Hubo un tiempo en que la palabra revolución no sonaba a obediencia ni a represión, sino a pueblo, a libertad, a dignidad. En los años setenta, cuando andábamos entrados en uso de razón y conciencia de ética política, la revolución sandinista se presentaba como una experiencia distinta dentro del convulso mapa latinoamericano. Se mostraba una revolución simpática. Parecía algo diferente, nuevo. No renegaba de la fe ni perseguía lo religioso; no era “comunista”. Dialogaba con la teología de la liberación y se encarnaba en la cultura popular. Era como de maíz. Sabía a Nacatamal, a Vigorón, a tortillas de maíz recién palmeadas. A Chicha y a Pinol. Olía a pura Nicaragua.

Las canciones que acompañaron aquel proceso no eran simple propaganda: eran identidad. La lírica “Somos hijos del maíz, constructores de surcos y de sueños”, entonada por los hermanos Mejia Godoy, no funcionaba como consigna vacía; era una forma de nombrar una revolución campesina, cristiana, comunitaria, profundamente humana.

Para muchos, la solidaridad con Nicaragua no fue militancia ciega, sino adhesión moral a un proceso que prometía devolver dignidad tras décadas de la oprobiosa dictadura somocista.

  1. Cuando la revolución olía a maíz

Esa solidaridad tenía nombres y rostros concretos. No se trataba del Frente Sandinista como abstracción, sino de un liderazgo plural en el que convivían combatientes, intelectuales, profesantes de fe, poetas, narradores, y más. Con ese colectivo —diverso, contradictorio, creativo— fue con el que muchos simpatizamos, y arriesgamos.

Incluso cuando el Frente tomó al poder en 1979 y debió gobernar en condiciones extremadamente adversas, asediado por “la contra” impulsada desde Estados Unidos, la solidaridad persistió. No era un gobierno cómodo ni estable; era una revolución sitiada. Criticar entonces exigía prudencia histórica. No se juzga igual a quien gobierna bajo fuego que a quien gobierna sin contrapesos.

Ese primer momento sandinista fue para muchos un despertar. Despertar político, pero también ético. La revolución parecía capaz de conciliar justicia social, cultura popular y fe; de desplegar la dignidad sin exigir obediencia; de convocar sin uniformar. Ese fue la especie de pacto moral que comprometió a tantos.

Ese sandinismo que despertó adhesiones no fue obra de una sola voluntad ni de un liderazgo monolítico. Fue un proceso plural, tejido por combatientes, intelectuales, poetas, narradores y dirigentes civiles que, desde lugares distintos, confluyeron en una misma promesa historica. Junto a figuras fundacionales como Carlos Fonseca Amador y Tomás Borges, estuvieron comandantes como Daniel Ortega y su hermano Humberto Ortega, Dora María Téllez, Henry Ruiz, Luis Carrión, Jaime Wheelock, y más.

Pero también —y esto fue decisivo— se sumaron voces civiles e intelectuales que ampliaron el horizonte del proceso, como las del llamado Grupo de los Doce, entre ellos Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal y Fernando Cardenal. A ese campo plural se añadió, desde la oposición cívica y democrática, la figura de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, cuyo asesinato en 1978 terminó de quebrar la legitimidad del somocismo y aceleró la convergencia nacional contra la dictadura. Fue con ese entramado diverso y genuino —no con la caricatura del poder en que aquello derivó posteriormente— con el que muchos nos identificamos. Esa pluralidad no fue un adorno: fue el corazón mismo de la revolución que entonces olía a maíz. Precisamente por eso, su posterior reducción a una sola voz que opera en modo ley, batuta y constitución no puede entenderse como continuidad, sino como ruptura o, … ¿acaso como traición?

  1. De la dignidad a la obediencia

El quiebre real vino después. No cuando el Frente gobernó en guerra, sino cuando retornó al poder convertido en régimen. Fue entonces cuando se dio la perversión del concepto mismo de revolución. El poder dejó de ser instrumento y —a juzgar por sus malas prácticas— se volvió fin; la lealtad sustituyó a la dignidad; el disenso pasó a ser traición. El concepto revolución se volvió soso, hueco, fofo.

