Un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) vuelve a poner el dedo en la llaga sobre la baja productividad y la informalidad en América Latina, donde apenas el 46 % de los trabajadores goza de empleo formal con seguridad social, mientras los costos no salariales de la formalidad alcanzan alrededor del 51 % del salario.
A este problema estructural se suma la disrupción acelerada de la inteligencia artificial (IA) generativa, a la que están expuestos, en distintos grados, entre el 26 % y el 38 % de los empleos regionales, según estimaciones del Banco Mundial y la OIT. Exposición no significa necesariamente desaparición: algunos empleos podrán aumentar considerablemente su productividad; otros enfrentarán mayores riesgos de automatización. La diferencia dependerá de nuestra capacidad de adaptación.
El verdadero riesgo no es que las máquinas aprendan demasiado rápido; es que nosotros aprendamos demasiado lento.
República Dominicana llega a este escenario con fortalezas importantes, pero también con señales de alerta. En 2025 se generaron 133,915 nuevos ocupados netos y la informalidad se redujo del 55.5 % al 54.1 %. Sin embargo, según estimaciones basadas en datos del Banco Central, más del 60 % del incremento neto de ocupados en el último año correspondió a la nómina del sector público. Una expansión apoyada predominantemente en el empleo estatal plantea interrogantes sobre el dinamismo del sector privado, indispensable para sostener la creación de riqueza, elevar la productividad y generar una formalización de calidad.
Aunque la productividad por hora trabajada en el país supera el promedio regional —27.6 frente a 21.3, en términos comparables de paridad de poder adquisitivo—, buena parte de nuestro crecimiento histórico proviene de la acumulación de capital físico y humano, y mucho menos de mejoras sostenidas de productividad.
Hemos aprendido a crecer; ahora debemos aprender a crecer produciendo mejor.
Ese reto comienza en la escuela. Los resultados de PISA 2022 confirman la gravedad de la deuda educativa: solo el 8 % de los estudiantes dominicanos de 15 años alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemática; es decir, el 92 % no llega siquiera al umbral básico. En lectura lo alcanzó el 25 % y en ciencias el 23 %.
Asimismo, aunque las Pruebas Nacionales muestran mayores tasas de promoción, las puntuaciones promedio rondan apenas los 56-57 puntos sobre 100. Promover no es necesariamente aprender. Más de una década después del Pacto Nacional para la Reforma Educativa y de la Ley 1-12 de la Estrategia Nacional de Desarrollo, el desafío sigue siendo pasar de los diagnósticos y compromisos a la ejecución y los resultados.
Para la juventud, la IA genera además la paradoja del primer empleo: la automatización presiona precisamente muchos de los puestos de entrada tradicionales —asistencia administrativa, digitación, procesamiento de documentos o atención básica— donde los jóvenes comenzaban a adquirir experiencia. Impedir la transformación tecnológica sería un error estratégico; lo crucial es preparar a nuestra fuerza laboral para utilizarla a su favor.
A esto se suma el riesgo de una economía de dos velocidades: grandes empresas capaces de invertir en digitalización e inteligencia artificial frente a micro y pequeñas empresas con dificultades para acceder al crédito, la capacitación y la tecnología.
Por ello, formalizar no puede reducirse a pagar impuestos. La formalidad debe convertirse también en una puerta hacia oportunidades: crédito productivo, garantías, tecnología, capacitación y financiamiento para software, digitalización e inteligencia artificial.
También debemos abandonar la idea de que nos educamos una vez para trabajar durante toda la vida. La nueva realidad será estudiar, trabajar, volver a aprender, cambiar de funciones, reconvertirse y adquirir nuevas competencias durante toda la vida laboral. INFOTEP, universidades, empresas y el propio sistema educativo tendrán que adaptarse a ese ciclo permanente de aprendizaje.
Tal vez ha llegado el momento de plantearnos un Pacto Nacional por la Productividad y el Trabajo del Futuro, articulado alrededor de cinco compromisos: aprender, priorizando competencias fundamentales y capacidad permanente de adaptación; formalizar, convirtiendo la formalidad en un esquema atractivo y con beneficios tangibles; financiar, extendiendo el crédito productivo hacia la transformación tecnológica de las MIPYMES; transformar, acelerando la digitalización y la adopción responsable de IA en empresas y Estado; y proteger y reconvertir, acompañando las transiciones laborales de jóvenes y trabajadores.
República Dominicana tiene la oportunidad de protagonizar un salto histórico hacia el desarrollo si invierte con rigor en capital humano y modernización productiva. La inteligencia artificial no tiene por qué convertirse en una amenaza inevitable; puede ser un extraordinario multiplicador de capacidades, productividad y oportunidades.
El mayor riesgo no es que la tecnología avance demasiado rápido, sino que nuestras instituciones, nuestras empresas y nuestras capacidades humanas avancen demasiado lento.
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