Una de las grandes historias de la última década ha sido el deterioro de la salud mental entre los adultos jóvenes. Países de todo el mundo han registrado un marcado aumento en los reportes y diagnósticos de condiciones como ansiedad, autismo y TDAH, y un pronunciado incremento en la proporción de quienes declaran tener una discapacidad.
Quiero dejar claro que este es un fenómeno que tomo muy en serio. El aumento del malestar psicológico en los jóvenes es, sin duda, real: se manifiesta de manera más inequívoca y alarmante en las tasas, en fuerte ascenso, de hospitalización por autolesiones entre adolescentes y mujeres jóvenes.
Pero esta señal aguda y acotada —las autolesiones son el extremo más grave del espectro— es donde terminan los datos de alta calidad.
Durante varios meses he estado analizando qué nos dicen distintas métricas de salud mental sobre la situación en diferentes países, contextos y comunidades. El panorama dista mucho de ser claro, lo que dificulta la capacidad de los responsables de políticas públicas y de la sociedad en general para comprender plenamente estos cambios, y mucho menos para responder a ellos.
En algunos países, la proporción de jóvenes que declaran una enfermedad de larga duración ha aumentado, mientras que su salud autorreportada en términos generales se ha mantenido sin cambios; en otros ocurre lo contrario. Un estudio publicado la semana pasada encuentra patrones igualmente contradictorios: todo depende de cómo se formula la pregunta. Christoph Henking y Ben Baumberg Geiger hallaron que, si bien ha habido un marcado aumento en la proporción de jóvenes británicos que declaran padecer una enfermedad mental, la proporción de personas que afirman que un problema de salud mental limita su funcionamiento cotidiano apenas se ha movido.
Los autores proponen una serie de hipótesis para explicar lo que ocurre. Una que me resulta particularmente interesante es la de la "medicalización sistémica": la idea de que marcos obsoletos e inflexibles en los lugares de trabajo y en los sistemas educativo y de bienestar social obligan a quienes tienen cualquier nivel de necesidad —ya sea debilitante o simplemente distractor, permanente o fluctuante— a elegir entre la categoría de "discapacitado" o "no discapacitado".
En términos más amplios, la idea de que las sociedades tienen dificultades para interpretar los resultados de la reducción del estigma y la mayor apertura respecto a las condiciones de salud mental encuentra un sólido respaldo en los datos.
Uno de los patrones más llamativos —que aparece en múltiples países— es que distintos grupos de personas etiquetan los mismos comportamientos o síntomas de manera muy diferente, y esto ha experimentado un cambio acelerado en la última década. Tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos, el aumento en los reportes de problemas de salud mental ha sido mucho mayor entre los jóvenes que entre los mayores, y entre quienes se ubican políticamente a la izquierda que entre quienes lo hacen a la derecha; sin embargo, variaciones sutiles en la formulación de las preguntas hacen que esas brechas desaparezcan.
Quizás la evidencia más reveladora al respecto es que, cuando se les pregunta si considerarían que alguien que experimenta fluctuaciones típicas del estado de ánimo —descritas como una felicidad general pero con momentos ocasionales de preocupación, frustración o falta de confianza— tiene una enfermedad mental, más de la mitad de los jóvenes estadounidenses responde que sí, frente a apenas un quinto hace 15 años. Las opiniones de las personas mayores no muestran ningún cambio de este tipo.
Este cambio en la forma en que las personas conceptualizan la salud mental podría verse como algo positivo —el resultado, conseguido con esfuerzo, de años de campañas para reducir el estigma y promover la conciencia y la inclusión—, pero si está ocurriendo más en algunos grupos que en otros, distorsionará nuestra percepción de qué está empeorando realmente y para quién.
Es importante señalar, también, que esto no significa que el aumento en los reportes de problemas de salud mental sea un espejismo. Además de la evidencia concreta de las autolesiones, otra lectura razonable de los datos es que los grupos de mayor edad y de orientación ideológica más conservadora también están sufriendo, solo que son reacios a calificar esas dificultades como problemas de salud mental. Quizás la salud mental ha empeorado únicamente para los jóvenes y los progresistas; quizás ha empeorado para todos, pero solo algunos lo etiquetan en esos términos; quizás no ha cambiado mucho para la mayoría, sino la forma en que hablamos de ello; o quizás los cambios en cómo conceptualizamos nuestra salud mental incluso influyen en ella.
La cuestión es que las métricas inconsistentes y el cambio en la forma en que algunas personas —pero no todas— interpretan el concepto hacen que el estado de la salud mental de los jóvenes sea mucho menos claro de lo que creemos. En beneficio de todos —desde las personas en situación más crítica hasta los padres preocupados y los responsables de políticas públicas—, necesitamos impulsar métricas mucho mejores y más precisas de las dificultades psicológicas.
Fuentes de datos y definiciones
Hospitalizaciones por autolesiones: EE. UU.: edad 15-24, lesiones por autolesiones tratadas en hospitales, según CDC WISQARS; Inglaterra: edad 13-29, ingresos hospitalarios por autolesiones, según NHS Digital; Irlanda: edad 15-24, presentaciones en urgencias por autolesiones, según el National Self-Harm Registry Ireland; Australia: edad 15-24, hospitalizaciones por autolesiones intencionales, según AIHW; España: edad 15-24, ingresos hospitalarios por autolesiones, según el Ministerio de Sanidad español a través de El País; Francia: edad 15-19, hospitalizaciones por autolesiones en cuidados agudos (MCO), según DREES.
Diferentes métricas y niveles de gravedad de los problemas de salud mental: Inglaterra: problemas de salud mental = enfermedad mental de larga duración; actividades limitadas = tener un problema de salud mental que limita las actividades cotidianas (ambos datos de la Health Survey for England, a través de Henking y Baumberg Geiger, 2026); EE. UU.: problemas de salud mental = haber consultado o hablado con un profesional de salud mental, o haber necesitado atención de salud mental sin poder costearla (de la National Health Interview Survey); actividades limitadas = tener un problema de salud o una discapacidad que impide trabajar o que limita el tipo o la cantidad de trabajo (de la Current Population Survey).
Las tendencias entre jóvenes de izquierda y de derecha utilizan la ideología política autorreportada como liberal o conservadora en los EE. UU., y el apoyo a partidos políticos en el Reino Unido.
Los cambios en las interpretaciones de lo que constituye un problema de salud mental se tomaron de la sección de salud mental de la US General Social Survey, donde a los encuestados se les presentan una serie de viñetas que describen la vida cotidiana de una persona y se les pregunta, entre otras cosas, si considerarían que esa persona experimenta una enfermedad mental. El texto completo de las descripciones que se pidió evaluar puede consultarse en el enlace correspondiente.
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