Al igual que en muchos otros países del continente, los intentos de reforma policial generan gran resistencia, tanto desde dentro de la institución como desde los estamentos políticos y la clase empresarial, que prefieren, para sus propios provechos y desmanes, una institución débil que permita, por ejemplo, la asignación de agentes como guardaespaldas de políticos y celebridades; promociones ad hoc, de acuerdo con intereses grupales intra y extrainstitucionales; el enganche como oficiales de hijos de la clase pudiente (“peluches”) para obtener la protección del uniforme y sus beneficios y prebendas; la asignación de determinado número de agentes a oficiales superiores para que trabajen en sus negocios privados; e impunidad para todo tipo de conductas inadecuadas. En fin, porque el mejor orden es el desorden.

La influencia política ha permeado toda la organización policial, y la corrupción, que es un mal generalizado en las instituciones del Estado, también la toca. Es de común aceptación que para promociones a ciertos niveles se necesita del apoyo político y que influencias externas a la institución pueden dar al traste con la carrera de cualquier miembro, sin importar el rango o su preparación, amén de los grupos naturales que se crean y fortalecen a lo interno y que muchas veces excluyen o incluyen dependiendo de la pertenencia. Esto genera falta de institucionalización en el manejo de sus recurso, económicos,  humanos y en la asignación de responsabilidades.

Una gran cantidad de asignaciones y promociones de y a rangos superiores han tenido más que ver con favores políticos o con la pertenencia al grupo de turno en el poder.

El desarrollo gerencial de los mandos policiales, la estructuración organizativa de la institución, la capacitación de sus miembros, junto con niveles adecuados de equipamiento y seguridad social, conllevarán a un actuar más técnico y, por ende, a desarrollar mayor confianza. Sin embargo, estas acciones en si no son suficientes sin introducir cambios en las estructuras, doctrinas y estándares operativos policiales, así como en la cultura institucional y el accionar de sus miembros. Que parece ser la situación actual.

La modernización de la Policía es y debe ser parte de un cambio en el sistema y la estructura de seguridad, que abarque integralmente a todos sus actores y actividades. Entre los elementos que impulsan el cambio en la Policía está la adopción de un sistema de justicia interno, con suficiente autonomía para conocer las faltas disciplinarias, y uno externo para los delitos que cometan los funcionarios policiales, en los que el acusado tenga derecho a representación legal y a apelación. Esto permitirá al agente u oficial funcionar dentro de estándares operativos adecuados y no sobre la base de las interpretaciones, intereses y humores del supervisor. En este último aspecto se están observando progresos institucionales, aunque todavía predominan la manipulación, el ocultamiento y la complacencia. Los mecanismos de justicia interna deben estar fuera de la in stitucion en si para que sea realmente eficiente y objetiva.

Los elementos más arriba tratados describen algunos factores internos y externos característicos de la cultura institucional de la Policía Nacional que se trata de reformar.

Sin embargo, justo es decir que, aun con todas estas dificultades, la eficiencia y el desempeño técnico de la Policía Nacional en cuanto a la investigación criminal en general —no aquella permeada por la influencia del interés político y económico— son de alto nivel, principalmente en la investigación y aprehensión de delincuentes.

Una Policía técnica, institucionalizada y democrática es de gran conveniencia para las sociedades en las que funciona, pero también para sus propios miembros. El ciudadano puede entonces percibir al policía como parte integral de la construcción de la nación, lo que eleva la confianza y fortalece a la institución y, en ese sentido, contribuye también a la defensa de los derechos de sus miembros a condiciones de trabajo justas y solventes.

Una cultura institucional policial positiva y contemporánea no significa debilitar la autoridad policial. Al contrario: busca que esa autoridad sea legítima, profesional, eficaz y socialmente respetada.

Hay que distinguir entre una cultura policial tradicional de autoridad y una cultura policial moderna de autoridad legítima.

La primera tiende a valorar la obediencia, el control, la fuerza, el secreto y la solidaridad interna. No todos esos valores son negativos. El problema surge cuando degeneran en autoritarismo, uso excesivo de la fuerza, opacidad o encubrimiento.

Se trata de pasar de una cultura tradicional en la que se hace énfasis en la disciplina ciega, la autoridad basada en la fuerza, la lealtad incuestionable a grupos o superiores, el cumplimiento de órdenes aun cuando sean ilegales y el control del orden mediante el uso exclusivo de la fuerza bruta, a una cultura basada en la disciplina profesional y responsable, la autoridad legítima, el autocontrol, la lealtad a la institución y a la ley, la cohesión sin encubrimiento, el respeto pleno a los derechos del ciudadano y del agente policial, y la prevención y gestión de la convivencia.

En términos de cultura policial, hay que enunciar con claridad lo que queremos: una Policía disciplinada, profesional, íntegra y eficaz; firme frente al delito; respetuosa de la dignidad humana; cercana a la comunidad; comprometida con el uso proporcional y diferenciado de la fuerza; responsable ante la sociedad; y que procure el bienestar y reconocimiento del propio policía, entre otros elementos.

Ese marco puede ser particularmente útil para analizar qué aspectos de la cultura institucional de la Policía Nacional deberían preservarse, cuáles modificarse y cuáles sustituirse.

Por tanto, una reforma cultural efectiva no debería plantearse como la eliminación de la cultura policial existente, sino como una transformación de sus valores positivos.

Esto tiene una implicación importante para cualquier proceso de reforma policial en el país: la transformación cultural probablemente sea más sostenible si el mensaje no es «todo lo anterior estaba mal», sino «preservemos aquello que hace fuerte a la Policía y transformemos aquello que disminuye su profesionalidad y la confianza de la población».

La base conceptual más arriba expresada, en términos de la Policía a la que aspiramos, debe convertirse en indicadores y conductas observables que permitan el análisis institucional, la evaluación y el monitoreo, que retroalimenten los propios procesos de reforma.

Erasmo Lara Peña

Embajador

Diplomático, educador, autor de varios libros en educación, psicología y desarrollo personal. Director del Centro Dominicano para la Paz.

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