Cuando el pensamiento deja de moverse, comienza a girar.
Hay momentos en que el debate público no avanza, no porque falten problemas, sino porque el pensamiento se queda dando vueltas sobre sí mismo. Un tema aparece, se instala, y durante semanas o meses es tratado como si fuera el único asunto digno de atención. No porque lo explique todo, sino porque ya no se sabe pensar otra cosa.
Eso no es persistencia, es rumia.
En términos humanos —no retóricos— rumiar es quedarse atrapado en una idea sin transformarla. El cerebro vuelve una y otra vez al mismo punto, no para profundizar, sino porque carece de energía, herramientas o estímulos para desplazarse. En clínica, la rumiación es un signo de agotamiento cognitivo. En lo social, funciona igual, aunque se disimule con palabras altisonantes.
Se repite el tema; se lo comenta; se lo indigna; se lo dramatiza, pero no se lo complejiza, ni se lo conecta con otros procesos, no se lo inserta en una arquitectura mayor de causas y consecuencias. La repetición sustituye al pensamiento y el volumen sustituye al criterio.
Aquí aparece algo incómodo de admitir: Pensar exige más que opinar. Exige lectura, comparación y aceptar que la realidad no se deja encerrar en un solo relato. Cuando eso falta, el discurso público se vuelve monotemático no por convicción, sino por limitación intelectual.
Desde la neurociencia sabemos que el cerebro humano, bajo fatiga o sobreestimulación, tiende a elegir lo familiar porque lo conocido tranquiliza y lo repetido reduce el esfuerzo. Pensar algo nuevo —de verdad— cuesta energía metabólica, atención sostenida, tolerancia a la incertidumbre. Repetir es barato.
En sociedades donde la lectura es escasa, el debate es superficial y la formación crítica es débil, este mecanismo se amplifica y no se trata solo de falta de información porque información sobra. Lo que falta es capacidad de procesamiento y sin esa capacidad, cualquier tema puede ocuparlo todo, incluso cuando no es el más grave ni el más urgente.
La política y la comunicación, lejos de corregir este fenómeno, suelen explotarlo. Un tema que ya está instalado garantiza atención, no exige estudiar y no obliga a arriesgar argumentos nuevos. Mantenerlo vivo es más sencillo que abrir otros debates que requieran esfuerzo intelectual real. Así, el resultado es una conversación pública circular, autorreferencial, agotada.
En este escenario, la colectividad entra en el juego; no por estupidez, sino por economía cognitiva porque repetir el tema dominante da pertenencia y da la sensación de estar “informado”. Pensar fuera de ese marco, en cambio, incomoda, aísla y obliga a explicar demasiado.
El espacio público se llena de palabras y se vacía de pensamiento. Se habla sin jerarquizar, se opina sin comprender procesos y se confunde insistencia con profundidad. El ruido se vuelve criterio.
El daño no es menor; una sociedad que rumia pierde la capacidad de distinguir lo estructural de lo anecdótico, vive reaccionando, no deliberando; de hace incapaz de sostener debates largos, complejos, incómodos y todo debe caber en el mismo bucle narrativo, porque salir de él exige un esfuerzo que ya no se está dispuesto a hacer.
Romper esa dinámica no es cambiar de tema, demanda de un cambio de actitud intelectual, de volver a leer y pensar lento; volver a aceptar que la realidad no es monotemática, aunque el discurso público así lo sea.
Es que cuando una sociedad pasa demasiado tiempo rumiando, deja de pensar sin darse cuenta y, ese desgaste —a diferencia del ruido— no siempre se nota de inmediato.
Hay ruido y se confunde con profundidad en momentos que se pierde energía para pensar.
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