Como presidenta de la Internacional Socialista de Mujeres asistí a la primera movilización global progresista que fue convocada por el presidente Pedro Sánchez, la Internacional Socialista, el Partido Socialista Europeo y la Alianza Progresista, el pasado 17 y 18 de abril de 2026, en Barcelona. Un encuentro de líderes progresistas del mundo, fue un momento de construcción colectiva que nos invitó a la reflexión común y a la acción coordinada frente a los principales desafíos de nuestro tiempo. Asistí con la convicción profunda de que la visión global de valores y solidaridad que hoy nos convoca, solo será posible si se construye también desde las mujeres, con las mujeres y para las mujeres.

El mundo enfrenta una crisis de legitimidad sin precedentes. La violencia armada se intensifica, los conflictos se multiplican y el sistema internacional muestra una alarmante incapacidad para garantizar la paz, la seguridad y el respeto al derecho internacional. La comunidad internacional se encuentra en una encrucijada: permitir que la fuerza sustituya a la ley, o reafirmar un orden global basado en la cooperación, la igualdad y la dignidad humana.

En este escenario, las mujeres son las primeras en sufrir las consecuencias. En cada guerra, en cada retroceso de derechos, en cada ocupación, los rostros más golpeados son los de ellas: madres que cargan con el dolor del exilio, niñas que ven truncados sus sueños, líderes comunitarias que arriesgan la vida por defender la dignidad. No puede haber igualdad bajo bombardeos. No puede haber empoderamiento en medio del asedio. No puede haber justicia social si las mujeres y las niñas siguen siendo las víctimas invisibles de los conflictos armados.

El mundo que merecemos no puede ser otro que un mundo justo, pacífico e igualitario, donde los derechos humanos de las mujeres sean una realidad tangible y no una promesa aplazada. La justicia social, la democracia y la paz no son conceptos abstractos: tienen rostro, tienen nombre, y deben tener políticas públicas concretas que los garanticen, especialmente para quienes han estado históricamente marginadas.

Quiero traer tres mensajes urgentes:

Primero, que los derechos de las mujeres no pueden seguir viéndose como temas secundarios o de coyuntura. Son el corazón mismo de cualquier proyecto progresista y socialista auténtico. Cuando una mujer accede a educación, a empleo digno, a salud sexual y reproductiva, no solo transforma su vida: transforma la vida de su familia, de su comunidad y de su país. Invertir en igualdad de género es invertir en cohesión, en desarrollo y en paz.

Segundo, que la violencia contra las mujeres es la expresión más cruda del fracaso de nuestras sociedades para garantizar la igualdad y la seguridad. Y que, ante ese desafío, se requiere establecer estándares claros para prevenir, sancionar y erradicar la violencia de género. En la vida de niñas y mujeres hoy se vive violencia en todos los ámbitos, desde el hogar, la escuela, la universidad, el trabajo, las calles, las relaciones sociales y afectivas. Trabajar por una vida libre de violencia es garantizar el pleno ejercicio y disfrute de los derechos humanos.

Y tercero, que no habrá transformación real si los gobiernos locales no son parte activa y protagonista del cambio. En los municipios se libra la batalla diaria contra la desigualdad: allí se decide si una mujer tendrá acceso a servicios, si contará con apoyo si es víctima de violencia, si habrá iluminación en una calle que recorre cada noche, si tendrán acceso a ser parte del aparato productivo. Los gobiernos locales pueden ser una trinchera de exclusión o una plataforma de derechos. Por eso, más mujeres deben estar al frente de ellos, con poder real de decisión, con presupuesto, con visión feminista.

No basta con imaginar el mundo que merecemos. Debemos trabajar para hacerlo realidad, juntas y juntos. Eso implica enfrentar no solo las consecuencias de las crisis —la guerra, el cambio climático, el desplazamiento forzado, la pobreza— sino también sus causas estructurales: la concentración del poder, el patriarcado, la exclusión de las mujeres de los espacios de decisión.

Como mujer feminista y socialista, en el marco del pasado encuentro de líderes progresistas del mundo en Barcelona, reafirmamos estos compromisos y hoy hacemos un llamado claro: a los Estados, a los partidos, a los movimientos sociales, a la sociedad civil, a los sistemas educativos y a los medios de comunicación. Porque transformar el mundo requiere una acción articulada, audaz y profundamente solidaria.

Y sí, también requiere una narrativa distinta: una que no infantilice nuestras luchas ni romantice nuestras resistencias. Necesitamos una narrativa que reconozca que las mujeres no solo somos víctimas: somos protagonistas del cambio, constructoras de paz, creadoras de futuro.

Termino con una afirmación que para mí no es retórica, sino estrategia política:

No hay paz sin igualdad. No hay justicia sin mujeres. No hay democracia sin inclusión.

Janet Camilo

Ministra de la Mujer

Se define desde siempre como una defensora de los derechos de la mujer, una feminista a carta cabal que nació en Salcedo, provincia Hermanas Mirabal y aprendió de su bisabuela las primeras ideas libertarias, con ella forjó su carácter abierto y con ella también cultivó la transparencia en las relaciones interpersonales. La actual Ministra de la Mujer, Vicepresidenta de la Internacional Socialista de Mujeres y Presidenta del Instituto Latinoamericano Mujer y Política, desde niña se vinculó a las artes, el deporte, la literatura y a los 13 años se integró al servicio comunitario de la iglesia católica, grupo con el que se fue a localidades rurales a alfabetizar y contribuir a la educación formal, aunque en ese momento su sueño era el cine. La influencia de la bisabuela fue tal, que cuando Janet le pidió que le enseñara a cocinar, ésta le dijo que no la quería ver toda la vida detrás de fogones, que estudiara, pero entre una cosa y otra, entre un tema y otro, Janet aprendió a cocinar y a amar la política. El Padre de Janet, Antonio Manuel Camilo era funcionario gubernamental del Partido Reformista Social Cristiano, pero a los 15 años la niña hacía pininos en la política con el diputado del Partido de la Liberación Dominicana Jaime David Fernández Mirabal. Al concluir el bachillerato se mudó a Santo Domingo e inició la carrera de arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Analizó la situación de las arquitectas que ejercían, descubrió que pocas lo hacían y con determinación cambió para estudiar Derecho y en esta profesión se licenció. En las aulas entabló muchas relaciones, entre ellas con hijos e hijas de dirigentes políticos y es así como coincidió con la hija del entonces Síndico del Distrito y dirigente del Partido Revolucionario Dominicano, Rafael Suberví Bonilla, quien rápido detectó sus cualidades y condiciones para el ejercicio de la política. Corría el año 1991 y en un almuerzo al que fue invitada, en el que participó el ahora fenecido líder del PRD, José Francisco Peña Gómez, nació la carrera política Janet Camilo, hoy Vice Presidenta Nacional, Secretaria de Asuntos Electorales de esa organización política y Ministra de la Mujer. Allí mismo se convenció de que quería ser política. Se integró al movimiento Compromiso Nacional en apoyo a Peña Gómez y luego se juramentó en el PRD y al terminar los estudios de Derecho, cursó una maestría en Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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