Leyendo en estos días sobre antropología clásica, encontré innumerables reflexiones sobre el trabajo de campo y las experiencias de los etnógrafos en su contacto con la gente en poblados remotos o en comunidades aledañas de su propia cultura.
Esas informaciones se localizan en los baúles de la memoria de todos los que construimos un corpus teórico, a partir de vivir, estar o participar activamente en los lugares que son objeto de nuestros intereses en el ámbito académico.
En esos aprendizajes tempranamente entendíamos que los grupos locales tienen la condición de ser efímeros. La mayoría de veces estos grupos se conforman de acuerdo a ciertas situaciones locales, por ejemplo, un desalojo, un fuego forestal, una riada o demandas sociales.
Para los etnógrafos los datos están sometidos a la variabilidad de los hechos históricos, los cambios, las perturbaciones sociales o simplemente por el empuje del cambio climático. Lo que se mueve en el campo de los significados se estructura en los espacios densos de la cultura y eso, en la mayoría de los casos, está muy aliado a estructuras complejas que solo mediante el tiempo de estar en contacto con la comunidad podemos descifrar.
Los datos cuantitativos siempre responden a discursos establecidos. Tan sencillo como eso, responden a motivaciones situacionales que se pueden manejar desde los espacios de repetición de una ciencia que quiere siempre medir matemáticamente los datos que se recogen. Es un campo en el que los expertos pueden manejar variables medibles, cuantificables y que puedan establecer tendencias.
Cuando leo a los etnógrafos clásicos, los admiro y, con mucho aprecio, comprendo sus esfuerzos en buscar las informaciones que van más allá de la data que se repite y se interpreta como verdad, a pesar de todo el colonialismo que impregnaba su mirada y escucha. Ellos descubrieron que el otro nos mira y escucha. Eso fue revelador para la antropología clásica.
Descubrieron un dato sumamente importante: el observador te mira, te escucha y construye el discurso que necesitamos oír para responder a las interrogantes que formulamos. Es un ser humano que construye discursos y se da cuenta de lo que te interesa como investigador. Por tales razones te dará esas respuestas que queremos oír y que le conviene que escuche. Eso provocó, en los viejos etnógrafos, un dolor de cabeza para poder describir y explicar una cultura.
Por tales razones, desde cualquier perspectiva, emic o etic, o de tipo participativa, lo que observamos es siempre otro ser humano. Un grupo que casi siempre tiene un discurso para ofrecernos y está, como todos, atrapado a una época y a sus discursos que legitiman el poder de la sociedad.
La textualidad que nos interesa está enmarcada en preguntas que se corresponden al mundo de lo que implican saberes arropados en teorías coloniales o decoloniales que nos acomodan a un tipo de preguntas, contextos y singularidades. El dato es siempre construido y miramos, a través de esa data que tomamos como explicaciones legitimadas por el tiempo en que caminamos.
Estos etnógrafos comprendieron que la data se construye para adaptarla a nuestras teorías. Una situación que los llevó a pensar en lo simple para realizar una etnografía: saber esperar para conocer bien la lengua, aprender a escuchar, aprender a mirar. Algunos decían que cuando ya no se puede ver, se está en peligro de perder el dato, pero también se está cerca de ponerse en el lugar del otro. Ambas situaciones solo se consiguen cuando podemos estar mucho tiempo en el lugar que estudiamos, porque si la verdad no es objetiva, lo relativo de esa verdad solo puede ser obtenido mediante una vieja posición que es la amistad.
Los hechos repetitivos constituyen para el pensamiento social una verdad, la cual se mide matemáticamente, es decir que se mide el dato por las veces que ocurre. Eso que puede ser considerado verdadero es lo que se repite.
La etnografía descubrió que no es relevante, porque puede ser una manera de cómo una cultura responde frente al otro; que los universales no siempre se presentan, que cada cultura hay que tratarla con sus particularidades y, por tanto, lo que puede explicar un fenómeno es siempre incierto. Se debe seguir buscando y esperando mediante la escucha, el habla y las urgencias que definen a la sociedad misma en los momentos de crisis social o una catástrofe natural. La verdad no es tan clara como piensa el método positivista.
Para la etnografía esto es peligroso: decir que esto es lo que define el problema, porque eso que se repite tan solo es un camino para seguir explorando y encontrar lo que verdaderamente motivaba el hecho o dicho fenómeno social.
