Durante los últimos seis o siete años, dos temas han copado casi completamente el debate político del país: el Código Penal y el migratorio. Ambas cuestiones marcaron profundamente los pasados comicios en la escogencia de los candidatos congresuales y presidenciales. Esos temas levantaron, y actualmente levantan, las más encendidas pasiones en las esferas política, social e ideológica. En cuanto al Código Penal, las cuestiones de valores y actitudes sociales (las tres causales, derechos relativos a opciones sexuales o de minorías étnicas) estuvieron al centro del debate. En lo referido al migratorio, se blandieron los argumentos/mitos del peligro de la soberanía y el inventado remplazo de la composición étnica de nuestra nación.
Varios partidos, grandes y/o pequeños intervinieron en debate sobre el Código Penal en lo referido a las tres causales y algunos rechazaron que estas fuesen incorporadas a ese conjunto de normas, coincidiendo con las cúpulas de las iglesias que de esa cuestión hicieron una suerte de cruzada. El principal de la oposición se opuso vehementemente a las tres causales y el partido de gobierno no fijó una posición oficial sobre el tema. En cuanto a los debates sobre la cuestión migratoria, determinados candidatos presidenciales de los partidos pequeños hicieron de ella su recurso de campaña y ninguno de los tradicionales fue netamente distante de la esencia de esa táctica. No hay indicios de que lo harán en los venideros comicios. Todo lo contrario.
Ello así, porque estos comicios se desarrollarán en el contexto de lo que la internacional ultraderechista llama la batalla de las ideas en los planos social, político e ideológico, que no es otra cosa que seguir su cruzada contra los valores esenciales de la democracia: la inclusión social, la igualdad de oportunidades, la libre preferencia en materia de práctica sexual, religiosa o cultural; en la esfera de la política el odio, la intolerancia y negación de derechos a minorías nacionales. Eso es tendencia mundial y en ese sentido, algunos de los llamados outsiders o alternativos desarrollan actualmente sus acciones, por lo cual, las posiciones o gestos que hacia ellos están dirigiendo algunos sectores de los partidos tradicionales son vientos que auguran un próximo torneo electoral posiblemente borrascoso.
La llamada batalla de las ideas discurre en medio de una crisis de los partidos, que es al mismo tiempo causa y efecto de la crisis de la democracia. La historia registra que en tiempos convulsos no sólo proliferan diversos tipos de miedos y fobias, sino también charlatanes de toda suerte que ofrecen las soluciones más inverosímiles, más alocadas, sin que por eso dejen de aparecer figuras con capacidad de incidir de manera profunda y positiva en el curso de los acontecimientos. A veces lo logran. Cuando instituciones sociales como la educación, la familia, la política y la religión pasan por momentos de crisis, las soluciones simplistas que ofrecen los charlatanes tienden a ser acogidas por grandes grupos de individuos.
Es lo que ahora está sucediendo aquí y en otros lugares, donde aparecen aparentes alternativos nucleando individuos, grupos y grupúsculos con innegable éxito coyuntural, algo que algunos piensan pueda ocurrir aquí con algunos vendedores de soluciones que, más que simplistas, son suicidas. Erróneamente, muchos dirigentes políticos del sistema, de pobre conciencia sobre el momento que vive el mundo y particularmente nuestro país y también por la ceguera que produce el oportunismo. No advierten el carácter coyuntural del fenómeno de los llamados outsiders y de su prácticamente inexistente posibilidad de superar un sistema de partidos como el nuestro que, si bien no tiene la fortaleza de años atrás, nada indica su quiebra en los próximo dos o cuatro años.
Pero sí debe preocupar que de más en más los partidos del sistema se alejan de los valores que sostuvieron en sus inicios, entre otros: su referencia a los derechos ciudadanos en lo social, en lo político y al valor de libertad conquistada con el ajusticiamiento de Trujillo. Contra esos valores, que en esencia son universales, se han alzado los llamados alternativos, aquí y en todo el mundo, pero cuando han tenido éxitos electorales sus gobiernos son desastrosos. Por eso, es pertinente reflexionar sobre lo que sucede en EEUU, Argentina, El Salvador, Italia etc., donde reinan la intolerancia, las sostenidas violaciones a derechos ciudadanos fundamentales, la negación de derechos laborales por razones ideológicas, principalmente en el mundo de la ciencia, la academia y el arte, provocando la emigración de sus mejores talentos.
Como dice el destacado intelectual argentino, Martín Caparrós: “cada político de extrema derecha mundial es un representante indigno de su sociedad”. Los llamados alternativos que gobiernan los referidos países son ejemplos. Todos han instaurado regímenes que están destruyendo los pilares de sus sociedades, pero esos regímenes no tienen viso alguno de permeancia a largo alcance. En ese sentido, constituye un grave equívoco pensar que asumiendo o vinculándose a grupos o personeros de ese talante se puede construir una sociedad con bases sólidas y realmente democráticas. Quienes así lo piensen, y actúen en consecuencia, estarán negando el legado de aquellos que, con su sacrificio y sangre, lucharon por los valores que han jalonado la historia del pueblo dominicano: la libertad y la solidaridad.
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