La escritora mexicana Bárbara Jacobs (1947), autora de la novela La dueña del hotel Poe, declaró en 2015 a La Jornada, de México, que “estoy en contra de que los premios literarios otorguen dinero porque a la hora de escribir, en eso están pensando ahora algunos de los pobres escritores. Es una pena. Ese no es valor de la literatura”. Desde su perspectiva, “los premios literarios deben dar prestigio, no dinero”.
Este 10 de noviembre, su par coterráneo Leonardo Varela (1970) vuelve sobre el tema. Critica la sobrevaloración de autores funcionales al mercado y la corrupción en los premios literarios. En la entrevista, defiende el talento por encima de la disciplina y lamenta la falta de crítica seria en México.
Escribir para perseguir el dinero que otorgan los premios sin reparar en la calidad y la ética es recurrente y no es exclusivo de los escritores de textos de ficción.
La carcoma recorre también el periodismo, con la agravante de que esta disciplina no se circunscribe a generar emoción estética, ni se da el lujo de facilitar la polisemia de su signo, en vista de su característica intrínseca de servir información contextualizada, veraz y oportuna para que la sociedad tome decisiones y sea cada día mejor.
En los predios de República Dominicana, cada vez más periodistas se montan en el carrito de los premios solo pensando en el monto de dinero en juego y en usar los trofeos como bandera para ondearla cual símbolo de reconocimiento a la excelencia y la ética ante empresarios “desprevenidos”, para ganarse su aval económico, puestos bien remunerados, acceso al presidente de la república, conquistar viajes, apartamentos cómodos en lugares exclusivos, vehículos de alta gama… una vida de lujo.
Es centenaria y actualizada la experiencia acumulada de José Mármol, Rainier Maldonado Tapia, Gustavo Olivo, Oscar Peña, Luis Felipe Aquino, Bolívar Troncoso, Luis Pérez (por CDP), Carol Mueses, Edgar Lantigua, Esteban Rosario, José Antonio Aybar y quien escribe
En todo ese tinglado, lo que menos cuenta es la responsabilidad social de investigar, documentar, explicar los hechos y ponerlos en perspectiva para que los públicos comprendan la realidad. Una actitud ética de búsqueda de la verdad, sin embargo, molestaría esferas de poder de las que se benefician. Y ese no es el objetivo, sino el engaño, vestirse de ovejas para usar a los perceptores.
Esas malas prácticas con tendencia a la generalización son parte de la perversión que vive (o sufre) la sociedad, donde el dinero, aun sea producto de la corrupción pública y privada, es sinónimo de prestigio social y hasta familiar. Y muchos andan “con el cuchillo en la boca” detrás de él, sin reparar en familia ni en relaciones primarias, ni, mucho menos, en la credibilidad, que es fundamental en la profesión.
En los años 90 hubo premios periodísticos que distaban de negocios turbios y de arreglos previos con postulantes. Algunos se festejaron. Todos desaparecieron.
En la actualidad hay premios y hay “premios” que no son tales, sino simulaciones de malas relaciones públicas empresariales y estatales basadas en compras indirectas de voluntades periodísticas para que coreen el discurso de los dadores.
Pero no todo está perdido. Amén del intrusismo que se arroga el derecho de participar en premios periodísticos en desmedro de los profesionales, y de profesionales que se corrompen con el poder, hay una buena camada de jóvenes periodistas (mujeres y hombres) con perfil diferente y solo una brecha para demostrarlo, no el desprecio.
Aunque con debilidades heredadas del sistema educativo privado y público, esos noveles han exhibido talento y la humildad necesaria para aprender y subsanar sus vacíos, con un plus: vibra en ellos lo que murió en otros, que es la actitud crítica y la honradez.
Esos vacíos formativos también los evidencian los criticones desde que escriben par de párrafos, solo que son cancerosos, incurables, porque sus escribidores se han elitizado, se ufanan de ser pluscuamperfectos y han optado por ningunear a jóvenes deseosos de aprender.
El PEL de la Asociación Dominicana de Prensa Turística (Adompretur) ha cumplido dos décadas desde su primera presentación en Playa Dorada, Puerto Plata. Es el único galardón que ha sobrevivido a todos los avatares, a las altas y las bajas, pese a la inercia de quienes, dentro de ese gremio, se consumen en retórica.
La noche del 28 de octubre se escenificó la XXI edición tras otro esfuerzo de evaluación y selección de ganadores por parte de un jurado multidisciplinario, de alto nivel, ético, voluntario, que no ha pedido serlo, va a la plenaria con voluntad de diálogo y cede cuando manda la razón técnica.
Un jurado que no es parte interesada rechaza el conflicto de intereses y no vende premios. Que trasciende su misión y sugiere puntos de mejora del galardón a la dirección de Adompretur.
Un jurado responsable, puntual, humilde, proactivo, que no va allí con prenociones a repartir premios conforme a intereses económicos y caprichos de chantajistas, ni por temores al qué dirán, sino a evaluar múltiples variables y servir de motivador de un periodismo turístico que trascienda lo corporativo, no aquel monótono, acrítico, dictado por las IA; ni aquel disfrazado de investigación con profusión de estadísticas oficiales sin aterrizaje en las comunidades o con actores inventados.
Un jurado que se puede equivocar en tanto está integrado por humanos, pero jamás por mediación de transacciones y compromisos empresariales y políticos. Porque —como ha dicho un propulsor permanente, profesor Quiterio Cedeño— “El PEL es el PEL por la calidad del jurado que ha tenido”.
Es centenaria y actualizada la experiencia acumulada de José Mármol, Rainier Maldonado Tapia, Gustavo Olivo, Oscar Peña, Luis Felipe Aquino, Bolívar Troncoso, Luis Pérez (por CDP), Carol Mueses, Edgar Lantigua, Esteban Rosario, José Antonio Aybar y quien escribe. Pero son sustituibles, el deseo de los pescadores de premios.
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