Uno de los problemas centrales de la neurociencia consiste en explicar qué es la mente y cómo se produce el comportamiento humano.

En el siglo XVII, hace unos cuatrocientos años, el filósofo y científico francés René Descartes, con sus limitados conocimientos de anatomía, planteó que el cuerpo y la mente, – para algunos el alma, un concepto que pertenece también a la filosofía y a la religión – se interconectaban a través de un pequeño órgano situado en la parte inferior del cerebro, llamado, la glándula pineal.

A principios del siglo XX, el médico y científico español Santiago Ramón y Cajal, uno de los padres de la neurociencia moderna, demostró que el sistema nervioso está constituido por células, llamadas neuronas, que se comunican entre sí. Utilizando un microscopio óptico artesanal y gracias a su infinita paciencia, identificó unos pocos miles de ellas. Y así pudo dibujar la primera neurona individual con admirable precisión. Sus aportes le merecieron el Premio Nobel de Medicina en 1906.

A partir del año 1950, se empezaron a fabricar microscopios electrónicos que permitieron observar mejor objetos pequeños, particularmente las neuronas con sus partes, conexiones, funciones y la manera en que se reproducen, auxilian, aíslan y almacenan energías; y reparan daños cerebrales. A partir de entonces, se estableció que el cerebro humano es plástico o sea moldeable y cambiante.

En los siglos XIX y XX, ocurrieron sangrientas guerras europeas que provocaron miles de heridos, cuyos cuidados médicos sirvieron a los científicos para verificar que cada parte del cerebro realiza funciones diferentes y controla órganos en el cuerpo. Por ejemplo, la corteza cerebral regula fundamentalmente el pensamiento, el lenguaje, la personalidad humana. Así como aspectos del comportamiento.

En este mes de septiembre se ha anunciado un hecho científico increíble y sorprendente.  Investigadores de la Universidad de Stanford, en California, Estados Unidos, y del Centro Vasco de cognición, cerebro y Lenguaje de España; anunciaron el funcionamiento de un organoide o cerebro híbrido de una rata o ratón y humano al implantar miles de neuronas cultivadas en un laboratorio y desarrollar su corteza cerebral, de los más de 86 millones que se estiman en promedio al cerebro humano. De esta manera lograron reproducir, estudiar y modificar el primer cerebro humano vivo en una rata.

Esta proeza requirió varios avances científicos. Uno de ellos consistió en manipular el cerebro de los ratones para que produjeran una parte de sus cortezas cerebrales y quedaran vacíos disponibles; donde colocaron las neuronas humanas. Estas, a los tres meses; ya alcanzaban cerca de cuatro millones, de los 40 millones que se calcula tiene el cerebro de los ratones; mucho menos que los simios; pero estos al igual que los humanos todavía no pueden sacrificarse en nombre de la ciencia. Para este paso, aplicaron la herramienta  llamada tijera o edición genética, inventada por las científicas, la estadounidense J. Doudna y la francesa E. Charpentier, por lo que recibieron el Premio Nobel de Química en 2020.

Otro hallazgo fue el investigador japonés Shinya Yamanaka. Se trata de programar neuronas especiales y pluripotentes, para que realizaran otras funciones y desarrollen  la corteza cerebral; en esto casos en ratones modificados, los que llevan meses vivos. Por este descubrimiento recibió el premio Nobel de Medicina en 2012.

Estos avances de la neurociencia revelan cuanto todavía falta por comprender acerca del cerebro y de la propia mente humana; y de lo infinito que es este campo del conocimiento, tanto como el que el universo.

De los estudios del cerebro partieron los grandes progresos de la computación y la Inteligencia artificial. A mediados de los 80, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, conocí y usé una computadora Wang, que requería espacios grandes, como varios locales y aires acondicionados para la protección de los procesadores, monitores e impresoras. Ya todos estos accesorios caben en teléfono de bolsillo. Por tanto, igualar y superar la inteligencia humana es una meta compleja y ardua.

La inteligencia humana, ¡esa es la gran protagonista!

William Galván

Profesor de psicología y antropología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Investigador académico y consultor de empresas.

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