Existen seres humanos que en su trato se siente un gozo íntimo de estar cerca de ellos, pues prolongan un estar, un espacio lleno de cualidades humanas que al expresarse en poesía enriquecen más la vida, Nicolás Guevara pertenece a esa rama de tierra adentro, de ahí que se atribuye al alemán Goethe el siguiente planteamiento, que viene a cuento por el poemario Los dados del tiempo, editorial letra erguida, de Naiboa literaria, primera edición 2026, Santo Domingo, República Dominicana.
Con esta ponderación de Goethe la hago extensivo a cualquier otra manifestación artística, dice así: “Hay tres clases de lectores: una primera, que disfruta sin juzgar; una tercera, que juzga sin disfrutar; y la del medio, que juzga disfrutando y disfruta juzgando, en realidad esta última clase de lectores reproduce de nuevo la obra de arte”.
Lo ante citado, se adecúa a nuestro autor y a este nuevo poemario de Nicolás Guevara, poemas que podrían definir significar su preocupación por la vida, expresados en cada poema, que podría tener como reto: “Abrir los ojos es una expedición a lo incierto”.
Con el anterior verso de la autoría del autor se puede vislumbrar la labor creativa y personal de Nicolás Guevara, puesto que la vida se compone de seres y planteamientos que, de existir otro plano al morir, se quisiera volver a tenerlo como amigo, conocido y hermano. Además, sé que todo el que lo conocen desde añales como el que lo puede conocer mañana mismo, opinaría lo mismo.
La poesía de Nicolás Guevara es un reto al hombre de sensibilidad ante sí mismo y por ende al espacio en que se desenvuelve. Se podría tildar de ingenua, pero no es así, su profundidad radica en la sencillez en su construcción de ideas cuya sustancia nos hace pensar. Su hermetismo es como en nacimiento de un arcoíris.
Si su vida era interesante desde su labor como activista en COPADEBA, luchando, en el buen sentido del término, para que los habitantes de los barrios de las márgenes de los ríos Isabela y Ozama fuera digna por y para un futuro mejor, lo mismo pasa y pasó con otras labores, todas dedicadas a ser eficiente, sin dejar fuera su labor como educador, poeta y ensayista.
Su preocupación principal es el ser humano, la ciudad y lo que ella genera más sus conocimientos. En fin, estamos refiriéndonos al autor de este singular poemario, fruto de la madurez ante el pensamiento y el vivir en el riesgo de pensar y actuar conforme a una luz interna, a que todo se haga conforme a la verdad que encierra cada labor humana.
De todas las facetas la menos conocida quizás sea la del poeta, porque la tiene reservada a su intimidad, no como ejercicio de ocultar lo que piensa por sus poemas, que aparentan sencillos, pero es todo lo contrario porque están repletas de una sensibilidad única cual sea el tema que aborde, lo amoroso, lo social, lo irónico, la contemplación de sí mismo en cualquier orden y el pensar en el riesgo de la palabra escrita, porque todos esos temas obedecen a su manera de entender su entorno (la media isla), de una manera viva y eficaz para el crecimiento y la crítica de la sociedad en que se desenvuelve con eficiencia y honestidad, sin más reconocimiento que su entrega a lo que hace desde hace décadas, desde sus comienzos allá en los lejanos 80, en un taller literario llamado Paco Orondo, junto a un grupo de jóvenes donde comenzó su interés por la poesía; donde, poco tiempo después, nacería sus primeros trazos de poesía que resultarían ganador de un premio de provincia “Navidad 84” del Obispado de Higüey y luego: “Breves Motivos”, 1985. Del cual cito estos versos:
“He amanecido con el deseo/prudente de trepar la mañana/en su claridad de cielo”.
Versos cuya claridad están cerca de un amanecer tropical, que Nicolás ha querido y conseguido para su poesía, su vida familiar, profesional como educador y servidor público y como una premonición para su vida futura.
Todo su trabajo y sus días han traspasado su vida y la de su entorno como una línea de Ecuador. Observando, meditando, escribiendo, educando y siendo activista de primera línea por adecentar y resaltar lo mejor de nuestros barrios y la ciudad, bajo el alegato de educador, sobre cualquier otra labor.
Su labor, su vivir por décadas podría definirse con un poema de un libro de poesía llamado, de años más tarde: “Poetidiario”, (1998), edición independiente. Son una especie de Bitácora de cada día donde se registra lo que se quiere ser del diario vivir, teniendo la poesía como faro, la luz que emana. Convertir en poesía la vida cotidiana, a partir de la tan difícil sencillez en que están escritos los poemas. A propósito de la cercanía de otra navidad:
“La mañana de invierno/anda ungida de misterio. /Lleva el amarillo intenso de los dioses y el corazón/fresco como el mío/a la hora de amar”.
En la poesía de Nicolás Guevara la palabra sencilla prima, tiene la luz del amanecer, pero no nos confundamos tiene todas las intenciones de todo su ser de hombre pensante de este tiempo, además de pretender ser mejor ser humano cada día para con sus semejantes e igual intensidad para su país.
Este nuevo poemario se hace extensivo a sus “conocimientos” de la poesía por sensibilidad, con temas arraigados en su diario vivir que van y vienen como fruto de hombre pendiente de sí mismo como creador bajo las interrogantes afines a sus inquietudes. Para estar o no de acuerdo nada solo hay que detenerse en los encabezados de cada poema y así darnos cuenta de la madurez, sin gritos escritos, del autor:
“¿Cómo me hago, con este rojizo atardecer cayendo sobre mí?”
Yo diría, poeta siga cantando y meditando nuestro tiempo en el lenguaje del agua fluyendo que es la poesía.
Sin duda, ante esta nueva propuesta poética el autor sigue añadiéndole tramos al puente de como concibe la escritura poética, digo yo, como una antropología de la cotidianidad envuelta en una madurez de sensibilidad ante sí mismo y su entorno.
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