Santo Domingo volvió a amanecer inundado. Y como siempre, la explicación fácil será la misma: “llovió demasiado”. Pero no.
Santo Domingo no se inunda porque llueve mucho. Se inunda porque la hemos diseñado para que el agua no tenga dónde ir.
Nuestra geografía no es el problema. Como recién ha señalado el urbanista Marcos Barinas Uribe, Santo Domingo posee condiciones naturales favorables: suelos permeables y una configuración en terrazas que históricamente permitían un drenaje eficiente. El problema es que hemos desmontado esa ventaja. Hemos sellado el suelo con concreto y asfalto, eliminado áreas verdes y ocupado cañadas y cauces naturales. Convertimos una ciudad que absorbía agua en una ciudad que retiene y encausa sin control.
Barinas Uribe lo resume con claridad: nuestra geomorfología es ideal, pero la impermeabilización masiva ha anulado la capacidad natural de “esponja” del territorio.
Seguimos abordando el problema como si fuera exclusivamente técnico: más tuberías, más alcantarillas y más excavaciones. Pero el drenaje no es solo ingeniería. Es urbanismo. Como advierte Barinas Uribe, seguimos tratando de resolver con “ingeniería dura” (tubos) lo que debería resolverse con planificación urbana y recuperación de espacios verdes y suelos vivos. Atacamos el síntoma y no la causa.
El drenaje se percibe como una inversión costosa. Lo que no se mide es el costo real de no hacerlo: viviendas afectadas, actividad económica interrumpida, movilidad colapsada, riesgos sanitarios y vidas en peligro. Lo que no se invierte en planificación, se paga multiplicado en desastres.
El ciclo político de cuatro años es, como señala Barinas Uribe, el peor enemigo del drenaje. Un plan serio toma entre 10 y 20 años. Mientras el horizonte siga siendo electoral y no urbano, el problema se repetirá. “Basta de excusas, afirma en X. El problema del drenaje es, ante todo, un problema de voluntad política. La ciudad habitable no se construye solo hacia arriba, se garantiza desde el subsuelo. Sin drenaje, no hay urbanismo real.”
Como ha señalado el ingeniero Alexander Holsteinson también en X, hemos caído en la prepotencia de ignorar los cauces naturales de ríos y cañadas para construir dentro de ellos. Pero el problema es aún más profundo. Como plantea Luis Carvajal, hemos perdido el respeto por la memoria del agua. El agua tiene historia y caminos. Aunque los ocupemos, los tapemos o los desviemos, el agua recuerda por dónde pasar. Cada construcción sobre una cañada o cada impermeabilización sin compensación no elimina el problema, lo acumula. La lluvia no crea la crisis; la revela.
Esto no es solo un diagnóstico más. Es una ruta posible. Debemos ordenar el territorio desde el agua: mapear cañadas y rutas de escorrentía, declararlas no urbanizables e integrar el drenaje al ordenamiento territorial. Es necesario hacer obligatoria la infiltración en toda nueva construcción, con límites claros de impermeabilización por lote, pozos de absorción, jardines de lluvia y techos verdes. La infraestructura verde debe convertirse en sistema real: parques inundables, corredores verdes como los de Medellín, que han logrado reducir temperaturas hasta en 4,5 °C y la recuperación de áreas naturales.
Debemos modernizar el drenaje pluvial con sistemas que no solo evacúen el agua, sino que la limpien antes de descargarla al mar. Incorporar materiales permeables como asfalto poroso y concreto permeable en aceras, parqueos y calles secundarias, y aplicar el principio Slow Water: ralentizar, infiltrar y esparcir en lugar de acelerar el flujo. Todo esto debe formar parte de un Plan Maestro de Resiliencia Hídrica a 20 años, metropolitano, medible y con financiamiento sostenido, acompañado de una normativa que incentive proyectos sostenibles y penalice los que agraven el problema, con una gobernanza real que coordine efectivamente entre Gobierno Central, ayuntamientos y sector privado.
Otra de las fallas estructurales más graves es la ejecución fragmentada, en vez de una planificación integral como sistema. Movilidad, drenaje, saneamiento y servicios básicos avanzan por carriles separados, y en esa desconexión se pierden oportunidades de resolver múltiples necesidades en una sola intervención.
El proyecto de movilidad que cruzará Santo Domingo de este a oeste por la Avenida 27 de Febrero representa una oportunidad histórica. Como señalé en mi columna “Monorriel o metro: decisión urbana que marcará el futuro de Santo Domingo”, optar por un sistema soterrado permitiría instalar, en una sola intervención, corredores para drenaje pluvial estructural, reorganizar redes sanitarias y modernizar el suministro de agua potable. No se trata de improvisar, sino de concebir desde el diseño inicial una infraestructura multipropósito. Cuando no se hace así, construimos hoy, rompemos mañana y volvemos a intervenir después. La ciudad se paga varias veces y nunca termina de resolverse.
No nos falta conocimiento. No nos faltan ejemplos internacionales, Vauban en Friburgo, las ciudades esponja en China, los corredores verdes en Medellín o los Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS) en Europa. Nos ha faltado decisión y visión integrada. Cada gran inversión debe ser multipropósito: un túnel no es solo transporte, es infraestructura urbana integral.
El agua no invade la ciudad. La ciudad invade el camino del agua. Mientras no corrijamos eso, cada lluvia será una confirmación del mismo error. Pero si actuamos ahora, con planificación de largo plazo, voluntad política y soluciones que combinen naturaleza e ingeniería, todavía estamos a tiempo de construir una ciudad distinta: una ciudad que no le tema al agua, porque está diseñada para convivir con ella.
Las ciudades que queremos se construyen también desde el subsuelo y desde una superficie que respire. Es hora de escuchar la memoria del agua y de diseñar Santo Domingo todos nuestros centros urbanos para que duren generaciones, no solo para la próxima elección.
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