En 1869, Fiódor Dostoyevski terminó de publicar una novela cuyo título parece, desde el principio, una sentencia contra su protagonista: El idiota. El hombre al que se refiere es el príncipe Lev Nikoláievich Myshkin.
Myshkin regresa a Rusia tras varios años en Suiza, donde recibió tratamiento para su epilepsia. Llega prácticamente sin fortuna, con escasa experiencia de las sofisticaciones sociales de San Petersburgo y provisto de una característica mucho más peligrosa que cualquiera de sus enfermedades: una incapacidad casi absoluta para comportarse con la malicia que los demás consideran normal. Dice lo que piensa. Escucha, perdona, se compadece. No parece obsesionado con demostrar que es superior a nadie y comete el pecado imperdonable de no sospechar constantemente de los demás. Por eso, lo llaman el idiota.
Pero Dostoyevski hace algo extraordinario: a medida que avanzamos en la novela, resulta cada vez menos evidente quién merece realmente el título, porque alrededor de aquel supuesto idiota aparecen personas educadas, ambiciosas, socialmente hábiles y perfectamente capaces de comprender las reglas del mundo. Saben cuándo hablar y cuándo callar. Reconocen las jerarquías, calculan intereses, identifican debilidades y saben moverse. Son, según los criterios habituales, personas mucho más preparadas que Myshkin para sobrevivir. Sin embargo, destruyen y se destruyen.
Manipulan aquello que desean, lastiman aquello que aman y convierten buena parte de sus relaciones en negociaciones en las que alguien tiene que ganar y otro necesariamente debe perder. Entonces, surge una pregunta incómoda: ¿Cuándo decidimos que, para ser inteligente, había que aprender a ser malicioso? Tal vez el problema no sea Dostoyevski. Tal vez seamos nosotros.
Hemos construido sociedades en las que existe una admiración clandestina por quien sabe aprovecharse de los demás. Lo llamamos astuto, despierto, hábil, “vivo”. Decimos que sabe cómo funciona el mundo. Y cuando alguien decide actuar de buena fe, confiar, cumplir su palabra o renunciar a una ventaja que considera injusta, utilizamos palabras muy diferentes: ingenuo, bobo, débil, idiota. Es una inversión moral fascinante.
El engaño se convierte en inteligencia y la decencia necesita defenderse de la acusación de estupidez. No ocurre solo entre grandes criminales ni en sofisticadas operaciones de poder. Aparece en las pequeñas conversaciones de todos los días. Celebramos al que consiguió algo “por la izquierda”, admiramos al que encontró el contacto adecuado, sonreímos ante quien logró evitar una regla que los demás tuvieron que cumplir.
Decimos que alguien “se la buscó” cuando aprovechó una relación para conseguir algo que otra persona obtuvo por mérito propio. Lentamente, casi sin darnos cuenta, enseñamos una filosofía: el inteligente no es quien hace lo correcto. Es quien consigue salirse con la suya. Ahí comienza el verdadero problema.
Una sociedad termina pareciéndose a las conductas que recompensa. Si admiramos al tramposo mientras tenga éxito, produciremos mejores tramposos. Si confundimos la influencia con el mérito, produciremos personas obsesionadas con conseguirla. Si consideramos ingenuo al que respeta las reglas, no debería sorprendernos que cada vez menos personas quieran serlo.
Myshkin resulta perturbador precisamente porque rechaza esa lógica, no porque sea incapaz de reconocer la crueldad, pues muchas veces la reconoce; tampoco porque desconozca por completo las intenciones de quienes lo rodean. Su diferencia radica en otra cosa: comprender la oscuridad del otro no despierta automáticamente en él la necesidad de volverse oscuro también. Eso requiere una clase de fortaleza que rara vez reconocemos.
Es fácil ser bueno cuando nadie intenta aprovecharse de nuestra bondad; es fácil hablar de principios cuando cumplirlos no cuesta nada. El verdadero examen surge cuando descubrimos que actuar correctamente nos coloca en desventaja. ¿Qué hacemos entonces? ¿Cambiamos nuestros principios o aceptamos pagar el precio de conservarlos?
Y es que hay una diferencia abismal entre ser ingenuo e íntegro. El ingenuo desconoce que puede ser engañado, mientras que el íntegro puede saber perfectamente que existe esa posibilidad y decidir, aun así, que la conducta de los demás no determinará la suya. Uno no ve el peligro, el otro se niega a convertirse en él. Quizá hemos pasado demasiado tiempo confundiendo ambas cosas.
