Por un momento, pongámonos en los zapatos de otro. Solo por ese momento. En los de un dominicano en Puerto Rico, un venezolano en Doral o un mexicano en Los Ángeles que mañana tiene que salir a trabajar, pero teme no regresar a su casa.
Antes de salir, hace lo que cualquiera: busca las llaves, comprueba que lleva el teléfono, se despide. Quizás deja a los niños en la escuela y promete recogerlos por la tarde. Tiene cuentas que pagar y planes para el fin de semana. En su país de origen puede haber una madre que espera su llamada o una familia pendiente de la ayuda que envía.
La diferencia aparece al cerrar la puerta. Para él, el trayecto cotidiano puede convertirse en una sucesión de preguntas: ¿habrá agentes en la próxima esquina?, ¿me señalarán por mi color de piel o mi acento?, ¿podré mostrar mis documentos y explicar mi situación antes de que me detengan?, ¿quién avisará a los míos?
Desde lejos, podemos leer una noticia sobre una redada y seguir con nuestro día. Algo parecido a ver una película de terror: sentimos inquietud, pero sabemos que podemos apagar la pantalla. Para quien teme una detención, el miedo continúa cuando la pantalla se apaga. Al día siguiente tiene que salir a trabajar.
Los operativos recientes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE, han renovado esa incertidumbre en comunidades latinas de Estados Unidos y Puerto Rico. Entre las personas afectadas puede estar aquel vecino, compañero de escuela o familiar que se marchó de República Dominicana buscando oportunidades.
En la parroquia San Antonio de Padua, en Río Piedras, Puerto Rico, tres agentes con armas largas entraron al patio mientras unos quince feligreses esperaban para confesarse, según los testimonios del párroco y de una feligresa. Había obreros reparando el techo del templo. Sus relatos describen una búsqueda que llegó hasta los baños.
Para alguien que ya teme ser detenido, lo ocurrido deja una pregunta: si tampoco en una iglesia puede sentirse tranquilo, ¿dónde?
La incertidumbre también alcanza a personas que están realizando trámites para regularizar su situación. Inocencia Rodríguez, dominicana detenida en Puerto Rico en julio, tenía una petición familiar y una exención provisional aprobadas como parte de ese proceso. La Unión Americana de Libertades Civiles de Puerto Rico impugnó su detención por considerarla ilegal. Una jueza federal ordenó su liberación y la celebración de una vista de fianza.
Inocencia tiene una hija pequeña y un esposo. Mientras se discutían formularios y procedimientos, ella permanecía detenida y los suyos esperaban. Recuperar la libertad permite el reencuentro; queda por saber cuánto tarda una familia en recuperar la tranquilidad.
Imaginemos a un niño que espera en la escuela. Los compañeros se van, el patio se vacía y el rostro conocido no aparece. Si su madre o su padre ha sido detenido, ese niño todavía puede ignorarlo. Solo sabe que le prometieron venir a buscarlo.
La comparación con el cine se queda corta. Para un niño, una política migratoria puede tomar la forma de una ausencia que nadie consigue explicarle sin hacerle daño.
En varios de los casos documentados, las detenciones han interrumpido jornadas de trabajo o trayectos cotidianos. Personas que salieron a buscar el sustento de su familia terminaron bajo custodia. El derecho a un trato digno les corresponde por ser personas.
El arzobispo de San Juan ha denunciado intervenciones basadas en el color de piel o la manera de hablar. Esos señalamientos merecen respuestas. Cuando el acento o la apariencia se convierten en motivos de sospecha, el temor puede extenderse a todo un barrio.
Todo Estado tiene facultad para regular la inmigración y la responsabilidad de hacerlo con humanidad. Hacer cumplir la ley exige también respetar el debido proceso, responder por los métodos utilizados y considerar qué ocurre con las familias después de una detención.
Podemos tener diferencias sobre política migratoria y aun así reconocer el sufrimiento ajeno. La cercanía con un compatriota puede ayudarnos a comprenderlo; esa comprensión debe alcanzar también al mexicano, al hondureño, al venezolano o al haitiano. Cada uno llegó por un camino distinto y trae una historia que merece ser escuchada.
Por un momento, pongámonos en sus zapatos. Recordemos que sus dueños tienen nombre y familias que esperan su regreso. Nosotros podemos terminar esta lectura y seguir con nuestro día. Ellos tendrán que volver a ponerse esos zapatos mañana.
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