El tema que se aborda en este artículo es antiguo y nuevo, a la vez. Es un tema-problema que no tiene caducidad. Cada época lo palpa y constata que se convierte en una problemática casi insoluble. Su presencia sistemática, con intensidades distintas y múltiples, en el seno de la familia, presenta el riesgo de la normalización de la violencia intrafamiliar. El peligro de asumir la violencia como manifestación normal en las relaciones familiares le está pasando factura a la estabilidad de esta instancia y a la de la sociedad. Más allá de sus efectos coyunturales, se van cristalizando visiones, actitudes y prácticas que deforman el sentido de la vida de familia. Asimismo, se trastorna el marco de valores que sirve de sostén en una familia que aspira a un desarrollo integral de sus miembros.

Diversos sectores de la sociedad sostienen, con cierta frecuencia, el cuestionamiento: ¿de qué familia se habla? ¿Existe hoy lo que se llamó institución familiar en épocas anteriores? Pues, sí, la institución familiar mantiene su vigencia, aunque cada momento histórico introduce en su composición variables que fortalecen o degradan su naturaleza y su misión. Asumimos que la familia es una institución que está presente en la sociedad dominicana. Lo está, a pesar de sus problemas, de sus incertidumbres. Sobre todo, está vigente, a pesar de la multiplicidad de configuraciones que resultan de los procesos evolutivos y de los impactos culturales que esta institución va experimentando.

Una mirada reflexiva a la prevención de la violencia, a la gestión de conflictos y a la cultura de paz en el seno de la familia constituye una tarea compleja. La violencia no surge de la nada; tiene raíces multidimensionales. El nivel de complejidad supera la capacidad y la educación que tiene la familia dominicana. Por ello, para una superación procesual y sistémica, es necesario que se formulen, se apliquen y se evalúen políticas sociales y educativas que mejoren cualitativamente las condiciones en las que se desenvuelve la familia. Algunas de las raíces del problema, como son la pobreza, la fragilidad educativa y la segregación social, hacen que la prevención de la violencia adquiera la provisionalidad como una marca. El carácter coyuntural se institucionaliza, porque las raíces no sufren transformación, se cristalizan. Esta situación genera acumulación de manifestaciones violentas e incremento de la inestabilidad emocional-relacional y del clima familiar.

Otra de las raíces, la precariedad laboral que se vive en la familia, vulnera no solo la convivencia, sino que atenta contra la salud y la supervivencia de sus miembros. En este marco, la prevención requiere el respaldo de instituciones del Estado, de los legisladores, de la veeduría social. Necesita, también, esfuerzos continuos de los actores de la familia para buscar vías que faciliten respuestas anticipadoras, que reduzcan y transformen los gestos, los hechos y los lenguajes violentos. Estas tres variables derivan de las raíces identificadas. Las tres continúan intactas gobierno tras gobierno, porque la familia solo es importante en tiempos electorales, en períodos de pandemia y cuando hay necesidad de afirmar bonos para mantener elevada la opinión sobre la eficacia y eficiencia gubernamental. Esta es una práctica histórica que tiene indicadores de resultados. Uno de estos indicadores es que la violencia se sedimenta en la familia y los apoyos coyunturales se multiplican. Estos apoyos crean dependencia y no inciden de forma directa en la superación de la pobreza de la familia; tampoco representan un fortalecimiento de la educación de sus integrantes ni, mucho menos, una inserción laboral estable. Estos factores se agravan por el recrudecimiento de la violencia de género. Si se quiere avanzar en prevención, habrá que incentivar una formación familiar que valore y reconozca la igualdad y la equidad entre hombres y mujeres.

La prevención en esta perspectiva de género demanda esfuerzos mancomunados en la sociedad. Requiere decisiones de políticas que reconozcan derechos igualitarios para hombre y mujer. Este reconocimiento se ha de iniciar en la familia; de la misma forma, se le ha de dar seguimiento sistemático para garantizar la efectividad de las acciones y de los procesos. La prevención de la violencia en la familia compromete a la sociedad dominicana en su totalidad. Todavía hay tiempo para proponer e impulsar políticas que impacten la violencia en su diversidad de expresiones. Pero es necesaria la voluntad política en el Estado. Es deseable que en el seno de la familia, también, haya posturas decididas y firmes en favor de tolerancia cero al fenómeno de la violencia.

La familia necesita encontrarse con ella misma; ha de reconstruir su sentido, sus motivaciones y su fuerza educativa. Tiene que identificar los recursos con que cuenta para enfrentar los problemas que la abaten. Ha de fortalecer su capacidad política para lograr y defender los derechos que fortalecen sus habilidades preventivas. De la realización de este ejercicio derivarán actitudes, programas y prácticas que contribuirán a la construcción de una cultura familiar en clave de prevención. Asimismo, favorecerán la estrategia comunicativa y los lazos fraternos. La prevención, como hecho social y político, es una tarea pendiente en el país, en las instituciones y en las colectividades. La familia no está exenta de esta carencia.

Dinorah García Romero

Educadora

Exrectora del Instituto Superior de Estudios Educativos Pedro Poveda (ISESP). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro Titular de la Carrera Nacional de Investigadores. Miembro de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Investigadora del ISESP. Dra. en Sicología de la Educación y Desarrollo Humano.

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