El siglo XXI no se está definiendo únicamente en los campos de batalla ni en los mercados energéticos, sino en un terreno mucho más determinante: el control del relato. La guerra entre Estados Unidos e Irán ha dejado al descubierto una transformación profunda en la naturaleza del poder internacional. Ya no basta con dominar militarmente; es imprescindible dominar la interpretación de ese dominio.

Durante décadas, la hegemonía estadounidense se sostuvo sobre una ecuación aparentemente incuestionable: superioridad militar + capacidad económica + legitimidad internacional. Sin embargo, esa ecuación ha comenzado a fracturarse. Estados Unidos mantiene intacto su poder material, pero ha visto erosionarse progresivamente su capacidad de definir lo que ese poder significa. Y en política internacional, definir el significado de los hechos es, en sí mismo, ejercer poder.

Desde una perspectiva doctrinal, esta mutación puede comprenderse a partir de la tensión entre legalidad y legitimidad. El derecho se sostiene en una estructura normativa que pretende validez objetiva, pero esa validez depende, en última instancia, de su aceptación. Cuando el poder actúa al margen de esa aceptación, la norma pierde eficacia simbólica. Es exactamente ese fenómeno el que hoy enfrenta el orden internacional.

A ello se suma la crítica garantista, que advierte que el poder sin límites normativos degenera en arbitrariedad. En el plano internacional, la ausencia de un sistema eficaz de control convierte cada acción de fuerza en un problema de legitimidad. Estados Unidos puede imponer decisiones, pero cada vez le resulta más difícil justificar esas decisiones como expresión de un orden justo.

En el plano geopolítico, el poder no es solo capacidad material, sino también capacidad de influencia. Hoy, esa influencia pasa por la construcción de narrativas. Los Estados buscan maximizar su poder en un sistema anárquico; pero en el siglo XXI, ese poder incluye la capacidad de moldear percepciones globales.

Irán ha entendido esta lógica con una claridad estratégica notable. Incapaz de competir en términos militares convencionales, ha optado por disputar el terreno donde Estados Unidos es más vulnerable: la legitimidad. No busca ganar la guerra, sino redefinirla. No busca imponerse, sino cuestionar el orden en el que la imposición se justifica.

Esta estrategia tiene efectos sistémicos. China y Rusia no necesitan enfrentarse directamente a Estados Unidos para debilitar su posición. Basta con que el relato dominante pierda coherencia. En ese escenario, el poder se fragmenta, la autoridad se diluye y el sistema internacional entra en una fase de transición hacia la multipolaridad.

El elemento energético —particularmente el control de puntos críticos como el estrecho de Ormuz— sigue siendo central, pero ya no es suficiente para explicar la dinámica del poder. La energía puede desestabilizar mercados; el relato puede desestabilizar órdenes completos. Esta es la verdadera diferencia entre el siglo XX y el siglo XXI.

Desde la teoría política, la legitimidad se construye a través del consenso discursivo. Cuando ese consenso se rompe, el poder pierde su fundamento normativo. Lo que estamos presenciando hoy es, precisamente, una crisis global del consenso.

En este contexto, la guerra deja de ser un evento excepcional para convertirse en un instrumento narrativo. Cada acción militar es también un mensaje. Cada intervención es una disputa por el significado. Y en esa disputa, la victoria no la define quien destruye más, sino quien logra imponer su versión de la realidad.

La conclusión es tan incómoda como inevitable: Estados Unidos puede seguir ganando guerras en el plano militar, pero está perdiendo la batalla más importante —la del relato—. E Irán, sin necesidad de derrotarlo en el campo de batalla, ha demostrado que es posible erosionar una hegemonía desde el plano simbólico.

Porque en el siglo XXI, el poder no reside únicamente en la capacidad de actuar, sino en la capacidad de explicar esa acción. Y quien controla la explicación controla la percepción. Y quien controla la percepción controla el orden.

En definitiva, la verdadera lucha de nuestro tiempo no es por territorios ni por recursos, sino por el significado mismo de la realidad internacional. Y en esa lucha, una regla se impone con claridad estratégica absoluta: quien controla el relato controla el siglo XXI.

José Manuel Jerez

Jurista – Politólogo

El autor es abogado, con dos Maestrías Summa Cum Laude, respectivamente, en Derecho Constitucional y Procesal Constitucional; Derecho Administrativo y Procesal Administrativo. Docente a nivel de posgrado en ambas especialidades. Licenciado en Lenguas Modernas. Postgrado en Diplomacia y Relaciones Internacionales. Maestrando en Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Diplomado en Ciencia Política y Derecho Internacional, por la Universidad Complutense de Madrid, UCM.

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