La prevención de la violencia, en la familia y en la sociedad, demanda nuevas formas de activación de la gestión de conflictos y la construcción de una cultura de pacificación. La gestión de conflictos implica el arte de la mediación; de la negociación de posturas, de intereses y de ideas. Asimismo, supone disposición a la reconversión de actitudes y de prácticas culturales que generan tensiones y problemas que alteran la estabilidad personal, institucional y social. Los procesos característicos de la gestión de conflictos, como el diálogo, el análisis y la escucha, requieren atención en la educación familiar, en la formación escolar y en la vida universitaria. Pero la negociación más compleja e influyente tiene que ver con el poder y con el lenguaje. El poder y el lenguaje, en múltiples ocasiones, subyugan y desconocen la dignidad y los derechos de las personas.
Por la complejidad y omnipresencia del poder y del lenguaje en los diferentes ámbitos y espacios socioeducativos, político-económicos, culturales y tecnológicos, los procesos propios de la mediación no pueden ser herramientas exclusivas de los profesionales del trabajo social ni de la psicología. Es imposible, también, que sean propuestas e instrumentos reservados a los sectores religioso y político. Por ello, es importante que desde los primeros años se propicien programas de formación para aprender a convivir con los otros; para aprender a aprender superando las barreras que obstaculizan una gestión efectiva de las situaciones difíciles. Si la familia le pone atención a la formación para aprender el arte de la resolución de conflictos, las instituciones y la sociedad en general sufrirán un impacto cada vez menor de la violencia y de la incapacidad para una gestión humana y eficiente de las problemáticas.
El índice de violencia en el mundo es elevado y esto impacta a la República Dominicana de manera progresiva. Lo más embarazoso de esta situación es que los procesos de humanización son más escasos; se subraya el distanciamiento, la animosidad y la desconfianza entre los pueblos, las personas y las instituciones. La familia no solo es víctima de esta realidad; es, también, una entidad que aporta a la descomposición de las relaciones y de la cultura dialógica. Pero nunca es tarde para reencauzar nuevas maneras de afrontar los conflictos y construir una cultura de mediación con enfoque integral y pensamiento reflexivo-crítico. Es tiempo de que, en los espacios de interacción humana asidua, como la institución familiar y los centros educativos y sociales, se propicie formación que acreciente la apertura continua a la búsqueda de solución amigable a las situaciones difíciles.
La construcción de una cultura de pacificación no se compra ni se fotocopia; se teje en el seno de la familia, en las aulas y en los entornos abiertos a la comunión de valores y de relaciones para fortalecerse como seres humanos, para desarrollarse en reciprocidad. La tarea encaminada a la construcción de la paz familiar y social no pacta con una posición individualista. Por el contrario, requiere un involucramiento definido y corresponsable de los diferentes actores. Los esfuerzos por una cultura que pacifique ambientes, relaciones y procesos demandan opciones personales comprometidas con el reconocimiento y el respeto de los otros y de sí mismo. La pacificación como proceso y como cultura demanda políticas de Estado que desactiven la dureza de la violencia estructural y social que pulveriza la paz ciudadana y doméstica.
El déficit de una cultura de pacificación provoca prácticas involutivas que no tienen nada que ver con los adelantos científicos, tecnológicos y económicos que tanto se proclaman. Estas prácticas tampoco tienen que ver con los avances del conocimiento ni del pensamiento socioeducativo, político y cultural. Pero las instituciones de educación superior, del ámbito local y de la región podrían aportar de forma más significativa para que la paz sea un valor alcanzable y vivible. Los procesos de transformación que se pretenden impulsar en el sistema educativo dominicano deben colocar en sus prioridades cómo y desde dónde aportar para que la cultura pacificadora se construya de forma consciente en los espacios sociales y educativos.
Los conflictos existirán siempre; forman parte de la vida humana. Somos seres movilizados por muchas fuerzas; y es lógico que algunas se confronten y se repelan. Pero de ahí a que no podamos desarrollarnos y fortalecernos juntos, eso es otra cosa. Las aulas de las instituciones de educación superior pueden aportar pensamiento y estrategias para liberarnos de los comerciantes de las guerras y de los instrumentalizadores de la paz. Estos espacios, también, pueden colaborar para desactivar a los agentes financieros que engrosan sus arcas con base en la organización y el desarrollo de conflictos. Tenemos capacidad para la construcción, el sostenimiento y el impulso permanente de la cultura de pacificación.
Compartir esta nota