte que no nos despierta, aunque sea hermoso, se vuelve silencio.
Referencias
- Benítez Rojo, A. (1989). La isla que se repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna. Hanover: Ediciones del Norte.
- Bourriaud, N. (2002). Estética relacional. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, editora.
- Glissant, É. (1990). Poétique de la relation París: Gallimard.
- Hall, S. (1996). Cultural Identity and Diaspora. In P. Mongia (Ed.), Contemporary Postcolonial Theory. London: Arnold.
- Han, B.-C. (2017). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
- Henríquez Ureña, P. (1928). Seis ensayos en busca de nuestra expresión. México: Fondo de Cultura Económica.
- Indiana, R. (2018). La mucama de Omicunlé. Madrid: Periférica.
- Sontag, S. (1965). Against Interpretation. Nueva York: Farrar, Straus & Giroux.
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