En la misma semana en que el mundo perdió a Jürgen Habermas (1929-2026) y a Ali Larijani (1957-2026), se abrió ante nosotros un espejo de la historia de la razón humana, que revela los extremos a los que puede conducir la filosofía cuando se encarna en la acción política.
Dos figuras, dos destinos, dos maneras de articular el pensamiento con el poder: el alemán de 97 años, heredero crítico de la Escuela de Frankfurt, y el iraní de 67, filósofo kantiano convertido en arquitecto del poder autoritario de la República Islámica.
La vida de uno nos invita a la utopía; la del otro nos recuerda la persistencia histórica del autoritarismo.
Habermas nació en un mundo convulso, marcado por el horror nazi. Adolescente durante la Segunda Guerra Mundial, conoció la derrota de Alemania y la revelación de Auschwitz. Su propio padre, simpatizante nazi, y su temprana participación en las Juventudes Hitlerianas, dejaron una huella ética indeleble: comprender el mal y la injusticia se convirtió en un compromiso vital.
Frente al escepticismo que atravesó buena parte del pensamiento europeo tras el siglo XX, Habermas defendió la posibilidad de reconstruir la democracia mediante la razón comunicativa: una razón que no es instrumento de dominación, sino medio para la comprensión, la deliberación y el entendimiento mutuo.
La ética discursiva, la participación ciudadana y la deliberación pública se vuelven faros que permiten a la sociedad orientarse y resistir los abusos de poder. La esperanza de Habermas se inserta en la vida cotidiana: discutir, argumentar, escuchar, confrontar sin violencia ni imposición, construyendo un tejido social donde la razón es emancipación.
Ali Larijani, por el contrario, es la antítesis de tal utopía. Filósofo de formación kantiana, matemático brillante, pensador profundo de la filosofía de la ciencia, Larijani eligió usar su inteligencia como instrumento de consolidación del poder, como asesor estratégico del difunto Ali Khamenei y actor central del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán.
Desde los cargos más estratégicos del régimen iraní, del control de la propaganda hasta la represión de protestas, sus decisiones muestran que el conocimiento y la filosofía pueden transformarse en herramientas de coerción y control social.
La interpretación kantiana que hace Larijani se subordina a un horizonte teocrático: el individuo cede su libertad al alma colectiva de la nación; la democracia es funcional al orden religioso; la deliberación pública está limitada por un marco que él define como moral y espiritualmente legítimo.
Larijani encarna, no en todos, pero sí en más de un sentido, al rey filósofo que Platón imaginó como gobernante sabio, pero para quien la sabiduría se traduce en dominación, no en emancipación. Su trayectoria se despliega como un hilo que une la Inquisición medieval, la monarquía absolutista y la teocracia occidental. Con él, la obediencia se vuelve virtud, y la libertad, un riesgo a contener.
El contrapunto entre ambos no se reduce a biografías opuestas. Es también un reflejo de la tensión histórica entre libertad y abuso del poder autoritario.
Habermas nos recuerda que los espacios públicos de debate, la ética basada en el diálogo y la democracia deliberativa son antídotos contra la barbarie. Larijani nos recuerda que la filosofía puede ser secuestrada, que la razón puede instrumentalizarse para justificar masacres, censura y control ideológico.
Mientras Habermas reconstruye la confianza en la razón tras el trauma del nazismo, Larijani demuestra que la inteligencia puede existir al servicio de la violencia y del poder concentrado.
En su pensamiento, Habermas distingue el mundo de la vida del sistema y aparato de gobierno, la interacción comunicativa del poder económico o político, y propone que la ética y la democracia solo existen si la deliberación pública no está colonizada. Larijani, en cambio, reinterpreta a Kant y a Platón para justificar la subordinación del mundo de la vida a un sistema teocrático (a no confundir con ideocrático), donde la moral se define desde el Estado religioso y no desde el diálogo entre ciudadanos.
En definitiva, la misma filosofía que Habermas usó para emancipar, Larijani la usa para dominar.
Ese contraste revela la elección fundamental de nuestro tiempo: ¿qué destino elegimos para la razón y la humanidad? Entre Habermas y Larijani, entre la ética discursiva y la filosofía al servicio del poder, se juega la continuidad histórica de dos mundos.
Habermas es la esperanza radical y la utopía realizable, no al alcance del fusil y menos de la bayoneta, sino de la palabra. Gracias a él, la razón dialéctica no es solo negativa, como enarbolaron los fundadores de la Escuela de Frankfurt (Max Horkheimer 1895-1973 y Theodor W. Adorno 1903-1969), pues se la concibe como un recurso para la emancipación. La deliberación puede reconstruir la sociedad y la historia puede ser corregida por la acción ética de los individuos.
Larijani, por el contrario, es parte integral de la persistencia y del perfeccionamiento de la sombra autocrática, la prolongación de la historia de la dominación –por lo menos– desde la Inquisición medieval hasta la teocracia iraní: un recordatorio de que la inteligencia y la filosofía, si se separan de la ética, terminan siendo instrumentos de opresión y violencia. Explico dicha afinidad en el siguiente párrafo a modo de paréntesis.
La Inquisición operaba en una sociedad donde, pese a tensiones internas, existía un horizonte compartido de creencias. Sin embargo, en el Irán contemporáneo, ese horizonte está fracturado. La juventud urbana, las mujeres que desafían las normas impuestas, al igual que amplios sectores sociales, no reconocen ya la autoridad de la interpretación oficial. Eso introduce una fisura fundamental: la verdad ya no es socialmente evidente, sino políticamente impuesta. Perfeccionada, la autoridad deja de basarse en la evidencia compartida y se apoya en la capacidad de imponer una interpretación. La teología política se transforma entonces en una forma de decisión sobre el enemigo: el hereje, el disidente, el “enemigo de Dios”, tanto los adversarios internos, como los objetores foráneos.
Nuestra actualidad histórica, marcada por guerras, democracias de vigilancia masiva, desigualdad y polarización política, se encuentra en ese filo: entre la utopía habermasiana y la continuidad histórica larijaniana.
Elegir la vía de la razón comunicativa, de la ética discursiva y de la deliberación pública no es un gesto académico, sino un acto moral y político: la diferencia entre perpetuar la oscuridad de siglos de autoritarismo político fanatizado o abrir la posibilidad de una sociedad más justa, racional y libre.
Habermas nos ofrece la luz de un ideal.
Larijani, la sombra.
Entre ambos, nuestra responsabilidad histórica es no permitir que la filosofía se convierta solo en un arma, sino mantenerla viva como fuerza de emancipación.
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