El mundo es un sistema interconectado que funciona de manera unificada y compleja. Todo lo que existe está relacionado. La guerra en el Medio Oriente, a miles de kilómetros del Caribe, ha provocado un choque económico en nuestro país, que se refleja en el alza de los precios del petróleo, el carbón y el gas natural.
La economía dominicana está organizada y funciona con base en la energía producida principalmente por derivados del petróleo; y no a través del agua por centrales hidroeléctricas, de los paneles solares ni de los molinos de viento, los que aportan cerca del 20 por ciento de nuestra demanda de energía.
Recientemente, el Gobierno anunció medidas de carácter económico y financiero que a muchos les resultaron insuficientes y limitadas. En mi opinión, no basta con llamar a la población a actuar con conciencia y adaptarse a la situación. Debió también ofrecer orientaciones relativas al tránsito, el transporte y la movilidad urbana, que se han convertido en factores de perturbación social y están estrechamente vinculados al consumo de petróleo, un producto profundamente político, y que hasta ha sido causa de cambios de gobierno en distintas partes del mundo, y en República Dominicana.
Los centros de pensamiento e investigación plantean cada vez más la importancia de la educación, incluso por encima del petróleo.
Por estas causas y razones, las autoridades deberían aprovechar esta crisis para comenzar a educar a la población en el ahorro de combustible. No se debe dejar todo a la providencia, al capricho de la gente, al destino, a la suerte, a las circunstancias externas.
Los primeros pasos deberían darse en las aulas y en los medios de comunicación —radio, televisión y redes sociales— entrenando a las personas en el uso responsable de la energía. Es tiempo de promover hábitos de conducción eficientes; incentivar el transporte compartido y reducir el uso de vehículos individuales. Colocar anuncios visibles de consumo y ahorro. Establecer días sin tránsito de vehículos en ciertas zonas y restringirlos algunos días, como ocurre en varios países, incluidos productores de petróleo como México y Colombia; aplicar revisiones técnicas obligatorias para evitar el consumo excesivo; incentivar el uso de vehículos eficientes de bajo consumo; restringir el uso de autos para distancias tan cortas que pueden realizarse a pie; ajustar las tarifas de aranceles y placa según el consumo del vehículo y su precio, y no al año de fabricación, como se aprobó hace un tiempo y no se aplicó por razones políticas.
Es tiempo de aplicar la psicología, la educación y la mercadología a la modificación de conductas y actitudes culturales relativos al ahorro de energía, lo que influiría en el aumento de la seguridad vial y la reducción de los accidentes de tránsito.
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