El racismo ha sido uno de los peores lastres de la humanidad. Siempre ha estado latente en la geografía mundial, pero por momento y debido a situaciones particulares, se torna brutalmente manifiesto a través de ideas, hechos, exclusiones y genocidios casi siempre justificados en nombre de la preservación de una ficticia pureza étnica o cultural que caracterizaría una imaginada comunidad, nación o continente. Es lo que, con diversos grados de radicalización vive el mundo actual, condicionando, o peor aún, corroyendo la práctica política, las relaciones sociales, interpersonales y familiares. Eso está sucediendo en nuestro país, con la manifestación de algunas ideas racistas actualmente muy extendidas en otros países y que radicalizan viejas ideas de esa naturaleza que han jalonado nuestra historia.
Ha sido un medio para la asignación arbitraria de roles a determinados grupos humanos en las esferas de la economía, la política y en la cultura, entre otras instituciones sociales. La justificación de esas asignaciones se basa en una clasificación, igualmente arbitraria, de lo que se entienden características homogéneas y particulares de esos grupos. En la exclusión, la explotación y la sujeción, el recurso a la violencia en variadas expresiones y momentos siempre se ha usado. Tiene y ha tenido una justificación básicamente en el plano de la ideología, en una suerte de sentido común apuntalado en los sistemas de socialización más importantes: la educación, los medios de comunicación y hasta en sectores eclesiales.
Curiosamente, ese sentido común con el que se acepta la diferencia y los roles arbitrariamente asignados ha estado acompañado de una incómoda como insostenible negación de la existencia del racismo de parte de muchos en todo el mundo, incluyendo un país como el nuestro dónde existió la esclavitud. Durante mucho tiempo, recordando a Bobbio, ser racista es tan aborrecible que nadie se reconoce racista, por lo menos públicamente. Esa afirmación generalizadora podría ser válida en otros tiempos. Partidos de corte abiertamente racista, a excepción del nazi en Alemania y del fascista en Italia de los años 30-40, eran esencialmente residuales, en algunos países ahora muchos son de masas y hasta mayoritarios.
En nuestro país, el racismo como recurso de campaña política se inició abierta y profusamente contra Peña Gómez en los procesos electorales del 94 y 96, utilizan los bajos recurso para denigrarlo y presentarlo como un peligro para la nación. Era “camino malo”, el peligro de fusión con Haití. Las expresiones verbales, los videos, las marchas con peluches de monos en alusión a ese dirigente eran profusas. Eso lo vi en una caravana del PLD que pasaba frente a mi casa en la Avenida Sarasota, también leí en la prensa las declaraciones cerrilmente racistas de un destacado miembro de la Academia Dominicana de la Lengua, en las que decía que Peña era “gestual y emocionalmente haitiano”. Con uso del racismo como recurso de campaña, además del fraude se impidió que este fuese presidente.
A esas malas artes, se recurrió las primarias del Partido Demócrata en el Distrito 13 de NY, para tratar de impedir que Darializa Ávila Chevalier, una dominicana nacionalizada norteamericana, fuese nominada candidata a la Cámara de Representante de EEUU para las elecciones de medio términos de noviembre próximo. A pesar de eso, fue elegida, pero el uso desenfrenado del racismo en ese proceso tiene efectos perversos, pues contribuye a la división de la diáspora dominicana en ese distrito y quizás en toda la ciudad y eso tiende a limitar los alcances de las luchas de esa comunidad para o preservar y ampliar sus derechos. La ampliación de esos derechos contribuye al fortalecimiento sentimiento de identidad de esa comunidad.
Aquí, el racismo y su correlato, el tema haitiano, toma fuerza en el contexto del sostenido incremento de la migración haitiana en nuestro país en las últimas dos décadas, usándolo profusa e ilegalmente como recurso de campaña electoral. Ese lastre, al igual que en otros países, ha sido “normalizado” como práctica abierta y sin tapujo en la esfera de la política, al tiempo de desempolvar la falsa como delirante idea de que la población migrante terminaría superando la a veces supuesta originaria (blanca), conocida como “teoría del remplazo”, últimamente muy difundida en Europa, EEUU y por algunos en nuestro país. En esencia, esa teoría constituye la base para mantener una cerril oposición a la regulación de millones de migrantes o de origen que, aquí y en otros lugares, han echado raíces en su lugar de residencia o de nacimiento.
El uso abierto y por momento prácticamente único del racismo como recurso de campaña política, tiene un efecto corrosivo sobre la democracia y sobre la unidad nacional y sin ésta difícilmente puede ser sostenible cualquier proyecto político. Muchos políticos nuestros que en cierta medida lo hicieron en pasados procesos electorales, no tienen empacho en tratar de hacerlo nuevamente en el que se avecina, con hechos, ya han dado claras demostraciones. Podrían pagar una cara factura. Persistir en esa abominable actitud significa persistir en la búsqueda del chivo expiatorio para evadir los reales problemas nacionales, al tiempo de justificar directa e indirectamente las exclusiones, los abusos y el no reconocimiento de derechos universalmente establecidos.
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