Actualmente suenan tambores de guerra que podrían producir cambios significativos en los cuatro rincones del planeta. Para antiguos y modernos analistas, la guerra es la política con un balance de muertos por medios violentos, y la política es la guerra por otros medios, pero sin muertos. Una guerra no es buena por los daños humanos y materiales que causa y porque solo se sabe el día en que comienza, pero no cuándo ni cómo termina.
Tiene múltiples causas. Una es la política; o sea, cómo determinados grupos conquistan y ejercen el poder, y acumulan recursos. Eso no es poca cosa.
Otra causa muy importante es la religión. Se trata de un conjunto de cultos, rituales, creencias, sentimientos y temores, sustentados en el reconocimiento de un orden superior. Es un producto de la inteligencia y de la cultura. Surgió desde que el ser humano quiso conocer su propio origen y la razón de lo que existe. Influye en la tierra y en el cielo. Para muchos, sin religión no habría propiedad privada. O sea, una religión no es cualquier cosa.
Hay varias religiones universales, entre las cuales sobresalen el cristianismo y el islam. Esta última, también llamada musulmana, es practicada por los seguidores del profeta Mahoma, quien la fundó cerca de seis siglos después de la llegada de Cristo, y en la península arábica, precisamente, la principal reserva de petróleo y gas del mundo, ubicada en el suroeste de Asia. Cuenta con cerca de 2000 millones de seguidores, equivalentes al 25 % de la población mundial. De ellos, aproximadamente 90 millones se encuentran en Irán, donde más del 90 % de la población es musulmana. O sea, Irán es el centro del islam en el mundo.
La influencia del islam se expresa en la actual guerra en el Medio Oriente, en la medida en que el poder político y el religioso se entremezclan. En Irán existe una teocracia, una forma de gobierno que considera que la autoridad política emana de Dios y es ejercida directa o indirectamente por un título religioso, llamado ayatolá. Las acciones militares las ejecuta la Guardia Revolucionaria Islámica, a la cual, en algunos lugares, le llaman Soldados de Dios. A la mayoría de los seguidores del islam se les juzga muy resilientes porque no se rinden y tienden a mostrar mayor disposición al martirio y menor temor a la muerte. Aquellos que mueren por sus ideales suelen ser glorificados y honrados, mientras que a los enemigos los tachan de inhumanos, infieles, inmorales e impíos.
Estudios y evidencias de neuropsicología demuestran que gran parte de nuestros peores comportamientos han ido desapareciendo y que en su lugar se incrementan las conductas positivas, tanto en cristianos como en islamistas. Por eso el mundo es cada día más seguro. De lo anterior se deriva la buena noticia de que los dirigentes que se creen redentores no pueden destruir por sí solos nuestras evolucionadas sociedades. Sobre ellos influyen mentes brillantes convencidas de que nuestra civilización debe seguir adelante por siempre.
¡Arriba la paz y abajo la guerra!
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