En República Dominicana nos encanta romantizar la maternidad. Cada Día de las Madres las redes sociales se llenan de homenajes, frases emotivas y discursos sobre sacrificio, amor incondicional y familia. Pero hay una pregunta incómoda que casi nunca aparece en esa celebración colectiva: ¿quién ha criado realmente a muchos de los hijos de la clase alta dominicana?

Carajita (2021), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, es probablemente una de las pocas películas dominicanas recientes con el valor de tocar esa herida social sin maquillarla demasiado. Y quizás por eso incomoda tanto. Porque detrás de su aparente delicadeza visual, la película lanza una acusación brutal contra una estructura profundamente normalizada en el país: la apropiación emocional del trabajo de cuidado de mujeres pobres —muchas veces haitianas— por parte de familias privilegiadas que luego prefieren hablar de "amor" antes que de desigualdad.

La película sigue la relación entre Sara, una adolescente de clase alta, y Yarisa, la mujer que prácticamente la crió trabajando como empleada doméstica. Sara la ama. La familia dice quererla. Hay afecto genuino. Pero Carajita hace una pregunta devastadora: ¿el cariño elimina realmente la relación de poder?

La respuesta de la película parece ser un rotundo no.

Ese es precisamente el aspecto más incómodo del filme. Carajita desmonta una de las fantasías favoritas de cierta clase media y alta dominicana: la idea de que tratar "como de la familia" a la trabajadora doméstica cancela automáticamente la desigualdad estructural sobre la que se sostiene esa relación.

Y aquí es donde la película se vuelve peligrosamente real.

En República Dominicana existe toda una cultura afectiva construida alrededor de mujeres que crían hijos ajenos mientras descuidan muchas veces sus propias vidas, sus propios hijos y su propia estabilidad emocional. Mujeres convertidas simultáneamente en figuras maternales indispensables y en trabajadoras invisibles. Queridas, sí. Pero casi siempre desde una posición subordinada.

La sociedad dominicana ha normalizado tanto esta dinámica que muchas veces ni siquiera logra verla como problema. Se habla de "confianza", de "cariño", de "años juntos", pero rara vez se habla de dependencia económica, precarización o racismo estructural.

Carajita no necesita grandes discursos políticos para evidenciarlo. Lo hace desde pequeños gestos. Desde silencios incómodos. Desde miradas donde se percibe claramente que, aunque Sara y Yarisa se quieran, no ocupan el mismo lugar dentro del mundo.

La película entiende algo fundamental: el afecto no destruye automáticamente las jerarquías sociales. De hecho, a veces las vuelve más difíciles de cuestionar.

Y quizás por eso tantas personas reaccionan defensivamente ante películas como esta. Porque obligan a mirar zonas extremadamente sensibles de la identidad dominicana contemporánea. La relación con Haití. El trabajo doméstico. El clasismo maquillado de cercanía emocional. La forma en que muchas familias convierten el cuidado ajeno en parte de su comodidad cotidiana mientras mantienen intactas las estructuras que producen esa desigualdad.

Desde el punto de vista cinematográfico, Carajita también rompe con cierta tradición del cine dominicano más comercial, obsesionado durante años con la caricatura, el humor fácil o las representaciones superficiales de "lo dominicano". Aquí no hay celebración folklórica. No hay personajes diseñados para tranquilizar al espectador. Hay tensión. Hay incomodidad. Hay culpa contenida.

La cámara trabaja constantemente desde la proximidad física, casi sofocante. Los silencios pesan más que muchos diálogos. El espacio de la casa funciona como metáfora perfecta de la división social dominicana: aparentemente íntimo, pero organizado por fronteras invisibles que nadie menciona directamente.

Incluso la playa y el paisaje tropical pierden aquí su dimensión turística. El Caribe de Carajita no es un paraíso visual; es un territorio emocionalmente fracturado. El calor, el mar y los espacios abiertos producen ansiedad más que libertad.

Y ahí reside parte de la fuerza de esta nueva generación de cine dominicano: ya no parece interesada en vender una imagen cómoda del país. Películas como CarajitaBantú Mama o La Hembrita están mucho más interesadas en mostrar grietas sociales que durante años fueron barridas debajo del discurso oficial de la alegría caribeña.

Por supuesto, eso genera resistencia. Hay espectadores que consideran este tipo de cine "demasiado lento", "muy oscuro" o incluso "antidominicano". Pero quizás el problema real sea otro: estas películas están mostrando un país que muchos preferirían no reconocer.

Porque Carajita no habla solamente de maternidad. Habla de una sociedad donde el cuidado está profundamente atravesado por clase y raza. Habla de vínculos afectivos reales construidos sobre estructuras profundamente desiguales. Habla de personas que se aman mientras pertenecen a mundos completamente distintos.

Y esa es probablemente la verdad más incómoda de todas.

La película destruye silenciosamente una fantasía nacional: la idea de que la cercanía emocional basta para borrar la violencia estructural. No basta con decir "ella es como de la familia" cuando la relación sigue organizada por dependencia económica, precariedad y desigualdad racial.

Quizás por eso Carajita resulta tan poderosa. Porque obliga a la sociedad dominicana a enfrentarse con una pregunta que preferimos evitar: ¿cuántas de nuestras ideas sobre familia, amor y maternidad han sido sostenidas históricamente por mujeres invisibilizadas a las que nunca terminamos de reconocer plenamente?

Y tal vez lo más incómodo sea aceptar que muchas veces el problema no es la ausencia de afecto.

El problema es todo lo que el afecto ayuda a ocultar.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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