Yo crecí oyendo al maestro Ramón Orlando y no sabía entonces que estaba escuchando historia. Mucho menos podía imaginar que ese mismo hombre que veía en televisión tocando el piano de manera tan peculiar celebraría 50 años de carrera llenando nada más y nada menos que el Estadio Olímpico, el escenario más desafiante de la República Dominicana.
Hay triunfos que pertenecen a una persona. Y hay triunfos que nos pertenecen a todos. Lo que ocurrió con Ramón Orlando en el Olímpico fue mucho más que un concierto, se trató de una celebración de cinco décadas de música, de merengue, de una trayectoria impecable, de un maestro de la música y de una parte importante de nuestra historia e identidad.
Para quienes crecimos con su música, con sus composiciones en voz de casi todos los grandes artistas dominicanos, basta que comiencen a sonar unos acordes para regresar a una época, a una fiesta familiar, a un viaje en carro, a nuestros padres bailando, a una República Dominicana que quizás ya no existe exactamente como entonces, pero que sigue intacta en una canción. El merengue, también la balada, pero especialmente el merengue, tiene el toque y firma de Ramón Orlando.
Y detrás de ese legado hay otro nombre imprescindible, el de Cuco Valoy, porque antes de que Ramón Orlando construyera su propia historia, estuvo la de su padre. Cuco es uno de esos gigantes que ayudaron a darle forma, sonido y carácter a nuestra música popular. Su trayectoria, su creatividad y su manera de entender el merengue y la música tropical abrieron caminos para generaciones que vinieron después.
Ramón Orlando no solo heredó un apellido. Heredó una responsabilidad. Y qué bonito comprobar, 50 años después, que aquella herencia no terminó en una generación. Se convierte en legado que promete continuar en manos de su hijo Jura Valoy, dueño de un talento prometedor y digno del apellido.
Porque de eso se trata la verdadera trascendencia de un artista, de conseguir que su música sobreviva al tiempo, que pase de padres a hijos y que, décadas después, siga teniendo la capacidad de juntar a miles de personas en un mismo lugar cantando y disfrutando las mismas canciones. Y que ese triunfo se sienta de todos.
Nos pasamos mucho tiempo hablando de patriotismo como si fuera una palabra solemne, reservada para discursos, ceremonias y fechas específicas, pero también hay maneras de celebrar la patria sin pronunciar su nombre.
Una de ellas es cantar lo que somos. Otra, bailar lo que heredamos. Y otra, llenar un estadio con nuestra propia música como lo hizo Ramón Orlando con el apoyo de tantos artistas de distintas generaciones.
El maestro Ramón Orlando celebró sus 50 años, pero esa noche también celebramos al merengue, a Cuco Valoy, a los músicos que hicieron de esta música una bandera y a todos los que, como yo, crecimos oyéndolos sin saber que estábamos construyendo recuerdos.
Hay triunfos que pertenecen a una persona. Y hay noches en las que gana un país entero.
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