Sabe a nada.  Ya no describe la realidad: la encubre.

Hoy resulta imposible aceptar que un régimen que deporta ciudadanos, fabrica apátridas, persigue opositores —incluidos antiguos sandinistas— y reprime toda autonomía social, civil o religiosa pueda seguir llamándose revolucionario. Lo que vemos no es continuidad histórica, sino corrupción moral del lenguaje. Cuando las prácticas del poder reproducen aquello que antes se combatía, el nombre pierde sentido. Somoza habría hecho lo mismo.

Pero las rupturas históricas también se revelan en las conciencias.

  1. Dos conciencias frente al poder

En este contexto, adquiere especial relieve la coincidencia histórica de dos figuras centenarias que atravesaron toda la Nicaragua contemporánea: el cardenal Miguel Obando y Bravo y el sacerdote Ernesto Cardenal. Ambos vivieron la dictadura somocista, el proceso revolucionario sandinista y la deriva autoritaria posterior. No pertenecen a momentos distintos: coexistieron bajo los mismos regímenes y enfrentaron dilemas similares. La diferencia no estuvo en la época que les tocó vivir, sino en la forma en que cada uno eligió relacionarse con el poder.

El poder, sin embargo, los trató de manera opuesta. A Obando, ya anciano y sin capacidad de confrontación, el régimen lo integró simbólicamente como figura de reconciliación nacional; y, hace un par de meses, en la conmemoracion del centenario de su natalicio, lo exaltó como una suerte de santo de la paz. Se trata, en rigor, de una instrumentalizacion: la exaltación  de figuras moralmente respetadas, no para encarnar sus valores, sino para santificar el autoritarismo y revestirlo de una legitimidad que sus propias prácticas desmienten.

A Ernesto Cardenal, en cambio, el régimen lo persiguió. No solo fue silenciado: fue hostigado, allanado, acusado judicialmente y cercado hasta el final de su vida. Ministro de Cultura de la revolución en sus inicios, terminó convertido en ciudadano incómodo del régimen.

A esa persecucion política se sumó durante años la sanción eclesial, marcada por la amonestación pública que recibió en 1983 durante la visita del Santo Padre a Nicaragua. El episodio fue memorable por su impacto simbólico, pero difícil de defender desde una ética pastoral: ocurrió frente a un sacerdote arrodillado, en un gesto de humildad y reconocimiento de autoridad que fue respondido no con escucha, sino mediante escarmiento público. Fue un gesto —el del Papa— que dejó una herida difícil de justificar desde la ética pastoral.

La trayectoria de Ernesto Cardenal es especialmente reveladora. Además de la persecución estatal, cargó durante décadas con la sanción de su Iglesia dictada tras aquel bochornoso episodio de antes descrito. Fue suspendido del ejercicio de la función sacerdotal por negarse a separar fe y justicia. Pagó con castigo religioso y político su coherencia. No fue profeta idealizado, no fue un santo; fue un faro desde la sencillez y el servicio, un Isaías, una conciencia sufriente.

El contraste es elocuente: el autoritarismo premia el silencio y castiga la conciencia. Reapropia figuras cuando dejan de incomodar y persigue a quienes se niegan a obedecer. No hay reconciliación genuina en ello, sino neutralización simbólica.

Así se quebró aquella promesa hermosa de la revolución sandinista que alguna vez pareció reconciliar justicia social, fe y dignidad popular. La revolución que un día olía a maíz —que convocaba sin uniformar y despertaba adhesiones más morales que ideológicas— terminó convirtiéndose en otra cosa: en un poder que exige obediencia y castiga la conciencia.

Cuando el poder termina reproduciendo aquello que decía combatir, la palabra revolución deja de nombrar una esperanza y pasa a encubrir una realidad. En Nicaragua ocurrió precisamente eso. Y cuando el lenguaje se vacía de verdad, lo primero que se pierde no es la política, sino la dignidad misma de la historia.

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

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