También existe una diferencia entre bondad y debilidad. La debilidad dice sí porque no puede decir no. La bondad puede decir no y, precisamente por eso, su sí posee valor. Perdonar cuando no tenemos alternativa no es necesariamente una virtud. Poder devolver el golpe y decidir que no todos los golpes merecen respuesta es otra cosa, pero vivimos fascinados por la victoria inmediata.
Queremos saber quién ganó la discusión, quien humilló a quien; quien tuvo la última palabra; quien consiguió más; quien salió beneficiado. Dostoyevski parece obligarnos a formular una pregunta distinta: ¿En qué tuvo que convertirse esa persona para ganar? Porque no todas las victorias constituyen progreso.
Podemos ganar dinero y perder escrúpulos; ganar influencia y perder independencia. Podemos ganar una discusión y perder una amistad; derrotar a un adversario y terminar pareciéndonos exactamente a aquello que despreciamos en él. Hay victorias demasiado caras.
Myshkin tampoco debe convertirse en una postal de perfección. Su bondad no resuelve mágicamente el mundo que lo rodea. No siempre sabe actuar. Su compasión puede confundirse, resultar insuficiente e incluso contribuir a situaciones dolorosas. Dostoyevski no escribió un manual sencillo en el que el bueno recibe su recompensa y los malos reciben castigo.
Eso haría de El idiota una novela mucho menos interesante. Lo que hizo fue colocar a un hombre radicalmente decente en un ambiente que no sabe qué hacer con alguien así y luego observar. Tal vez por eso la novela sigue siendo tan incómoda a menudo, porque nosotros tampoco sabríamos muy bien qué hacer con Myshkin.
Probablemente desconfiaríamos de él; pensaríamos que algo quiere. Nos preguntaríamos cuál es su estrategia, buscaríamos el interés escondido detrás de cada gesto y, si finalmente descubriéramos que no existe ninguno, quizá llegaríamos a la misma conclusión que muchos de quienes lo rodean: este hombre debe ser idiota porque hemos aprendido a comprender mucho mejor la malicia que la bondad.
La malicia nos resulta lógica. Tiene un objetivo: busca una ventaja y eso puede explicarse. En cambio, la bondad sin beneficio inmediato nos desconcierta, y esa quizá sea una de las acusaciones más devastadoras que se pueden hacer contra una sociedad: que llegue un momento en que actuar correctamente resulte tan extraordinario que necesitemos sospechar de quien lo hace.
Quizá entonces deberíamos recuperar el título de Dostoyevski y hacerle justicia, preguntarnos nuevamente quién es el idiota: ¿el hombre que se niega a utilizar a los demás, aunque podría obtener ventajas haciéndolo? ¿O quienes construimos un mundo donde aprovecharse del otro recibe el nombre de inteligencia? ¿El que todavía cree en la palabra dada? ¿O quienes aprendimos a considerar admirable al que encuentra la manera de romperla sin sufrir consecuencias? ¿El que conserva cierta inocencia después de conocer la maldad? ¿O quiénes confundimos haber perdido la nuestra con haber adquirido sabiduría?
Quizá el verdadero signo de inteligencia no consista en aprender todas las maneras posibles de engañar al mundo; quizá consista en conocerlas y no necesitarlas, porque hay algo mucho peor que ser considerado idiota por una sociedad acostumbrada a la malicia: tener que convertirse en uno de sus “vivos” para demostrarle que somos inteligentes.
Tal vez por eso el verdadero alcance de El idiota no está en decidir si Myshkin es demasiado bueno para el mundo, sino en preguntarnos qué clase de mundo necesita para llamar idiota a un hombre que se resiste a comportarse como los demás. Quizá la tragedia no sea que Myshkin carezca de inteligencia para sobrevivir entre ellos. Quizá la tragedia sea que hemos aprendido a llamar inteligencia a todo aquello que nos permite sobrevivir, incluso cuando, para hacerlo, tenemos que perder lo mejor de nosotros mismos.
Dedicatoria:
Esta reflexión la dedico a mi madre, Vailma Fernández Pantaleón, quien me enseñó que, en un mundo donde la bondad suele confundirse con ingenuidad, siempre debo elegir ser como el príncipe Myshkin, porque la verdadera inteligencia no consiste en aventajar a los demás, sino en conservar la nobleza del alma, incluso cuando otros la confunden con debilidad; y porque, como ella siempre me hizo comprender, quien nunca renuncia a su bondad termina siendo, de alguna manera, el más sabio de todos.
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