Nuestra ciencia nos dijo que necesitamos ser amigos y amigas de las personas que escuchamos, para observar y tratar de entender la cultura. Se pensaba que solo así podríamos romper los relatos de viajeros, los datos matemáticos que solo toman en cuenta las informaciones que se repiten o que se quedan en los diarios de campo que los etnógrafos debían nombrar: saturación.
De alguna manera, buscaban acercarse a la repetición del dato cualitativo para ser aceptados por el mundillo empírico como todos los modernos. Sin embargo, ellos sabían e intuyeron que no podían separar el sujeto del objeto en la producción de conocimiento. No rechazaron de un tajo esos diálogos repetitivos, pero los cuestionaron y explicaron que eran relatos que se corresponden a los discursos oficiales. Por tanto, cuestionables para explicar los fenómenos sociales y culturales.
La etnografía no debe rastrear lo que se repite una y otra vez. Nunca es la verdad de las cosas. Entendieron que debían buscar el lenguaje inconsciente de las cosas. Ese es el camino que puede explicar lo profundo de la cultura y lo que verdaderamente se corresponde a un orden cultural. Lo que se vende hacia afuera nunca es la verdad.
La verdad es un problema en la ciencia. Responde a problemas epistemológicos. Una persona sumamente conservadora mira el mundo a través de sus creencias y una persona más libertaria mira las cosas a través de las suyas. ¿En qué estamos con relación a la verdad? En un fracaso, porque lo cultural siempre es un fragmento. Todo lo fragmentado se une, ¿y qué nos ofrece?
Simplemente, estamos en presencia de varios significados que constituyen relatos, por igual fragmentados, que no podemos descifrar. Estamos atrapados en una posición difícil; por lo tanto, la verdad siempre será interpretativa, ya que la data puede significar varias cosas: una, lo que debe ser explícito; otra, lo que se debe ocultar; y las otras, las que deben explorarse, porque esa es la base de lo que forma parte de la estructura densa de la cultura.
La pregunta para la etnografía es qué significa la estructura densa. Algunos la definieron como lo que no se ve, que está en el marco del inconsciente. Por eso el método era la inmersión total en el campo, ya que para conseguirla solo se haría mediante las conversaciones y la escucha continua de manera libre. La amistad era un recurso válido para poder obtener respuestas a lo que era objeto de investigación. Con una relación amistosa se puede profundizar para dar respuesta a la data y, para lograrlo, se necesita mucho tiempo para ver lo que se ve y lo que no se ve, lo que se finge, lo que se vende en el mercado de los discursos académicos.
Esa es la cultura. Un juego del lenguaje. Por eso los simbolistas dicen que antes de hablar es mejor mirar y escuchar, pocas preguntas al principio, porque estamos conociéndonos.
Miramos el terreno, vamos montando en nuestras notas de campo, diario, fotos, videos si podemos hacerlos, dibujos, listas de cotejo, mapas, lo que a simple vista se observa. Se definen los materiales y los símbolos. Se establecen cuáles son rituales, normas de comportamientos, lo que repiten y las plataformas para entender la cultura. Hay que adentrarse en las estructuras densas, no en lo que se ve, escucha o se trata de aparentar.
Yo, como etnógrafa, quiero saber cuáles son esos objetos de representaciones, el trauma de la cultura, ver las repeticiones, cómo la gente actúa frente al otro, los envoltorios con los cuales se forman los entramados de la cultura y se esconden los comportamientos no amigables. Nos interesa cómo piensa el grupo, qué es lo que se evita por tabúes, lo que se muestra, con lo que se asocia y cómo lo asocian.
Es de interés saber cuáles son los objetos que usa, incluso la ropa, cuál es su debilidad como grupos culturales. Los traumas históricos, cómo manejan los objetos, cómo se establecen los fenómenos de ostentación o, simplemente, cómo ellos mismos se miran de manera utilitaria.
Nos interesa saber cuáles son las actividades que realizan durante el ocio y en el trabajo, cómo mueven su cuerpo, la importancia que le dan a lo estético y a la corporalidad, cómo se mueven como clases, qué es lo que esperan, cómo miden a los otros: mujeres y hombres, niños y ancianos, y cómo manejan el poder y las relaciones entre los grupos.
Las estructuras del poder y a lo que le dan valoración, lo que les da vergüenza, lo que muestran como poder, sexo, sexualidad, entre otros. La complejidad de lo que observamos provoca una invitación a los etnógrafos a contemplar que lo que tenemos es un marco amplio, donde se pueden crear nuevos datos y desafiar lo conocido construyendo nuevas preguntas para la ciencia. El desafío es una nueva tierra donde explorar y pensar la otredad.
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