Hay coincidencias que parecen escritas para obligarnos a pensar.
Mientras La Odisea vuelve a ocupar un lugar importante en la conversación cultural y cinematográfica, millones de personas regresan, de una forma u otra, a aquel viaje que Homero escribió hace casi tres mil años. Y justo ahora, la República Dominicana se aproxima a su propio 16 de agosto.
El próximo domingo se cumplen seis años desde que Luis Abinader asumió la Presidencia de la República.
Seis años son mucho tiempo en política. Suficientes para construir, aprender, corregir y transformar. Pero también suficientes para que aparezca el desgaste, se creen zonas de comodidad y algunos funcionarios comiencen a confundir permanencia con pertenencia.
Durante las últimas semanas hemos visto rendiciones de cuentas, balances de gestión y una creciente expectativa alrededor de posibles cambios en el tren gubernamental. Algunos funcionarios permanecen desde 2020; otros han cambiado de despacho, pero continúan formando parte de la administración.
Y precisamente ahí surge una palabra que se escucha cada vez con mayor insistencia: renovación.
No simplemente rotación.
Porque cambiar a una persona de una institución a otra no necesariamente significa cambiar una manera de gestionar.
Existe en una parte de la ciudadanía la percepción de que algunos funcionarios agotaron su ciclo, de que determinadas instituciones necesitan un nuevo impulso y, quizás más preocupante, de que no siempre la velocidad del Gobierno parece corresponderse con la velocidad, el estilo o las prioridades del propio Presidente.
Incluso se ha repetido una frase particularmente delicada para cualquier gobernante: “lo han dejado solo”.
No sé si sea exactamente así.
Los gobiernos son estructuras complejas y sería demasiado simple atribuir sus dificultades a la voluntad o falta de voluntad de unas cuantas personas. Gobernar un país supone enfrentar problemas que no admiten explicaciones fáciles ni soluciones mágicas.
Y justamente por eso vale la pena recordar a Homero.
En La Odisea, Ulises sabe que deberá atravesar el territorio de las sirenas. Su canto es irresistible. Promete conocimiento, placer, respuestas. Pero quienes se dejan seducir terminan perdiendo el rumbo.
Ulises decide escucharlas, pero pide que lo aten al mástil.
Tal vez esa antigua imagen tenga algo que decirnos en este agosto dominicano.
No debemos dejarnos llevar por los cantos de sirena de quienes prometen soluciones fáciles a problemas complejos.
Ni desde el Gobierno ni desde fuera de él.
Porque no toda crítica es enemiga, pero tampoco toda crítica es inocente. No todo aquel que pide cambios desea necesariamente que las cosas funcionen mejor. En política también existen agendas, intereses, resentimientos, ambiciones y cálculos.
La inteligencia está precisamente en saber escuchar sin entregar el timón.
Pero escuchar hay que escuchar.
Seis años obligan a revisar, hay funcionarios excelentes que quizás necesitan continuar. Otros podrían haber cumplido dignamente una etapa. Algunos posiblemente funcionarían mejor desde otra responsabilidad. Y seguramente habrá quienes deban permitir que nuevas capacidades y nuevas miradas entren al Estado.
Renovar tampoco significa borrar lo construido, significa entender que ninguna administración pública debería convertirse en un espacio de permanencias automáticas.
Hay, además, otro elemento que cambio el tablero político. El presidente Luis Abinader decidió cerrar con mucha anticipación cualquier posibilidad de continuidad presidencial más allá de 2028. Fue una decisión de enorme importancia institucional, pero produjo inevitablemente un efecto político: la sucesión comenzó demasiado temprano.
Y cuando la sucesión comienza mientras todavía quedan años de gobierno, el riesgo es evidente.
Las agendas empiezan a multiplicarse. Varias figuras del oficialismo son mencionadas, abierta o discretamente, como potenciales aspirantes a la Presidencia. Esa aspiración es legítima en democracia. El problema comienza cuando un funcionario deja de mirar exclusivamente hacia las responsabilidades de su despacho y empieza a mirar demasiado hacia las encuestas, las estructuras políticas, las redes sociales o el próximo proceso electoral.
Aquí quizás está uno de los dilemas más importantes de este momento: no es lo mismo ser un funcionario de un Gobierno que ser un funcionario utilizando el Gobierno para construir su próximo proyecto político.
La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es. El primero trabaja para que la administración a la que pertenece llegue a buen puerto. El segundo puede comenzar, consciente o inconscientemente, a reservar energías, alianzas, recursos políticos y decisiones pensando en su propio destino.
Y cuando demasiadas personas dentro de una misma administración comienzan a mirar hacia su propia Ítaca, existe el riesgo de que el barco deje de avanzar en una sola dirección.
Un Gobierno no puede convertirse en una suma de proyectos presidenciales individuales. Todavía faltan dos años. Y dos años son muchísimo tiempo para gobernar.
Quizás el gran desafío de este 16 de agosto no sea simplemente saber quién sale y quién entra. Es recuperar un propósito común. Determinar cuáles funcionarios todavía tienen la energía, la visión y la capacidad para acompañar el último tramo de una administración que necesita llegar a 2028 gobernando, no administrando su despedida.
El Presidente también enfrenta su propia Ítaca.
Como Ulises, tendrá muchas voces alrededor. Algunas advertirán peligros reales. Otras ofrecerán soluciones maravillosas. Algunas pedirán cambios porque son necesarios. Otras los pedirán porque desean ocupar los espacios que quedarían vacantes.
Ese es el desafío del liderazgo: distinguir unas de otras.
Escuchar Evaluar Corregir.
Cambiar cuando sea necesario. Mantener cuando los resultados lo justifiquen. Pero, sobre todo, conservar el rumbo.
Porque quizás la enseñanza más vigente de La Odisea no sea que debemos dejar de escuchar los cantos de sirena.
Ulises los escuchó. La enseñanza es otra:
Podemos escuchar todas las voces sin permitir que ninguna nos haga perder el camino hacia Ítaca.
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