En 1985, Tina Turner pedía para la película Mad Max Beyond Thunderdome que los niños cantaran el estribillo de “No necesitamos otro héroe”. La canción expresaba el cansancio de una generación ante unos héroes que, como el protagonista Max, ofrecían la salvación mediante la violencia y reciclaban liderazgos que terminaban en opresión. Ellos querían escapar de ese estado de cosas, de la distopía. “Todo lo que queremos es una vida más allá de la Cúpula de Trueno (Thunderdome)” continuaba la canción.
Consumir las redes sociales en estos meses me ha llevado a una declaración de principios similar, pero con un matiz perturbador “No necesitamos otro villano más”.
Hace tiempo guardo un borrador de artículo en el que me preguntaba por las figuras que han desaparecido del debate público. Voces más complejas y formadas, trabajadores de la información rigurosa, personas que escapaban del escándalo fácil y que desarrollaban raíces y sentido de comunidad.
Pienso en figuras como Teofilo Barreiro, Bueyón, Dagoberto Tejeda, Yaqui Núñez, Juan Bosch, figuras que exigían tiempo para digerir, cuyo fin no solo era generar dopamina.
No creo que esta desaparición sea casual, porque la realidad es que no siempre caben en un clip de treinta segundos. Y nuestro momento social parece alimentarse más para la indigestión, recompensando la rapidez y lo emocionalmente intenso. Eso impide que maduren figuras con densidad intelectual. En su lugar, se imponen los sucedáneos: el caos sustituye al escándalo, el pico de atención se encadena con otra dosis de scrolleo, y al final el vacío.
Ese vacío no lo inventaron las redes, pero lo aceleran. Viene de una época que ha relativizado casi todo, que ha debilitado los límites y que cada día más precisa una ética que sea capaz de vincularnos.
En este ecosistema, los referentes mediáticos han ido adquiriendo matices cada vez más egoístas, escandalosos y vulgares. Lo grave es que ni siquiera la violencia o el delito parecen penalizarse, siempre que produzcan entretenimiento, views o likes. El algoritmo no distingue entre la indignación justa y el aplauso cómplice. Yo que también caigo en estas dinámicas y clips, solo puedo rechazar el algoritmo cuando estoy distante.
Hace unos meses alguien me comentaba su temor a que una plataforma le diera espacio al asesino Mario Redondo Llenas. Puesto que toda su imagen volvió a levantarse por unos días con su liberación. Atizado por la necesidad de views, lo que debió ser enfrentado con indiferencia fue vencido por el morbo. Dándosele una breve tarima que no merecía.
Pero el asesino Redondo no me preocupaba. No porque su crimen era perdonable, sino porque es incapaz de resultar simpático. El verdadero peligro aparece si el villano resulta tener gracia y seducción. Ya que nuestro único criterio para negar la tarima parece el desagrado, el día que llegue un pelele carismático ojalá nos agarre confesados.
Por ejemplo, esta semana vi un clip del individuo que estafó a la Miss del certamen, obligándola a elegir entre «un apartamento o una CRV». Los entrevistadores celebraban sus otras estafas con carcajadas cómplices. Hace unos meses, otro vídeo mostraba a un sobrino de un extinto líder político narrando cómo estafaba en nombre de su tío enfermo a sus propios compañeros. Miles de dólares. Risas, otra vez.
Si estas narraciones se cerraran en la anécdota, el daño estaría contenido. Pero no se detienen ahí. Estos roedores pasan de su madriguera, captan la atención y luego moralizan, enjuician y ocupan un espacio público que antes era reservado para personas con algo más que notoriedad.
Y lo que quizás añoro es el andamiaje que lo hacía posible. La comunidad que penalizaba la traición y la desfachatez, la tradición que daba continuidad, la fe que ofrecía un horizonte compartido. Lo que se perdió no fue la virtud individual sino las estructuras que la hacían sostenible.
Por eso, parafraseando a Tina Turner, declaro “no necesitamos otro villano más”.
Necesitamos resistir. Y resistir no significa desconectarse. Significa elegir deliberadamente qué merece atención, mientras rechazamos al algoritmo y la dopamina. Significa construir círculos donde el criterio sea la coherencia y no el entretenimiento.
Los estafadores no merecen tarima. Los sinvergüenzas tampoco. Los asesinos menos. Debemos construir la idea de que hay cosas que no deben ser dichas y personas que no deben ser escuchadas, por el hecho de evitar contaminar el alma.
Dijo una vez Umberto Eco: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”. Pues que regresen a los bares, a los colmados, a las madrigueras de donde nunca debieron haber saltado.
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